Devoción Psicótica

Capítulo 8

Capítulo 8: El Sonido de la Pólvora

​Arabella

​La noche en el club me pareció eterna. Cada minuto sobre el escenario se sintió como una tortura lenta, y el tubo de acero, en lugar de ser mi refugio, era solo un recordatorio de que en las sombras de las mesas VIP había ojos vigilandome. Salí del camerino a la una de la mañana, cansada, con el cuerpo molido y con la cabeza a punto de estallar de pura frustración.

​Me puse la chaqueta de cuero sobre el body negro y salí por la puerta trasera del Red Velvet, dispuesta a enfrentar el frío del callejón. Caminé a paso rápido, con las llaves apretadas entre los dedos. El ambiente estaba pesado, húmedo por una llovizna fina que apenas dejaba ver la luz lejana de las farolas.

​Giré en la esquina del pasaje oscuro que conectaba con la avenida principal. El eco de mis botas resonaba en las paredes de ladrillo. Iba concentrada en la nada, deseando llegar a mi apartamento y cerrar todo con candado, cuando una sombra salió de un salto detrás de un contenedor de basura.

​Un tipo alto, desgarbado, con una chaqueta sucia y aliento a alcohol barato, me cerró el paso de golpe.

​—Vaya, vaya... pero qué linda muñequita camina sola a estas horas —dijo con una sonrisa asquerosa, mostrándome unos dientes amarillentos.

​—Apártate de mi camino —dije, bajando la voz y apretando los puños dentro de mis guantes de satén negro, sintiendo cómo mi terquedad encendía el primer destello de rabia en mi pecho.

​—Vamos, mamita, no seas amargada. Solo quiero un recuerdo de la bailarina del club —se abalanzó sobre mí, lanzando una mano sucia directo a mi pecho, intentando agarrarme del cuello del body.

​Reaccioné por puro instinto. Antes de que sus dedos me tocaran, le solté un rodillazo certero en entre la ingle con todas las fuerzas que me quedaban. El tipo soltó un alarido, doblándose hacia adelante, y aproveché su impulso para meterle un codazo seco en la nuca que lo hizo tambalearse contra la pared.

​—¡Te dije que te apartaras, infeliz! —le escupí, dando un paso atrás, lista para rematarlo si volvía a levantarse.

​El tipo se giró con la cara roja de dolor y rabia, sacando una navaja oxidada del bolsillo de su chaqueta.

​—¡Te voy a rajá el cuello, perra! —rugió, abalanzándose contra mí con la navaja en alto.

​Me preparé para esquivarlo, cubriéndome el rostro con los brazos, pero la agresión nunca llegó.

​Un estampido seco, atronador y ensordecedor retumbó en las paredes del callejón, sofocando el sonido de la lluvia. El chispazo de fuego iluminó la oscuridad por un milisegundo.

​El tipo se congeló en el aire. Sus ojos se abrieron desorbitados, la navaja se le cayó de los dedos congelados y un agujero perfecto apareció justo en el centro de su frente. Cayó hacia adelante, desplomándose sobre el asfalto mojado como un saco de papas viejo, con la sangre mezclándose en un charco con la lluvia a escasos centímetros de mis botas.

​El olor a pólvora quemada me golpeó el rostro de inmediato, amargo y metálico.

​Me quedé completamente helada. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí que se me salía por la garganta. Mi respiración se volvió errática, agitada, cortada por el shock de ver la vida de un hombre apagarse en menos de un segundo frente a mis ojos.

​Entre las sombras del callejón, unos pasos lentos y pesados avanzaron hacia la luz tenue.

​Lysander.

​Apareció con su camisa negra impecable, sin un solo rasguño, sosteniendo una pistola pesada de color negro mate con un silenciador aún echando humo por el cañón. Tenía la cara completamente inexpresiva, como un bloque de mármol frío, sin una sola pizca de arrepentimiento, duda o piedad en sus ojos oscuros. Guardó el arma en el interior de su saco con una calma espeluznante, como quien guarda un lapicero.

​Se acercó a mí, pasando por encima del cadáver sin siquiera mirarlo, y extendió una mano despacio para tocarme el hombro.

​—¿Te tocó? —preguntó con una voz baja, grave, un murmullo gélido que sonaba tan vacío de emoción que me dio más terror que el propio disparo.

​Dí un salto hacia atrás, alejándome de su mano como si fuera un hierro ardiente. Choqué de espaldas contra la pared de ladrillos, temblando de la cabeza a los pies, mirando de manera frenética el cuerpo inerte en el suelo y luego a él.

​—¡Estás loco! ¡Eres un maldito loco! —grité, con la voz rota por el pánico y la furia, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Lo mataste! ¡Lo ejecutaste a sangre fría como si no fuera nada!

​Lysander no cambió la expresión. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa presencia abrumadora que me robaba el aire.

​—Estaba intentando lastimarte, Arabella —dijo con total parsimonia, como si estuviera explicándole algo obvio a una niña—. No permito que nadie amenace lo que es mío.

​—¡No soy tuya! —le espeté, llorando de pura impotencia y rabia, golpeando mi espalda contra la pared para distanciarme más—. ¡No estás bien de la cabeza! ¡Estás mal, estás completamente demente! ¡Necesitas un manicomio, un maldito encierro! ¡No puedes ir por la vida disparándole a la gente en la calle!

​Me miró fijamente. Por un milisegundo, una sonrisa torcida, perturbada y llena de esa devoción psicótica apareció en la esquina de sus labios.

​—Te salvé la vida, bombón —susurró, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir el calor de su piel conteniendo el aroma a pólvora—. No necesitas entenderlo. Solo necesitas saber que mientras yo respire, ningún bastardo te va a poner un dedo encima. Ahora camina al edificio. Los muchachos se encargarán del desastre.

​No esperé un segundo más. El pánico le ganó a mi terquedad por primera vez. Salí corriendo por el callejón, esquivando el charco de sangre, dejando que la lluvia me empapara el rostro mientras mis lágrimas se mezclaban con el agua. El sonido del disparo seguía retumbando en mis oídos como un eco eterno.




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