Devoción Psicótica

Capítulo 18

Capítulo 18: El Peso del Rastreo

​Arabella

​Las piernas me temblaban tanto que sentía que el suelo de mármol del piso cuarenta y dos se derretía bajo mis tacones.

​Di varios pasos hacia atrás, apartándome de la puerta de cristal templado antes de que alguien más dentro de la sala de reuniones notara mi estado. La carpeta con los documentos estuvo a punto de resbalársele a mis dedos entumecidos. Mi corazón era un tambor desbocado en mi pecho; la imagen de Lysander con su traje a medida, sonriéndome con esa frialdad predatoria desde el fondo de la mesa, me tenía al borde del colapso.

​Aceleré el paso por el pasillo desierto buscando la salida hacia las escaleras de emergencia. Necesitaba aire. Necesitaba huir antes de que la reunión terminara.

​De pronto, una mano se cerró sobre mi antebrazo y me arrastró suavemente hacia el nicho de las escaleras de servicio, cerrando la puerta pesada detrás de nosotros.

​Me giré bruscamente con la mano levantada para defenderme, pero me detuve al ver el rostro de Teo.

​—¿Qué demonios haces aquí, Teo? —le exigí en un susurro desesperado, con la voz quebrándose por la adrenalina—. ¿Por qué están aquí?

​Teo me miró con una mezcla de lástima, culpa y pavor contenido. Pasó una mano por su cabello peinado hacia atrás, desordenándolo ligeramente.

​—Arabella... tienes que calmarte —intentó decir en voz baja.

​—¡No me pidas que me calme! —lo interrumpí, apretando los puños contra su pecho—. ¡Tú me diste la salida! ¡Tú me ayudaste a escapar esa noche! No sabes por todo lo que he tenido que pasar para intentar escapar de él... Cambié mi vida, mi cabello, mi nombre, me mudé a miles de kilómetros... ¡Hice todo lo que me dijiste! ¿Por qué lo trajiste hasta aquí?

​—Yo no lo traje, Arabella —respondió Teo con firmeza, mirándome directo a los ojos—. Te juro por mi vida que yo no le dije nada. No le di una sola pista.

​—¡Tú eras el único que sabía que me fui! —siseé, sintiendo las lágrimas de impotencia agolpándose en mis ojos—. ¡Tú organizaste el auto y el primer vuelo!

​—Y borré cada maldito rastro, Arabella —insistió él, tomándome por los hombros para que lo escuchara—. Pero no entiendes la clase de monstruo al que nos enfrentamos. Lysander congeló los activos de la familia, contrató rastreadores internacionales y movió cielo y tierra. Cuando descubrió que habías dejado la primera ciudad, no se detuvo. Analizó las bases de datos de alquileres, los movimientos bancarios, las contrataciones en firmas de diseño... Encontró la transacción que hiciste para este edificio hace una semana. Él la encontró solo. Yo simplemente tuve que seguirlo cuando compró las acciones de esta empresa ayer por la mañana.

​Me quedé helada. Las palabras de Teo cayeron sobre mí como una sentencia de muerte.

​No había sido una traición. Había sido la lógica implacable de un psicópata con recursos ilimitados.

​—Se acabó —murmuré, dando un paso atrás y soltándome de su agarre. La voz me salió en un hilo plano, vacío de todo pánico, reemplazado por una resolución helada—. Esto se acabó, Teo.

​—Arabella, no puedes salir corriendo por la puerta principal. Sus hombres están abajo...

​—Me importa un demonio sus hombres —lo corté, dándome la vuelta y empujando la puerta de la escalera de incendios.

​Esta vez no iba a jugar bajo sus reglas.

​Bajé los peldaños de concreto en silencio pero a una velocidad frenética. Al llegar a la planta baja, salí por la puerta de servicio que daba al callejón de carga del edificio, esquivando por completo la entrada principal y el vestíbulo donde sus escoltas debían estar apostados.

​Corrí entre los transeúntes del distrito financiero como un espectro rubio. Llegué a mi estudio en el doceavo piso en menos de quince minutos.

​No me detuve a contemplar el lugar. Agarré la misma mochila de lona que me había acompañado desde el principio. Esta vez no me molesté en empacar ropa pesada ni recuerdos. Solo tomé mi pasaporte —el nuevo documento que había tramitado con mi nueva identidad—, todo el efectivo que tenía guardado, mis tarjetas y las llaves.

​Salí del apartamento dejando la puerta abierta.

​Sabía que las ciudades del mismo continente ya no eran seguras. Moverme de una provincia a otra o volar a un país vecino solo le daba a Lysander un mapa más pequeño que peinar. Si quería desaparecer de verdad, tenía que cruzar el océano. Tenía que poner un abismo de agua y culturas de por medio.

​Llegué al aeropuerto internacional y fui directo a la ventanilla de vuelos transatlánticos. Usé mis ahorros y el dinero disponible para comprar un pasaje de primera clase con embarque inmediato hacia otro continente, hacia una nación lejana donde el idioma, las leyes y la vida funcionaban bajo reglas completamente distintas.

​Cuando el avión despegó y la masa continental empezó a encogerse hasta convertirse en una mancha azul bajo las nubes, cerré los ojos.

​—Búscame al otro lado del mundo, Monroe —susurré para mis adentros.

​Un año después...

​El sonido de las campanas de una catedral antigua resonaba sobre los techos de teja y los adoquines húmedos de la gran capital europea.

​Llovía suavemente, una llovizna fina que refrescaba el aire de la tarde. Me ajusté el abrigo de paño crema mientras caminaba con pasos firmes hacia el imponente edificio de columnas de piedra donde funcionaba la sede central de una reconocida galería de arte y antigüedades internacional.

​Había pasado trescientos sesenta y cinco días en este nuevo continente. Un año entero.

​Los primeros meses habían sido duros: aprender los modismos del lugar, adaptarme a un clima diferente y moverme con extrema cautela. Pero gracias a mi determinación, a mi currículum renovado y a una nueva identidad impecable, logré postularme para un puesto en la administración de la galería.

​Mi trabajo no solo era bueno; era excelente. Manejaba la logística de subastas privadas para coleccionistas de alto perfil, ganaba un sueldo extraordinario y vivía en un apartamento espacioso con balcón de hierro forjado que daba a un canal tranquilo.




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