Devoción Psicótica

Capítulo 13

Capítulo 13: El Sabor del Adióѕ

​Arabella

​Sostener el teléfono apagado en mi mano se sentía como sostener una bomba con la cuenta regresiva activada.

​Tres minutos. Eso era todo lo que me daría Teo al mediodía para bajar por las escaleras de incendio y desaparecer para siempre de la vida de Lysander. Dejar atrás la ciudad, el club, el miedo sofocante... y a él.

​Miré la pared compartida. Del otro lado, el silencio era absoluto, pero en mi mente resonaba el eco de la sangre goteando de su hombro, el olor a pólvora quemada y el sonido de su voz diciendo que había quemado medio mundo solo para regresar a este pasillo. Teo tenía razón: si me quedaba, él terminaría destruyéndolo todo, incluyéndose a sí mismo. Huir ya no era solo mi única salvación; era la única forma de frenar su desquicio.

​Caminé hacia la puerta, me quité la traba de la silla y crucé el pasillo con pasos mudos. La puerta de su apartamento estaba sin pasador.

​Empujé la madera despacio. El lugar olía a sombras, alcohol de curar y al rastro metálico de la sangre fresca. Lysander estaba sentado en el borde de su cama de matrimonio, con el torso desnudo y la camisa negra tirada en el suelo como un trapo inservible. La luz de la calle filtrada por la persiana iluminaba la herida rasgada en su hombro izquierdo, de la que aún brotaba un hilo constante de rojo oscuro.

​Tenía la cabeza gacha, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, temblando imperceptiblemente.

​—Te dije que durmieras, bombón —dijo sin levantar la vista, su voz era un rasguño grave que cortó la penumbra.

​—Te estás desangrando, Monroe —respondi en un murmullo, acercándome a la pequeña mesa de noche donde había un botiquín de primeros auxilios abierto y una botella de whisky a medio terminar—. Y si te mueres desangrado aquí, tus perros van a echar la puerta abajo y me van a culpar a mí.

​—No voy a morirme —musitó, levantando despacio la mirada. Sus ojos oscuros seguían inyectados en sangre, pero la furia salvaje de antes había dado paso a una penumbra exhausta—. La muerte me tiene miedo, Arabella.

​Tomé el gasa, el antiséptico y una venda de la caja metálica. Me hincé frente a él, quedando a la altura de sus rodillas. El calor que emanaba de su piel desnuda me golpeó la cara.

​—¿Por qué me tratas así? —la pregunta se me escapó antes de que pudiera frenarla, mientras empapaba la gasa con el líquido transparente—. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me persigues, me encierras y destruyes todo a mi alrededor como si fuera una plaga? ¿Qué quieres de mí, Lysander?

​Lysander no respondió de inmediato. Me miró fijamente, con las pupilas fijas en las mías, mientras yo apoyaba la gasa con firmeza sobre la carne abierta de su hombro.

​Él ni siquiera parpadeó ante el ardor del antiséptico. No apretó los dientes; solo mantuvo la vista clavada en mi rostro.

​—No hay una respuesta que tus oídos limpios puedan entender, bombón —dijo finalmente, con un tono gélido, carente de cualquier lógica o empatía—. Hay hombres que nacen para construir cosas. Yo nací con los cables cruzados en la cabeza. Y cuando vi cómo me miraste la primera noche en el Red Velvet... con esa rabia, con ese desprecio puro... mi locura encontró su centro. No quiero poseerte como un adorno, Arabella. Quiero que seas la única pared contra la que mi cabeza pueda chocar sin romperse.

​—Eso no es amor, Monroe —susurré, limpiando con cuidado los bordes de la herida, sintiendo la firmeza de sus músculos tensarse bajo mis dedos—. Eso es una enfermedad.

​—Nunca dije que estuviera sano —respondió.

​Apreté la venda alrededor de su torso, rodeando su espalda con mis brazos para ajustar el nudo sobre su hombro. Por un segundo, mi pecho quedó pegado a su costado sano. Sentí la vibración de su respiración pesada.

​De pronto, mientras terminaba de fijar la venda, me di cuenta de algo: Lysander había desviado la mirada.

​El hombre que no me había quitado los ojos de encima ni un solo segundo desde que lo conocí, el tipo que me devoraba con la vista sin importar la sangre o el pánico, ahora mantenía los ojos fijos en el suelo de madera, evitando mi rostro por completo. La intensidad de estar tan cerca, con mis manos curando la carne que él había arriesgado por mí, parecía sobrepasar la poca cordura que le quedaba. No podía mirarme.

​Terminé de ajustar el nudo. Deslicé mis manos hacia abajo, soltándolo.

​Me puse de pie. Él siguió con la vista perdida en la penumbra del suelo, con la mandíbula apretada y los hombros rígidos.

​Lo miré durante un segundo eterno. Observé la silueta del hombre que había quemado la ciudad por mí, el psicópata que me mantenía prisionera y que, al mismo tiempo, parecía estar completamente roto por dentro. Una punzada extraña, ajena a la razón, me atravesó el pecho. No sabía por qué lo estaba haciendo; mi mente me gritaba que diera un paso atrás, pero mi cuerpo actuó impulsado por un impulso ciego y torcido.

​Me incliné hacia adelante.

​Tomé su rostro con una mano, obligándolo suavemente a erguirse, y le planté un beso en los labios.

​Fue un beso breve, amargo, cargado de todo el dolor, la confusión y la despedida que no podía poner en palabras. Un beso que ni yo misma entendía, nacido en el límite donde el odio se confunde con la piedad.

​Lysander se congeló bajo mi toque, sus pupilas se dilataron al máximo, pero antes de que pudiera reaccionar o alzar las manos para detenerme, me despegué de sus labios.

​Sin decirle una sola palabra más, me di la vuelta y salí corriendo de su habitación.

​Crucé el pasillo a toda prisa, entré a mi apartamento y cerré la puerta con el corazón latiéndome en la garganta como un tambor desbocado.

​Me apoyé contra la madera, llevándome los dedos a los labios. Aún podía sentir el sabor a hierro y a antiséptico de su boca.

​—Estás loca, Arabella... estás completamente loca —me dije a mí misma en un susurro desesperado, dándome un golpe leve en la cabeza para reaccionar.




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