Devoción Psicótica

Capítulo 16

Capítulo 16: La Huida Infinita

​Arabella

​El aire se rehusaba a entrar en mis pulmones.

​La nota blanca yacía en el piso de madera clara, mirándome como un ojo abierto en medio de la penumbra. "Hueles a café." La frase se me clavó en la garganta con la fuerza de un anzuelo oxidado. Me estaba viendo. Estaba a unos metros, en la acera, bajo la lluvia, o tal vez dentro de este mismo edificio, disfrutando del espectáculo de mi pánico.

​Un sollozo ahogado se me escapó de los labios, pero el terror puro y primario sepultó cualquier intento de quebrarme. No había tiempo para llorar. No había tiempo para dudar.

​Me abalancé sobre el armario como una loca. Saqué la mochila de lona y la tiré sobre la cama, abriéndola de un tirón. Mis manos temblaban de tal manera que apenas podía sostener las prendas. Tiré adentro los dos pantalones, los suéteres, el abrigo pesado y la muda de ropa limpia. Corrí a la mesa de noche, abrí el cajón superior y agarré con garras desesperadas mi pasaporte, los documentos de identidad y el sobre con todo el dinero en efectivo que me quedaba.

​Metí todo al fondo de la mochila, me calcé las botas a la prisa sin atar bien las agujetas y me puse la chaqueta de cuero, sintiendo el sudor frío empaparme la espalda.

​Antes de cruzar la puerta, abrí la aplicación del banco en mi teléfono con dedos torpes. Con el corazón martillándome las costillas, le envié un mensaje rápido a la dueña del apartamento notificándole mi salida de emergencia y transfiriendo la entrega de llaves. En cuestión de minutos, la confirmación bancaria me devolvió el depósito de garantía de inmediato por banca en línea, un alivio financiero amargo que llegó justo a tiempo.

​Instantes después, entró una notificación de transferencia de la cafetería Lumière: Clara, con su eterna bondad, me había depositado la liquidación completa de mis tres semanas de trabajo junto con un mensaje de preocupación que ni siquiera me detuve a leer.

​Tenía dinero. Tenía papeles. Lo único que me faltaba era distancia.

​Giré el cerrojo con la respiración cortada, me asomé al pasillo desierto y salí corriendo hacia las escaleras. No tomé el ascensor; bajé los peldaños de tres en tres, tropezando con mi propia sombra, esperando en cualquier esquina encontrarme con la camisa negra, la mirada vacía y la sonrisa torcida de Lysander Monroe.

​Salí a la calle bajo la lluvia torrencial. No miré atrás. Corrí cuatro cuadras con la mochila azotándome la espalda hasta que le hice señas desesperadas a un taxi amarillo que transitaba por la avenida.

​—¡Al aeropuerto! ¡Al aeropuerto central, rápido! —grité en cuanto me tiré sobre el asiento trasero, cerrando la puerta de un golpe seco.

​El chofer me miró por el retrovisor con extrañeza, pero aceleró adentrándose en el tráfico de la noche. Me pegué al asiento, mirando fíjamente por los cristales empapados. Cada auto negro que nos rebasaba parecía un monstruo acechando. Cada destello de luces rojas en el asfalto mojado me recordaba al Red Velvet y al rastro de sangre que ese hombre dejaba a su paso.

​El aeropuerto internacional era un caos de luces halógenas, voces por altavoces y pasajeros apresurados. Me mezclé entre la multitud como un fantasma, ajustándome la capucha de la chaqueta para ocultar mi rostro.

​Fui directo a la ventanilla de último minuto. Vendí mi tranquilidad por el primer boleto disponible hacia el norte, a una ciudad metropolitana enorme, sofocante y superpoblada. Un lugar donde la masa de millones de personas pudiera tragarme y escupirme en el anonimato total.

​Entregué el pasaporte con los nudillos blancos, pasé los controles de seguridad sintiendo que los guardias me leían el miedo en los ojos, y me senté en la última fila de la sala de embarque.

​Cuando las ruedas del avión se despegaron de la pista y la ciudad iluminada comenzó a encogerse bajo las nubes de tormenta, apoyé la frente contra el cristal frío de la ventanilla.

​Había vuelto a escapar. Sin embargo, la victoria sabía a ceniza. Lysander me había encontrado en tres semanas. La sombra de su red era más amplia y profunda de lo que Teo o yo hubiéramos podido imaginar. La libertad se había convertido en un juego enfermizo de escondite donde el premio era mi propia cordura.

​Llegué a la nueva metrópoli al amanecer.

​El cielo era de un gris acero y los rascacielos gigantescos se perdían entre las nubes bajas. Era una ciudad rápida, fría, donde nadie miraba a nadie a los ojos. Justo lo que necesitaba.

​Gracias al dinero devuelto del depósito y la liquidación del trabajo que se reflejaban en mi cuenta bancaria, pude moverme con agilidad desde la misma terminal. Usé una plataforma de alquileres en línea para conseguir un estudio amueblado en un doceavo piso de un edificio moderno en el distrito financiero.

​A las dos de la tarde, ya tenía la clave digital de acceso.

​El nuevo estudio era pequeño, funcional y completamente impersonal. Paredes grises, una cama matrimonial estrecha, una cocina americana con acabados de acero inoxidable y un ventanal enorme que daba al abismo de concreto y cristal de la ciudad.

​Entré, cerré la puerta blindada y activé el cerrojo electrónico que emitió un pitido agudo y seguro.

​Dejé caer la mochila de lona en el centro de la sala vacía. El eco metálico del cierre resonó en las paredes pulcras.

​Caminé hacia el gran ventanal y miré hacia abajo. A doce pisos de altura, los autos parecían insectos brillantes y los peatones eran simples puntos negros moviéndose en todas direcciones. A esta distancia, el mundo parecía inalcanzable.

​Me abracé los brazos por encima de la chaqueta de cuero, sintiendo el cansancio acumulado de miles de kilómetros recorridos a base de pavor.

​—Encuéntrame aquí, Monroe... —susurré contra el cristal frío, mientras una sonrisa amarga y desafiante se me dibujaba en los labios cansados—. Inténtalo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.