Devoción Psicótica

Capítulos 20

​Capítulo 20: El Dominio de los Espejos

​Arabella

​Mis tacones marcaban un ritmo constante y firme sobre los escalones de mármol de la gran escalera central. Uno, dos, tres, cuatro... Contaba cada paso en mi cabeza como un ejercicio de anclaje, una técnica que mi terapeuta me había enseñado hacía un año para evitar que la adrenalina tomara el control de mi sistema nervioso.

​No temblaba. Mis manos, firmes y cuidadas, sostenían la carpeta de cuero contra el costado de mi cuerpo con una compostura impecable. Tenía los pulmones llenos de aire limpio y el corazón latiendo a un ritmo sereno.

​Al llegar a mi oficina privada en el segundo piso, cerré la puerta de caoba a mis espaldas, pasé el pestillo de bronce con un chasquido sordo y me apoyé suavemente contra la madera.

​Inhalé profundamente por la nariz y exhalé por la boca.

​Caminé hacia el gran ventanal de arco que daba al patio interior de la galería, donde la lluvia fina caía sobre las estatuas de piedra y los arbustos perfectamente podados. Me miré en el reflejo del cristal. La mujer de ojos verdes, corte castaño con mechas luminosas y rostro esculpido me devolvió la mirada con una serenidad absoluta. La chica frágil, desnutrida, aterrorizada y rota que había vivido en aquel edificio de apartamentos de mala muerte estaba muerta. La había enterrado a miles de kilómetros de distancia, bajo el peso de un año y cinco meses de esfuerzo, terapia, alimentación sana y amor propio.

​Lysander Monroe no tenía poder aquí. Este no era su terreno, no eran sus calles infestadas de crímenes ni sus almacenes en penumbras. Esta era mi vida, mi ciudad, mi paz.

​El teléfono de mi escritorio sonó con un zumbido discreto. Caminé hacia él con calma y descolgué el auricular.

​—Oficina de logística, habla Arabella —dije en el idioma local, con una entonación perfecta, profesional y melódica.

​—Arabella... —la voz de Marc sonaba ligeramente alterada al otro lado de la línea—. El señor que estaba en la sala superior... el comprador internacional. Acaba de adquirir la totalidad de las piezas que se iban a subastar esta noche. Pagó tres veces el valor estimado en efectivo y transferencias privadas.

​No me sorprendió en absoluto. Era la estrategia clásica de un hombre acostumbrado a comprar el mundo para tener acceso a lo que deseaba.

​—Comprendo, Marc. Prepárale los certificados de autenticidad y los documentos de exportación. Yo misma me encargaré de revisar el inventario antes de la entrega —respondí sin un solo tinte de emoción en la voz.

​—Eso no es todo —añadió Marc, bajando el tono de voz—. Exigió que el embalaje y la supervisión técnica de las esculturas de mármol se realicen en la sala de restauración del sótano. Y pidió explícitamente que la directora de logística coordine el proceso en persona. El director de la galería ya dio el visto bueno... Dijo que no podemos perder a un cliente de este calibre.

​—Entendido. Estaré abajo en diez minutos.

​Colgué el teléfono. Un leve suspiro se me escapó de los labios, pero no era de miedo; era de profunda molestia. Lysander creía que estaba jugando el mismo juego de siempre, pensando que un despliegue de dinero y poder me obligaría a colapsar. Pero no entendía que el dinero no compra la mente de alguien que aprendió a sanar.

​Me quité el abrigo de paño, dejándolo sobre el respaldo de mi silla de piel. Me ajusté los puños de la blusa de seda marfil, revisé que mi peinado estuviera impecable y tomé la tableta digital donde llevaba el registro técnico del inventario.

​Salí de la oficina y me dirigí hacia el montacargas posterior del edificio, el que descendía directamente a los archivos y a la sala de conservación y restauración de antigüedades.

​El sótano de la galería no era un calabozo húmedo; era un taller amplio, de paredes de piedra vista, iluminado por potentes luces halógenas blancas que resaltaban cada grieta de las estatuas centenarias. Olía a barniz, cera de abejas, piedra húmeda y alcohol industrial. Un ambiente de trabajo puro.

​Al salir del montacargas, mis tacones resonaron en el piso de concreto pulido.

​En el centro del taller, iluminado por los focos superiores, estaba la escultura de mármol de una diosa romana que acababa de comprar. A un lado, Teo permanecía de pie, revisando unos papeles con la mirada inquieta, luciendo como un prisionero de su propia lealtad. Y junto a la estatua, de pie con una elegancia imponente que parecía fuera de lugar entre las herramientas de restauración, estaba Lysander.

​Se había quitado el abrigo negro, dejándolo sobre una mesa de trabajo. Llevaba únicamente el chaleco del traje de tres piezas ajustado a su torso ancho, la camisa blanca con las mangas ligeramente arremangadas hasta los antebrazos y la corbata de seda oscura. Sus manos, largas y marcadas por cicatrices viejas, descansaban en los bolsillos de su pantalón.

​En cuanto escuchó mis pasos, su cabeza se giró.

​Sus ojos oscuros me barrieron con una lentitud clínica, hambrienta, desquiciada. Había una intensidad enfermiza en su mirada, una mezcla de fascinación oscura y frustración contenida. Durante un año y cinco meses me había buscado como un loco por todo el globo, y encontrarme transformada en una mujer inquebrantable parecía haber llevado su psicopatía a un nivel completamente nuevo.

​Avancé hasta quedar a dos metros de la mesa central, manteniendo la tableta entre mis manos.

​—Señor Monroe —hablé en su idioma nativo, pero con un tono tan formal, neutro y educado que parecía el de una desconocida—. Los documentos de exportación para la escultura de la diosa romana están listos. Mi equipo procederá al embalaje de madera en cuanto usted firme la autorización de entrega.

​Teo me miró con los ojos abiertos de par en par, sorprendido por la frialdad y el dominio absoluto con el que me dirigía a su hermano.

​Lysander no respondió de inmediato. Sacó las manos de los bolsillos y comenzó a caminar despacio alrededor de la estatua de mármol, acortando la distancia entre los dos con la cadencia de un depredador que estudia a una presa que ha cambiado las reglas del juego.




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