Arabella
La lluvia caía con furia sobre los cristales de la gran torre corporativa del distrito financiero. Sostenía la carpeta de cuero apretada contra mi pecho mientras cruzaba el vestíbulo de mármol. Dentro llevaba las pruebas del desastre: la notificación legal de la cancelación de la exhibición, los correos de los clientes rompiendo contratos, la factura desorbitada del combustible y la carta de incremento del alquiler de mi apartamento. Todo en siete días.
No me detuve ante la recepcionista. Subí por el ascensor privado hasta el último piso, guiada por la rabia y la certeza absoluta de quién estaba detrás de esta asfixia calculada.
Al abrirse las puertas del ascensor, el piso de la dirección ejecutiva olía a cuero nuevo, tabaco caro y café recién hecho. Lysander estaba de pie frente al ventanal que dominaba toda la ciudad iluminada por la tormenta. Llevaba un traje oscuro de tres piezas y sostenía un vaso de cristal con whisky en la mano. Teo estaba a un lado, pero al verme entrar con paso firme, dio dos pasos atrás y se retiró en silencio por la puerta lateral.
—Se acabó el juego, Lysander —hablé con voz firme, arrojando la carpeta sobre su escritorio de caoba con un golpe seco.
Los papeles se desparramaron sobre la madera pulida. Lysander giró la cabeza con parsimonia, me miró por encima del hombro y dio un trago largo a su bebida antes de encararme por completo.
—Arabella... Qué grata sorpresa —dijo con esa voz grave, rasposa y carente de emoción—. Pensé que estarías ocupada revisando las cuentas de tu galería.
—¡Eres un miserable! —siseé, dando un paso hacia él, señalando los documentos—. ¡Mira esto! Cancelaciones de contratos, aumentos ilegales de renta, el combustible, los proveedores... ¡Has arruinado mi trabajo y mi estabilidad en solo una semana! ¿Crees que no me doy cuenta de lo que estás haciendo?
Lysander arqueó una ceja con una frialdad exasperante, acercándose al escritorio para apoyar las yemas de sus dedos sobre la madera.
—No tengo la menor idea de qué me estás hablando, bombón —respondió con una calma helada, mirándome a los ojos verdes sin pestañear—. Es una lástima que la economía local sea tan inestable para las personas que viven al límite. Yo no tengo nada que ver con tus problemas financieros.
—¡Mientes! —grité, perdiendo la compostura por primera vez en un año y cinco meses. La rabia sepultó mi autocontrol—. ¡Sé perfectamente que estás involucrado! Eres un enfermo, un psicópata que no soporta verme libre, no soportas ver que no te necesito, que sané, que soy mil veces mejor persona de lo que tú jamás serás. ¡Te odio, Lysander! ¡Te odio con cada fibra de mi cuerpo! Eres un desperdicio de ser humano, una basura que solo sabe destruir todo lo que toca porque estás podrido por dentro.
Las palabras hirientes retumbaron en la amplia oficina como latigazos.
La mirada de Lysander se volvió oscura, densa, completamente desprovista de cualquier rasgo de paciencia. Dejó el vaso de whisky sobre la mesa con un chasquido metálico y, en un movimiento rápido como el ataque de una víbora, cortó la distancia entre los dos.
Su mano larga y pesada se cerró directamente alrededor de mi cuello.
El agarre fue firme, sofocante, aprisionándome la garganta sin llegar a aplastarla por completo, pero lo suficiente para cortar mi respiración y pegarme contra la pared de cristal a mis espaldas. Mis ojos verdes se abrieron de par en par mientras lo miraba desde abajo.
—Basta —siseó Lysander pegando su rostro al mío, con las pupilas dilatadas por una furia contenida y enferma—. Ya se acabó. Te dejé vivir tu vida durante un año y cinco meses, Arabella. Te dejé jugar a la mujer independiente, te dejé ponerte mechas rubias, te dejé ponerte ojos verdes y operarte la cara. Pero ese tiempo se terminó. Ahora me toca a mí que tú vivas la mía.
—Suél... tame... —intenté articular, clavándole las uñas en la muñeca, pero su agarre era una llave de acero.
—No te voy a soltar nunca más —murmuró contra mi oído, con una voz que me erizó la piel.
Me arrastró fuera de la oficina sin soltarme con brusquedad, usando su fuerza para obligarme a caminar a su lado hacia el ascensor privado que descendía directamente al estacionamiento subterráneo.
—¡Déjame en paz! —grité en cuanto aflojó la presión de mi cuello al llegar al sótano del edificio—. ¡Suéltame! ¡Esto es un secuestro! ¡Es ilegal! ¡Voy a llamar a la policía, voy a denunciarte!
Lysander abrió la puerta trasera de un auto negro blindado con los vidrios polarizados y me empujó al interior con brusquedad. Intenté salir por el otro lado, pero me atrapó del tobillo, arrastrándome de vuelta al asiento de cuero antes de entrar él y cerrar la puerta con un golpe seco que selló el vehículo del mundo exterior.
—La policía de esta ciudad trabaja para mí desde hace tres meses, bombón —dijo con una sonrisa amarga y siniestra mientras el chofer arrancaba el motor a toda velocidad—. Puedes gritar, puedes denunciar o puedes llorar. Nadie va a venir a buscarte. Manejo a la policía, a los jueces y a cualquiera que pretenda acercarse a ti.
—¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma! —le espeté con lágrimas de rabia acumulada ardiéndome en las mejillas, intentando golpearle el pecho con los puños.
Lysander atrapó mis dos muñecas con una sola de sus manos, inmovilizándome contra su torso. Con la otra mano, sacó un rollo de cinta adhesiva negra que tenía en la guantera lateral.
—Ya hablaste demasiado por hoy —susurró.
Antes de que pudiera volver a gritar, estiró un pedazo de cinta gruesa y me la pegó firmemente sobre la boca, sellando mis labios y ahogando mis protestas en gemidos amortiguados.
Me pegué contra la puerta del vehículo, respirando agitadamente por la nariz, sintiendo cómo el auto devoraba las calles lluviosas de la metrópoli, alejándome de la galería, de mi apartamento y de la vida que con tanto esfuerzo había construido. La libertad se había desvanecido en una sola noche, y mientras miraba a Lysander a mi lado, la sombra del odio se volvió lo único que me mantenía en pie.