Devoción Psicótica

Capítulo 19

Capítulo 19: Un Rostro Nuevo para una Vida Nueva

​Arabella

​El reflejo que me devolvía el espejo de mi baño ya no era el fantasma de una chica asustada que huía por pasillos oscuros.

​Me pasé los dedos por el cabello. Había dejado morir el rubio platinado y regresado a mi tono castaño natural, pero esta vez adornado con mechas rubias cálidas y luminosas que me caían sobre los hombros en ondas suaves y cuidadas. Mi piel tenía color, vida y frescura.

​Me acerqué al cristal para ponerme los pupilentes graduados del día. Con un movimiento práctico y acostumbrado, me coloqué los discos suaves sobre las pupilas, ajustando mi vista al instante y cambiando mis ojos claros por un verde esmeralda profundo y deslumbrante.

​Me miré de perfil. La pequeña rinoplastia a la que me había sometido hacía diez meses se había curado a la perfección; mi nariz ahora era fina, delicada y perfectamente recta, cambiando los ángulos de mi rostro de una forma tan sutil como impactante. Sumado a eso, el cambio físico era evidente: atrás había quedado la delgadez extrema y enfermiza de mis días bailando en el Red Velvet, donde el estrés y el miedo me consumían por dentro. Ahora tenía un cuerpo bien proporcionado, curvilíneo, fuerte y lleno de salud.

​Habían pasado exactamente un año y cinco meses desde que pisé este país europeo. Un año y cinco meses de terapia, de noches de sueño profundo, de comida sana, de paz mental y de construir una estabilidad que jamás creí merecer.

​Me vestí para ir a trabajar: un pantalón de vestir de tiro alto que marcaba mi figura tonificada, una blusa de seda marfil y un abrigo elegante para la llovizna exterior.

​Salí de mi apartamento en el centro histórico, escuchando el sonido relajante de mis tacones sobre los adoquines mojados. La ciudad era hermosa, respiraba historia y tranquilidad. Caminé hacia la galería de arte y antigüedades donde trabajaba como directora de logística de subastas internacionales. Amaba mi trabajo, amaba mi independencia y, sobre todo, amaba la paz mental que había logrado cosechar. El pasado era solo una cicatriz borrosa.

​Al entrar a la galería, el aroma a cera de abejas, flores frescas y café recién hecho me envolvió.

​—Buenos días, Arabella —me saludó Marc, el recepcionista, con una sonrisa respetuosa en el idioma local.

​—Buenos días, Marc. ¿Todo listo para la exhibición de esta noche? —respondí con fluidez y una sonrisa radiante.

​—Todo en orden. Las piezas de la colección renacentista ya están en el salón principal. Ah, por cierto, el representante del comprador mayoritario ya está arriba revisando los catálogos.

​—Gracias, voy a presentarme —dije, ajustándome el abrigo antes de subir las amplias escaleras de mármol hacia el segundo piso.

​Me sentía segura, fuerte y realizada. Nada podía perturbar la vida que tanto esfuerzo me había costado levantar.

​Llegué al vestíbulo del segundo piso, donde las luces cálidas iluminaban las pinturas al óleo y los manuscritos antiguos expuestos en vitrinas de cristal. Al fondo de la sala, un hombre alto de espaldas a la entrada examinaba una escultura de mármol. Llevaba un abrigo largo de corte italiano y un traje oscuro de tres piezas que delataba un poder económico absoluto.

​A su lado, un hombre más joven sostenía una carpeta de documentos con evidente nerviosismo.

​Avancé con paso firme y profesional, haciendo sonar mis tacones sobre el suelo pulido.

​—Buenos días —dije en el idioma local, con voz clara, modulada y profesional—. Soy Arabella, la directora de logística de la galería. ¿En qué puedo ayudarle con la colección...?

​El hombre de espaldas se congeló al escuchar mi voz.

​Se giró lentamente. La elegancia de su porte era inconfundible, pero el impacto de volver a ver ese rostro me congeló la sangre en las venas.

​Era Lysander.

​Se veía impecable, con el cabello oscuro peinado hacia atrás, la mandíbula marcada y esa mirada oscura, intensa y desquiciada que solía perseguirme en mis peores pesadillas. A su lado, Teo dio un paso atrás, tragando saliva con evidente incomodidad.

​Sin embargo, a diferencia de otras veces, mi cuerpo no reaccionó con pánico descontrolado. La mente sana que había construido durante un año y cinco meses se mantuvo firme.

​Lysander me barrió con la mirada de arriba abajo. Sus pupilas se dilataron mientras analizaba cada detalle de mi transformación: el cabello castaño con mechas rubias, los ojos verdes fijados en él, la curva suave de mi nueva nariz, la firmeza de mi postura y la plenitud de mi figura.

​Por primera vez desde que lo conocía, vi una sombra de duda y desconcierto cruzar por sus ojos oscuros. No reconocía a la mujer que tenía enfrente. La chica frágil, flaca y aterrorizada del pasillo había desaparecido por completo.

​Avanzó dos pasos hacia mí, deteniéndose a solo un metro de distancia. El olor a su loción cara mezclado con el matiz de la lluvia llenó el aire.

​—Vaya... —murmuró Lysander en su idioma nativo, con esa voz grave y rasposa que rozaba la psicopatía—. Cambiaste de continente, te teñiste el pelo, te pusiste ojos de gata, te arreglaste la cara y te pusiste más hermosa que nunca, bombón... Pero la forma en que respiras cuando estoy cerca no la puedes operar.

​Sostuve su mirada verde contra la suya oscura sin dar un solo paso atrás, erguida, con la cabeza alta y la dignidad intacta.

​—Se equivoca de persona, señor —respondí en el idioma local, con un tono frío, profesional y distante que no tembló en absoluto—. Si desea revisar el catálogo de la subasta, con gusto mi asistente lo atenderá. Que tenga un buen día.

​Me di la vuelta sobre mis tacones para alejarme con absoluta elegancia, dejándolo parado en medio de la sala.




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