Arabella
Corrí. Corrí como si el mismo infierno viniera pisándome los talones, aunque en el fondo sabía perfectamente que el infierno no corría; caminaba despacio, con una camisa negra impecable y una pistola guardada bajo la chaqueta.
Llegué al edificio con los pulmones ardiéndome por el aire gélido de la madrugada, los pies entumecidos dentro de las botas de charol y las manos temblando tanto que me tomó tres intentos desesperados encajar la llave en la cerradura del portal principal. Subí las escaleras de metal de dos en dos, tropezando con mis propios pasos, escuchando el eco de mi respiración agitada rebotar contra las paredes de cemento descascarado. Cada sombra en los descansillos parecía la figura de Lysander, cada crujido de la estructura sonaba como el chasquido del percutor de su arma.
En cuanto crucé el umbral de mi apartamento, tiré la puerta con un golpe seco, pasé los dos cerrojos, eché la cadena de seguridad y le puse la traba a la cerradura inferior. Me dejé caer de espaldas contra la madera dura, deslizándome hacia el suelo mientras el aire se me escapaba en sollozos ahogados que no pude contener.
Cerré los ojos, pero la oscuridad detrás de mis párpados no me trajo paz, solo la repetición constante y macabra de la misma escena: el destello de fuego iluminando el callejón, el chasquido seco del disparo retumbando en mis tímpanos, el agujero perfecto en la frente de ese tipo y la forma en que su cuerpo se desplomó contra el asfalto como si nunca hubiera sido nada. Y luego... él. Lysander caminando sobre el cadáver con una indiferencia clínica, guardando la pistola como quien guarda un paquete de cigarrillos, preguntándome con esa voz vacía si me había tocado.
—Está loco... está jodidamente enfermo —susurré para mí misma en medio de la penumbra de mi sala, rodeándome las piernas con los brazos, pegando las rodillas al pecho.
Tenía los guantes largos de satén negro empapados por la lluvia y el sudor frío. Me los arranqué con rabia, tirándolos al rincón más lejano de la habitación como si quemaran. Me levanté del suelo con las piernas temblándole a mi cuerpo, caminé hacia el baño pequeño y abrí la llave del agua a fondo. Me lavé las manos una y otra vez con el jabón barato, refregándome la piel hasta dejármela en carne viva, intentando arrancarme el olor a pólvora que sentía impregnado en las fosas nasales, en la ropa, en los poros. Pero el olor no estaba en el aire; estaba en mi cabeza.
Me miré al espejo. La chica terca, orgullosa e indomable que cada noche se subía al tubo en el Red Velvet para demostrarle al mundo que nadie podía doblegarla, parecía una sombra deshecha. Tenía el maquillaje corrido en surcos negros por el rostro, los labios pálidos y los ojos claros desorbitados por un pánico primario.
Un golpe seco en la pared de la sala me hizo saltar sobre mis pies, soltando un ahogado grito de pavor.
El sonido vino del otro lado. De su lado.
Un solo golpe firme sobre el concreto. Luego, el silencio absoluto.
Me quedé petrificada en el centro de la sala, con el corazón golpeándome las costillas a un ritmo frenético. Caminé a paso muy lento, casi sin apoyar los talones, hasta quedar a escasos centímetros de la pared compartida. Pegué la frente a la pintura vieja que se descascaraba y cerré los puños con fuerza.
—Vete al diablo, Monroe —dije en un susurro cargado de odio y llanto, sabiendo con una certeza aterradora que él estaba del otro lado, apoyado exactamente en el mismo punto de la pared, escuchando el sonido de mi voz—. Vete al infierno.
Del otro lado, no hubo respuesta verbal. Solo escuché el leve rasguño de unos dedos deslizándose por la madera del marco de su puerta y luego el silencio sepulcral que solo él sabía fabricar.
No dormí. Pasé lo que quedaba de la noche sentada en el suelo del baño, con la luz encendida y un cuchillo de cocina desgastado apretado en la mano derecha. Sabía que la hoja de metal no le haría nada a un hombre que manejaba pistolas con silenciador y un ejército de criminales a sus espaldas, pero mi terquedad se negaba a rendirse del todo. Si intentaba cruzar esa puerta, si intentaba tocarme, me llevaría un pedazo de su piel antes de que me matara.
Cuando los primeros rayos de luz grisácea atravesaron la ventana del baño, me puse de pie con los músculos agarrotados. La luz del sol no trajo seguridad, solo la urgencia de reaccionar. Tenía que irme de la ciudad. No importaba el club, no importaba la renta pagada, no importaba la falta de dinero en mi cuenta. Quedarme aquí significaba ser devorada por la locura de un capo mafioso que había decidido que yo era de su propiedad.
Armé un bolso pequeño con la ropa básica que pude meter a presión. Guardé mis pocos ahorros en el bolsillo interior de mi chaqueta de cuero y me puse unas botas bajas para poder moverme rápido. Agarré el cuchillo de cocina y lo metí en la pretina de mi pantalón, ocultándolo bajo el dobladillo de la sudadera.
A las ocho de la mañana, pegué el oído a la puerta de entrada. No se escuchaba nada en el pasillo. Pasé los cerrojos despacio, asegurándome de que el mecanismo no hiciera ruido, y abrí la puerta apenas un par de centímetros para espiar hacia afuera.
El pasillo estaba desierto. La luz halógena que él había instalado seguía encendida, iluminando el piso limpio. La puerta de su apartamento estaba cerrada.
Salí del departamento a paso rápido, cerrando sin echar llave para no perder segundos valiosos. Bajé las escaleras del complejo casi volando, con la vista fija en la salida que daba a la calle. Si lograba llegar a la estación central de autobuses, si me metía en el primer transporte que saliera hacia el norte, tal vez tendría una oportunidad.
Sin embargo, en cuanto puse un pie en la acera exterior, la realidad me aplastó como una losa de concreto.
Frente al edificio no había un solo auto negro. Había tres.