Devoción Psicótica

Capítulo 11

​Capítulo 11: Fuego, Carne y Cenizas

​Arabella

​El silencio dentro de mi apartamento no traía paz; se sentía como la antesala de una ejecución.

​Llevaba horas caminando de un lado a otro en la sala, con los pies descalzos y la sudadera gris pegada a la piel por el sudor frío de la paranoia. La televisión vieja solo emitía estática, y el único sonido constante era el goteo de la canilla del baño. Sentía que las paredes del departamento se encogían, aplastándome los pulmones. Miraba de reojo la pared que compartía con él. Sabía que no estaba del otro lado; las camionetas blindadas se habían ido por la tarde, dejando únicamente a dos de sus hombres apostados en las sombras de la esquina como estatuas de piedra.

​Pero aun en su ausencia, Lysander llenaba cada rincón de mi vida. Su aroma a madera, tabaco y sangre parecía haberse filtrado por el concreto, pegándose a mis sábanas, a mi ropa, a mi propia piel.

​Cerca de la medianoche, un eco lejano rompió la calma del edificio.

​Sirenas. Muchas sirenas de policía y ambulancias aullando a lo lejos, en dirección al centro financiero. Me acerqué a la ventana, apartando la persiana rota con dedos temblorosos. A la distancia, el cielo nocturno no era negro; estaba teñido de un naranja violento y sangriento. Grandes columnas de humo denso ascendían hacia las nubes.

​Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Sabía, con una certeza espeluznante, que ese fuego llevaba su nombre.

​Escuché los pasos.

​No venían de las escaleras principales. Venían del pasillo, pesados, lentos, arrastrándose con una cadencia cansada pero peligrosa. Mis músculos se tensaron al instante. Volví a agarrar un tenedor de metal de la pequeña cocina —el único objeto punzante que me quedaba después de que tiré el cuchillo a la acera— y me pegué a la pared junto a la puerta, conteniendo la respiración.

​El pomo de mi puerta no intentó girar. En su lugar, escuché el sonido metálico de una llave introduciéndose en la cerradura del apartamento de al lado.

​La puerta de Lysander se abrió y se cerró con un golpe sordo.

​Pasaron tres minutos de un silencio sepulcral. Luego, el sonido de la cerradura de mi propia puerta me congeló la sangre. Un chasquido. Dos chasquidos. La cadena de seguridad cedió con un golpe seco, como si la hubieran cortado desde afuera con un alicates.

​La puerta de mi departamento se abrió despacio.

​Retrocedí tres pasos, levantando el tenedor con manos temblorosas, mientras la silueta de Lysander se recortaba contra la luz halógena del pasillo.

​El estómago se me cayó al piso.

​Apenas se mantenía en pie. Su camisa negra estaba desgarrada en el hombro, empapada en sangre fresca que brillaba bajo la luz tenue. Tenía los nudillos cortados, la mandíbula manchada de rojo y los ojos oscuros completamente desorbitados, inyectados en sangre, brillando con una locura pura, primaria y sin frenos. Olía a pólvora quemada, a gasolina y a muerte.

​En su mano derecha sostenía un pañuelo de seda arrugado, completamente impregnado de sangre.

​Cerró mi puerta detrás de él, pasando el cerrojo sin quitarme los ojos de encima. Se movía como un depredador herido pero letal, acortando la distancia entre los dos con pasos lentos, ignorando el metal que yo le apuntaba.

​—Aléjate de mí... —mi voz fue un hilo roto, un intento patético de sonar firme mientras mi espalda chocaba contra la pared de la sala—. Aléjate, Monroe, o te juro que...

​—Ardieron, Arabella —su voz no era un murmullo; era un rasguño grave, una vibración enferma que me erizó cada vello del cuerpo—. El consejo... los rusos... todos los cerdos que pensaron en poner un dedo sobre ti o en sacarte de este pasillo. Los quemé vivos.

​Dio otro paso. La sangre de su hombro goteó sobre mi piso de madera, dejando una mancha oscura.

​—Estás loco... estás desangrándote —susurré, mirando la herida abierta en su hombro, el corte profundo que parecía de un rozón de bala o un fragmento de vidrio—. Sal de mi casa. Llama a un médico.

​—Tú eres mi único médico, bombón —sonrió. Una sonrisa torcida, aterradora, completamente vacía de cordura—. Tu voz es la única droga que detiene el zumbido en mi cabeza.

​En un movimiento impredecible y sobrehumano, ignorando el dolor de su herida, se abalanzó sobre mí. Antes de que pudiera reaccionar o clavarle el tenedor, su mano grande y caliente se cerró alrededor de mi muñeca, estampándola contra la pared por encima de mi cabeza. El tenedor cayó al suelo con un ruido sordo.

​Con su otra mano, me agarró del cuello con una presión calculada —la suficiente para sofocarme levemente, para hacerme sentir su dominio, pero sin lastimarme de verdad— y pegó su cuerpo envuelto en fuego y sangre contra el mío.

​El impacto me sacó un gemido ahogado. Sentí el calor abrasador de su piel atravesando la tela delgada de mi sudadera. Su pecho subía y bajaba agitado contra mis senos, y el olor metálico de su sangre me invadió la boca y la nariz.

​—Mírame —ordenó, apretando los dedos en mi cuello, obligándome a alzar la barbilla—. Mírame a los ojos, Arabella.

​Lo miré. Sus pupilas estaban tan dilatadas que casi no se veía el iris. No había un solo rastro de humanidad en esa mirada; era un abismo oscuro, un pozo de obsesión clínica que me provocaba un terror cerval y, al mismo tiempo, una corriente eléctrica peligrosa que me recorría el vientre.

​—Maté a doce hombres esta noche —susurró contra mis labios, rozándolos con los suyos, sin llegar a besarme, dejándome sentir el aliento caliente que apestaba a alcohol y pólvora—. Escuché sus gritos mientras las llamas los consumían. Y en lo único en lo que podía pensar... en el único pensamiento que me mantenía en pie mientras las balas cruzaban la habitación... era en llegar a esta puerta. En oler tu piel. En sentir cómo tiemblas cuando te tengo así.

​—Eres un monstruo... —logré articular, respirando con dificultad bajo la presión de su mano, sintiendo la humedad de su sangre manchándome el cuello de la sudadera—. Un enfermo...




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