Devoción Psicótica

Capítulo 14

Capítulo 14: Un Nuevo Cielo

​Arabella

​El motor del viejo sedán en el que los hombres de Teo me sacaron de la provincia rugía contra el asfalto gastado de la carretera secundaria. Nadie habló durante las dos horas de trayecto. El aire dentro del auto olía a tabaco rancio y a un silencio denso, pero con cada kilómetro que dejábamos atrás, sentía cómo el nudo de hierro en mi pecho se aflojaba un poco.

​Nos detuvimos al borde de una pista de aterrizaje privada y olvidada, escondida entre colinas verdes y neblina espesa. Era un aeropuerto pequeño, sin grandes terminales ni multitudes; apenas una estructura de concreto con vidrios ahumados y un par de avionetas bimotor descansando sobre la pista.

​Uno de los hombres me entregó un sobre amarillo antes de abrirme la puerta.

​—Tu boleto y algo de efectivo extra —dijo con voz neutra, sin mirarme a los ojos.— El vuelo sale en quince minutos hacia el sur. A partir de que pises esa nave, estás por tu cuenta. No busques a Teo, no vuelvas a llamar a ese número y, sobre todo, reza para que Lysander no encuentre este rastro.

​Agarré el sobre, me colgué la mochila al hombro y caminé hacia el pequeño mostrador de la terminal. El recepcionista, un hombre mayor que ni se molestó en alzar la vista con interés, tomó mi pasaporte gastado y el boleto. Marcó un sello de tinta azul sobre el papel, me devolvió los documentos y me señaló la puerta de embarque con un gesto perezoso.

​Subí las escaleras de la avioneta con los dedos apretados al tirante de mi mochila. Al sentarme junto a la ventanilla redonda, el motor comenzó a rugir con fuerza, elevándonos por encima de la neblina. Miré hacia abajo mientras la ciudad que me había consumido se convertía en un puñado de luces lejanas. Dejaba atrás el Red Velvet, la lluvia gélida, las camionetas blindadas y el rastro de sangre que Lysander había dibujado alrededor de mi vida.

​Por primera vez en meses, pude respirar hondo.

​Tres días después, el aire se sentía completamente distinto.

​La nueva ciudad era luminosa, ordenada y limpia. La economía aquí se movía con un ritmo diferente, más próspero; los salarios eran mejores y la gente caminaba por las aceras sin esa paranoia constante que marcaba las calles de mi antiguo hogar. El dinero que había guardado, sumado a lo que venía en el sobre de Teo, me permitió moverme con rapidez.

​Encontré un pequeño piso en el tercer piso de un edificio de ladrillo visto, en un barrio tranquilo.

​No era un palacio, pero comparado con el departamento de cemento descascarado y escaleras de metal del que venía, esto se sentía como un refugio de lujo. Tenía pisos de madera clara que no crujían, ventanas amplias por las que entraba la luz cálida de la tarde y un baño impecable con azulejos blancos. No olía a humedad ni a pólvora; olía a limpio, a cera de piso y a madera nueva.

​Entré al apartamento y cerré la puerta de entrada. Pasé el cerrojo —un solo cerrojo moderno— y apoyé la espalda contra la madera pintada de blanco.

​Dejé caer la mochila de lona al suelo. El sonido sordo de mi único equipaje rebotando contra el piso fue el primer paso de mi nueva vida.

​Caminé hacia el centro de la sala vacía. La luz del sol atravesaba los cristales limpios, proyectando rectángulos dorados sobre el suelo. Abrí la mochila y me puse a desempacar lo poco que había logrado rescatar de mi huida: un par de pantalones, mis suéteres gruesos, el sobre con el dinero restante y el pasaporte que me había devuelto la libertad.

​Acomodé la ropa en los cajones de la pequeña cómoda del dormitorio. Coloque las pocas cosas sobre la mesa de la cocina y me serví un vaso de agua directamente de la canilla.

​Me acerqué a la ventana y miré hacia la calle. Abajo no había camionetas blindadas aparcadas en la acera. Tampoco había hombres con trajes oscuros vigilandome desde las esquinas ni el resplandor de incendios lejanos teñidos de naranja. Solo había vecinos caminando con bolsas de compras, niños en bicicleta y el sonido cotidiano de una ciudad en paz.

​Me llevé el vaso a los labios y di un trago largo.

​Estaba lejos. Nadie en este lugar conocía mi nombre, nadie sabía que solía bailar bajo las luces rojas de un club nocturno y nadie sabía de la existencia de Lysander Monroe. Podía conseguir un trabajo normal, pagar la renta a tiempo y volver a ser dueña de mis propios pasos.

​Sin embargo, cuando el sol comenzó a ponerse y las sombras invadieron la sala vacía, me descubrí mirando la pared blanca de mi nuevo dormitorio.

​Por un milisegundo, la memoria del cuerpo me traicionó y me quedé esperando el golpe seco sobre el concreto. El rasguño de unos dedos sobre la madera. El susurro gélido que solía atravesar el muro.

​Pero no hubo nada. Solo el silencio limpio de mi nueva jaula.

​Me abracé los brazos por encima del suéter y sonreí con amargura. Había escapado de su red. Había empezado de cero. Pero muy en el fondo, en el rincón más oscuro de mi cabeza, sabía que hombres como Lysander no olvidaban... y que la paz solo duraría mientras mi sombra siguiera oculta de la suya.




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