Devoción Psicótica

Capítulo 12

Capítulo 12: La Huella de la Pólvora

​Arabella

​El sabor de su sangre en mis labios era un veneno amargo, caliente, que me quemaba la garganta.

​El beso de Lysander no tenía nada de ternura; era una invasión brutal, un reclamo hambriento que buscaba devorarme la respiración hasta dejarme sin aire. Su cuerpo, envuelto en el calor sofocante de la pelea y el humo del incendio, me aplastaba contra la pared de la sala. Podía sentir cada músculo tenso de su torso, el ritmo frenético de su corazón golpeando contra sus costillas y la humedad viscosa de la herida de su hombro empapando la tela delgada de mi sudadera.

​Cuando aflojó levemente la presión de su boca sobre la mía, desesperada por oxígeno, intenté moverme, pero su mano libre bajó rápidamente desde mi cuello hacia mi cintura.

​Deslizó sus dedos largos por debajo del dobladillo de mi sudadera gris, buscando el contacto directo con mi piel. Su palma estaba helada en comparación con el fuego que emanaba de su pecho. Me estremecí de golpe cuando sus nudillos rascaron la curva de mi cadera, subiendo despacio hacia mis costillas con una posesividad enfermiza, como si estuviera contando una a una las partes de mi cuerpo para asegurarse de que todas le pertenecían.

​—No... Lysander, no... por favor —supliqué en un murmullo ahogado, sintiendo cómo el pánico le ganaba la batalla a mi terquedad por primera vez en la noche.

​—Eres tan suave, bombón —siseó contra mi mejilla, ignorando mi ruego, bajando la cabeza para volver a meter la boca en mi cuello, succionando la piel con una devoción psicótica que me hizo temblar de la cabeza a los pies—. Hueles a flores baratas y a miedo. Me vuelve loco.

​—Por favor... suéltame —repetí, y esta vez la voz se me quebró por completo.

​Un sollozo limpio se me escapó del pecho. La sobrecarga de terror, la sangre en mis manos, el olor a muerte que lo rodeaba y la sensación invasiva de sus dedos rozando mi piel desnuda terminaron por romper la armadura que había llevado puesta todo el día.

​Una sola lágrima, caliente y pesada, se me resbaló por la mejilla, cruzando el rastro del maquillaje corrido hasta detenerse en la línea de mi mandíbula.

​Lysander se congeló de golpe.

​La presión de su mano en mi cintura se detuvo al instante. Su respiración agitada se pausó en un silencio denso. Despegó lentamente el rostro de mi cuello y se echó un poco hacia atrás, lo suficiente para mirarme a los ojos.

​La locura desorbitada que brillaba en sus pupilas dilatadas pareció fluctuar por un segundo, cubierta por una fascinación oscura. Su mirada se fijó en la gota de agua que recorría mi piel pálida. Con una lentitud casi médica, levantó su mano manchada de pólvora y apoyó la yema del pulgar justo donde la lágrima terminaba de caer, recogiendo la humedad con una delicadeza espeluznante que contrastaba violentamente con la fuerza salvaje de hace un momento.

​Se llevó el pulgar a la boca y probó la gota de mi llanto con la punta de la lengua.

​—Salada —murmuró, con una sonrisa pequeña, rota, que no llegó a sus ojos oscuros—. Te estás rompiendo, Arabella. Y ver cómo te rompes por mi culpa es la cosa más hermosa que he presenciado en mi vida.

​Me miró a los ojos una última vez, barriendo mi rostro deshecho con una fijeza que me congeló la sangre.

​—Pero no quiero que llores hoy —añadió en un susurro gélido—. Hoy gané la guerra por ti.

​Poco a poco, apartó la mano de mi cintura. Su cuerpo dejó de aplastarme contra la pared, devolviéndome el espacio y el aire que me había robado. Dio un paso atrás, tambaleándose levemente por la pérdida de sangre de su hombro, pero manteniendo la postura erguida de un rey en su propio infierno.

​Se inclinó despacio, tomó mi barbilla entre dos dedos y me dio un beso corto en la frente, un toque suave, helado, dejando la marca húmeda de su boca sobre mi piel.

​—Duerme, bombón —dijo, dándose la vuelta con movimientos lentos pero firmes—. Mis hombres están abajo. Nadie va a subir.

​Abrió la puerta de mi departamento, salió al pasillo iluminado por la luz halógena y cerró la madera detrás de él. Escuché el sonido metálico de su propia puerta abriéndose al lado y luego el golpe sordo que decretó su regreso a la penumbra de su apartamento.

​Me dejé caer al suelo de rodillas.

​Me abracé el cuerpo con los brazos, temblando de forma descontrolada, sintiendo el aire frío de la noche colarse por la puerta que él había dejado sin cadena. Pasaron minutos antes de que pudiera ponerme de pie con las piernas agarrotadas. Fui a la cocina, agarré una silla de madera y la traba como pude debajo del pomo de la puerta, sabiendo que contra un tipo como él, esa madera era un chiste de mal gusto.

​Caminé hacia el baño y me lavé la cara con agua helada, restregándome la mejilla donde había estado su pulgar hasta dejar la piel roja. Me quité la sudadera manchada con su sangre, tirándola a la basura, y me puse una camiseta limpia.

​No podía quedarme tirada llorando. La lágrima que se me había escapado me daba asco; la debilidad era un lujo que no podía darme frente a un psicópata.

​Me acerqué a la ventana de la sala y volví a apartar la persiana.

​Las sirenas en el centro de la ciudad se habían acallado un poco, pero el resplandor naranja seguía tiñendo las nubes. En la acera de abajo, frente al edificio, la escena había cambiado. Ya no estaban las tres camionetas blindadas de la mañana. En su lugar, un solo auto sedán negro, discreto pero con los cristales completamente tintados, permanecía estacionado en el lado opuesto de la calle, bajo la luz parpadeante de un poste.

​Dentro del auto, pude ver el brillo tenue de un cigarrillo encendido en el asiento del conductor. Uno de sus hombres. Un guardián permanente.

​El teléfono viejo que tenía sobre la mesa auxiliar vibró con un zumbido seco. El sonido me hizo dar un brinco.

​Caminé despacio hacia la mesa y lo tomé con dedos dubitativos. En la pantalla no aparecía un número conocido, solo la palabra Privado. Tragué saliva y contesté, llevando el aparato a mi oreja sin decir una sola palabra.




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