Arabella
La luz neón del espejo del salón de belleza parpadeaba con un zumbido suave.
Estaba sentada en el sillón de cuero negro, mirando fijamente la figura que me devolvía la mirada desde el cristal. Mi cabello largo, oscuro y característico —el mismo que Lysander había acariciado con sus dedos manchados de sangre, el mismo que recordaba de cada noche en el Red Velvet— yacía desparramado en el suelo en mechones pesados y sin vida.
La estilista hizo sonar las tijeras una última vez, retirando la capa protectora con un movimiento fluido.
Me pasé las manos por la cabeza. El cambio era abismal. El cabello largo había desaparecido, reemplazado por un corte bob estructurado y moderno, apenas rozándome la mandíbula. Pero lo más radical no era la longitud, sino el color: le había dicho adiós al tono oscuro para darle la bienvenida a un rubio platinado casi helado, luminoso y filoso.
Me incliné hacia el espejo, observando los ángulos de mi rostro. Los ojos claros destacaban de una forma completamente nueva contra la claridad del cabello. Ya no parecía la chica acorralada del edificio viejo, ni la bailarina del club.
Sonreí de lado por primera vez en semanas, evaluando mi reflejo.
—Bueno... me veo bastante cool —murmuré para mí misma con una chispa de orgullo recobrado.
Esa misma tarde, desempolvé el currículum vitae que había guardado en digital, puliendo mis datos y omitiendo cualquier rastro de mi pasado reciente. Con la economía próspera de esta metrópoli y la demanda de personal, no tardé en enviar solicitudes a varias empresas del sector administrativo.
Dos días después, estaba firmando un contrato como asistente de recepción en una firma de diseño arquitectónico en pleno corazón del distrito financiero. El sueldo era significativamente mejor, el ambiente era profesional y elegante, y el código de vestimenta —trajes sastre, blusas de seda y tacones sobrios— terminaba de completar el disfraz perfecto.
Tres meses después...
El sonido rítmico de los teclados, el murmullo de las llamadas telefónicas y el aroma a café recién filtrado llenaban la planta alta del rascacielos.
Habían pasado noventa días desde que me teñí el cabello y me mudé a este estudio en el doceavo piso. Tres meses enteros de una rutina pacífica, casi aburrida, pero deliciosamente segura.
Ajusté la solapa de mi saco negro mientras revisaba la agenda de reuniones en la pantalla de mi computadora. Mi vida se había transformado por completo: me levantaba a las seis de la mañana, caminaba entre la multitud de ejecutivos, hacía mi trabajo con eficiencia y regresaba a mi apartamento a ver series o leer antes de dormir. Ninguna llamada de números privados. Ningún sobre deslizándose por debajo de la puerta. Ninguna camioneta blindada esperando en la acera.
Por primera vez en mucho tiempo, la paranoia había comenzado a ceder su agarre en mi nuca. Empezaba a creer que, tal vez, la inmensidad de esta metrópoli y mi cambio de imagen finalmente habían despistado al sabueso.
—Arabella, ¿puedes subir estos planos a la sala de juntas del último piso? —me pidió el director de la firma, pasando a mi lado con prisa—. Los inversionistas principales acaban de llegar para la reunión de reestructuración.
—Por supuesto, señor —respondí de inmediato.
Tomé la carpeta de cuero con los documentos, me arreglé la falda del traje y caminé hacia los ascensores ejecutivos. Marqué el piso cuarenta y dos. Mientras el ascensor subía rápidamente en silencio, me miré en el reflejo de la puerta metálica, acomodándome un mechón del cabello rubio platinado. Arabella Brynhild era una mujer completamente diferente.
Las puertas del ascensor se abrieron con un chime suave hacia un vestíbulo de lujo con pisos de mármol negro y ventanales panorámicos que mostraban toda la ciudad.
Avancé a paso firme hacia la sala de reuniones con la carpeta apretada contra el pecho. La puerta de cristal templado estaba entreabierta. Escuché la voz de mi jefe agradeciendo la presencia de la firma de inversión privada que había comprado las acciones mayoritarias de la empresa esa misma semana.
—Agradecemos enormemente su tiempo y su capital para este proyecto, señor Monroe —decía la voz de mi jefe desde el interior.
El mundo se detuvo. Los pisos de mármol parecieron desaparecer bajo mis tacones.
El aire se me congeló en la garganta. No podía ser. Era imposible. Había viajado miles de kilómetros, había cambiado de nombre, de trabajo, de rostro.
Lentamente, como si me moviera dentro de un pesadilla de agua densa, me asomé por el borde de la puerta de cristal.
Al fondo de la mesa de caoba, de pie frente al ventanal que dominaba la metrópoli, estaba él.
Lysander llevaba un traje a medida de tres piezas en tono azul noche que acentuaba su figura imponente. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con elegancia impecable. Se veía recuperado, poderoso, devastadoramente atractivo... y mil veces más peligroso.
A su lado, Teo permanecía de pie con una carpeta en las manos, luciendo incómodo, con una tensión evidente en los hombros.
Lysander estaba escuchando a los ejecutivos mientras jugaba distraidamente con un bolígrafo de oro entre sus dedos largos. De pronto, como si hubiera sentido el peso de mi mirada a través del aire, detuvo el movimiento del bolígrafo.
Su cabeza se giró despacio hacia la puerta de entrada.
Nuestros ojos se cruzaron a través del cristal.
Sostenía la carpeta contra mi pecho con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Tenía el cabello rubio, la ropa ejecutiva, el rostro cambiado... pero en el segundo en que sus pupilas oscuras se clavaron en las mías, no hubo duda. No hubo sorpresa en su rostro. Solo una lentitud helada, calculada y enferma.
Una sonrisa lenta, predatoria y satisfecha se dibujó en sus labios mientras me barría de arriba abajo con la mirada, deteniéndose en mi nuevo corte de cabello.