Devoción Psicótica

Capítulo 15

Capítulo 15: La Sombra en la Niebla

​Arabella

​El olor a granos de café tostado y a pan recién horneado cubría el aire de la pequeña cafetería Lumière. Era un lugar acogedor, de paredes de ladrillo claro y grandes ventanales que daban a una calle arbolada en el centro de la ciudad. Muy diferente al humo denso, el alcohol barato y las luces rojas del Red Velvet.

​Llevaba tres semanas trabajando aquí como mesera. La paga no era deslumbrante, pero me alcanzaba para cubrir la renta de mi pequeño apartamento, comprar comida decente y guardar unos cuantos billetes en el sobre del cajón.

​Eran las seis de la tarde y la lluvia fina de otoño comenzaba a repicar contra los cristales. Llevaba una bandeja de madera entre las manos, limpiando las mesas vacías mientras el suave sonido de un disco de jazz sonaba de fondo. Mi vida era, por primera vez en años, dolorosamente normal. Nadie me gritaba, nadie me miraba con codicia desde las sombras de un reservado y no había armas de fuego al alcance de la vista.

​Sin embargo, la normalidad se sentía como un traje que no me quedaba bien.

​Cada vez que una puerta se abría con el tintineo de la campana metálica, mi cuerpo se tensaba de forma instintiva. Mi mano buscaba la cintura donde antes llevaba el cuchillo de cocina, y mis ojos escaneaban la entrada en un milisegundo: la postura del cliente, el abrigo, la forma de caminar. Si un auto negro se estacionaba más de cinco minutos en la acera de enfrente, el estómago se me aplastaba contra la espalda.

​—Arabella, estás en el limbo otra vez —la voz dulce de Clara, la dueña del local, me sacó de mi trance.

​Clara era una mujer de unos cuarenta años, de sonrisa cálida y manos llenas de harina, que me había contratado sin hacer demasiadas preguntas sobre mi pasado.

​—Lo siento, Clara. Solo miraba la lluvia —mentí, sonriéndole de vuelta mientras terminaba de pasar el trapo por la mesa de pino.

​—Parece que siempre estás esperando que caiga un rayo, niña —dijo ella con una risita suave, acomodando unas tazas en el mostrador—. Ya terminó tu turno. Ve a casa antes de que el agua apriete. No quiero que te enfermes.

​Desaté el delantal de mi cintura, lo colgué en el perchero del personal y me puse mi abrigo largo. Antes de salir, me detuve un segundo frente al espejo del baño. La chica que me devolvía la mirada ya no tenía el maquillaje cargado ni los ojos inyectados en pánico. Tenía el rostro limpio, pero en la profundidad de mis pupilas claras aún habitaba el fantasma del pasillo. La marca del cuchillo en la piel de Lysander, la sensación de su pulgar probando mi lágrima y la huella de su boca en la mía seguían quemándome la memoria.

​Salí a la calle. El aire frío de la tarde me golpeó la cara, trayendo consigo el olor a tierra mojada.

​Caminé a paso rápido por las aceras iluminadas por farolas amarillas. Crucé el parque central, escuchando las hojas secas crujir bajo mis botas. Todo estaba en orden. Todo estaba en calma. Pero mientras caminaba hacia mi edificio, una sensación punzante comenzó a instalarse en la nuca. Esa vibración electromagnética que solo un animal presintiendo al depredador puede entender.

​Miré por encima de mi hombro. La calle estaba vacía, salvo por una pareja con paraguas a media cuadra. La paranoia. Siempre la maldita paranoia.

​Subí las escaleras de ladrillo visto de mi edificio, saqué la llave y entré a mi apartamento. Pasé el cerrojo, dejé la bolsa sobre la mesa y encendí la luz cálida de la sala. El piso estaba exactamente como lo había dejado: impecable, huele a madera y en total silencio.

​Me serví un vaso de té caliente, me senté en el sofá junto a la ventana y encendí el pequeño televisor que me había comprado de segunda mano. Necesitaba ruido blanco. Necesitaba acallar el zumbido de mi propia cabeza.

​Pasaron varios canales de noticias locales, programas de cocina y comedias, hasta que el noticiero nacional emitió su avance nocturno.

​—En noticias de la capital —anunció la presentadora con voz grave—, las autoridades continúan investigando la ola de violencia que azotó el distrito financiero hace casi un mes. Tras el incendio que redujo a cenizas los almacenes del puerto y la muerte de varios líderes de la mafia local, la organización liderada por la familia Monroe parece haber iniciado una purga interna sin precedentes...

​Se me congeló el vaso de té a milímetros de los labios.

​La pantalla mostró imágenes de la ciudad que había dejado atrás: cintas amarillas de la policía, edificios acordonados y autos calcinados.

​—Fuentes anónimas aseguran que Lysander Monroe, el principal sospechoso de la masacre, ha desaparecido de los lugares que solía frecuentar. La policía lo busca para interrogarlo, mientras informes de inteligencia sugieren que el capo ha delegado las operaciones de la ciudad a su hermano, Teo Monroe, lanzando una cacería privada que se extiende por todo el país...

​La voz de la periodista se volvió un eco distorsionado en mis oídos.

​Lysander no estaba dirigiendo el imperio. Había dejado sus negocios, a su familia y su poder para buscarme. Había abandonado su propia guerra para salir a rastrear la única cosa que se le había escapado de las manos.

​Apagué el televisor de golpe con el control remoto. La sala quedó sumida en una penumbra opresiva.

​El corazón me latía con tanta fuerza que sentía las pulsaciones en las sienes. Me puse de pie, caminando hacia la ventana para cerrar las cortinas gruesas. No podía estar tranquilo. Estaba ahí afuera, respirando el mismo aire, peinando provincia por provincia, ciudad por ciudad, movido por esa psicosis enfermiza que no entendía de razones ni de tiempo.

​De pronto, un sonido seco rompió el silencio de mi hogar.

​No vino de la calle. Tampoco de las escaleras.

​Vino del buzón de correo integrado en la parte inferior de mi puerta de entrada. El chasquido de la solapa de metal al levantarse y caer resonó como un disparo en la sala vacía.




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