Devoción Psicótica

Capítulo 10

Capítulo 10: La Jaula de Cristal

​Arabella

​Sentía la punta de acero del cuchillo atravesando la tela de su camisa negra. La tela crujía levemente con cada latido de su corazón, un ritmo tranquilo, firme, completamente desquiciado para un hombre que tenía la muerte apoyada sobre su pecho.

​Lysander no pestañeaba. Su mano rodeaba mi muñeca con un agarre suave pero de hierro, impidiéndome soltar la hoja o dar un paso atrás. Mis nudillos estaban blancos, temblando por la fuerza contenida. Un milímetro más. Solo necesitaba empujar el brazo, clavar el metal gastado con todo el peso de mi cuerpo y acabar con esta pesadilla de una vez por todas.

​—Hazlo —su murmullo volvió a rozarme el oído, cargado de una calma tan tóxica que me revolvió el estómago.

​—Crees que no me atrevo —susurré, mi voz saliendo como un silbido entre dientes, mis ojos claros clavados en los suyos.— Crees que estoy jugando, Monroe.

​—Sé que te atreves, bombón. Esa es la razón por la que no puedo quitarte los ojos de encima. Eres pura rabia, pura resistencia. Pero si me matas aquí, si dejas caer mi sangre sobre esta acera... los hombres de esas camionetas no van a dudar. Te van a masacrar en menos de dos segundos.

​La realidad cayó sobre mí con el peso de una losa. Miré de reojo por encima de su hombro. Los seis tipos vestidos de negro no se habían movido de sus posiciones, pero sus miradas fijas y las manos ocultas bajo los sacos me confirmaban sus palabras. Si Lysander caía, yo no saldría viva de esa calle.

​La rabia y la impotencia me ahogaron. Un sollozo seco se me atascó en la garganta. Apretaba el mango del cuchillo con tanta fuerza que me dolían los dedos, pero no podía avanzar. Estaba acorralada. Si lo mataba, moría; si me quedaba, me consumía en su locura.

​Con un movimiento brusco de pura frustración, jalé mi muñeca hacia atrás, zafándome de su agarre, y tiré el cuchillo de cocina al suelo. El metal rebotó contra el asfalto mojado con un sonido metálico y patético que pareció sellar mi derrota.

​—Te odio —le dije, dando un paso atrás, con el pecho agitándose debajo de la sudadera.— Te odio con toda mi alma, Lysander.

​Una sonrisa lenta, inclinada y satisfecha se dibujó en sus labios mientras observaba el cuchillo en el suelo antes de volver a mirarme.

​—El odio es una emoción intensa, Arabella —dijo, dando un paso hacia mí para cortar la distancia que acababa de abrir.— Mantiene la mente despierta. Mantiene tu atención en mí. Puedo vivir con eso.

​Antes de que pudiera responder o intentar esquivarlo, me tomó del antebrazo sin brusquedad y me dio la vuelta con elegancia, empujándome suavemente hacia el portal del edificio.

​—Ahora, vas a subir a tu apartamento —ordenó con un tono llano, de mando absoluto, que no admitía réplica.— Vas a dejar ese bolso en el suelo, te vas a quitar la ropa húmeda y vas a descansar. Hoy no vas a salir.

​—¡Tengo que trabajar en el club! —me giré sobre mis talones, encarándolo en la entrada del vestíbulo.— ¡Tengo cuentas que pagar, no puedo simplemente no presentarme!

​—El Red Velvet no va a abrir hoy —respondió él, sacándose las manos de los bolsillos para acomodarse los puños de la camisa negra.— De hecho, les compré el local esta mañana. Ahora soy tu jefe, bombón. Y te estoy dando el día libre.

​Me quedé petrificada. El aire se me congeló en los pulmones.

​—¿Qué... qué dijiste? —la voz me salió en un hilo.

​—Dije que el club es mío —repitió, cruzando la puerta de vidrio detrás de mí, acorralándome de nuevo contra la pared del vestíbulo.— Nadie te va a exigir que bailes hoy. Nadie te va a mirar bajo esas luces rojas a menos que yo esté sentado en primera fila. Tu único trabajo ahora es mantenerte a salvo detrás de esa pared.

​—Estás demente... de verdad compraste el club solo para... —no pude terminar la frase. La escala de su poder y la profundidad de su fijación me sobrepasaban por completo.

​—Compraría la ciudad entera si con eso me aseguro de que no te vayas —interrumpió, alzando una mano para rozar la punta de sus dedos contra mi pómulo frío, ignorando cómo me tensaba ante su contacto.— Ahora sube las escaleras, Arabella. No hagas que pierda la paciencia con los hombres de afuera.

​Lo miré con todo el veneno que pude reunir en los ojos, me di la vuelta sin decir una palabra más y subí las escaleras corriendo, dejando el sonido rítmico de mis pisadas rebotar en el concreto frío.

​Lysander

​La veo desaparecer en la penumbra del primer piso, escuchando el portazo seco de su departamento y el sonido inmediato de los dos cerrojos pasándose con furia.

​Me quedo en el vestíbulo un par de minutos, inhalando el rastro sutil de su aroma que todavía flota en el aire. El olor a lluvia, a piel caliente y a ese odio puro que acaba de escupirme en la cara. Me limpio la gota de sangre que la punta de su cuchillo dejó en mi pecho con el pañuelo de seda de mi bolsillo. Ver la mancha roja sobre la tela blanca me provoca un zumbido placentero en los cables de la cabeza. Estuvo tan cerca. Tan deliciosamente cerca de matarme.

​Salgo del edificio y el frío de la mañana me recibe. Camino directo hacia la primera camioneta blindada. El hombre de la cicatriz en la mandíbula me abre la puerta trasera de inmediato, inclinando la cabeza con respeto.

​—Señor Monroe —dice con voz grave.— El señor Teo sigue llamando. Dice que el consejo de la familia está a punto de levantar la sesión y tomar una resolución sin usted.

​Me subo al asiento de cuero, acomodándome el saco.

​—Dile al chofer que maneje a la sede central —ordeno, mirando por la ventana tintada hacia el segundo piso del complejo.— Es hora de enseñarle a esos viejos estúpidos quién maneja la organización.

​El vehículo arranca con un rugido pesado, seguido por las otras dos camionetas. Mientras dejamos atrás el bloque de apartamentos, saco mi teléfono personal y abro la aplicación de seguridad privada conectada a las cámaras ocultas que mis hombres instalaron anoche en el pasillo y en las esquinas del edificio.




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