Arabella
El aire dentro del vehículo blindado se volvió irrespirable. La cinta adhesiva apretaba mis labios con fuerza, sellando cualquier intento de grito o súplica, mientras las lágrimas de rabia y frustración corrían calientes por mis mejillas. Intenté mover los brazos, patear las puertas del auto y forcejear contra el asiento de cuero, pero los hombres de seguridad de Lysander me habían inmovilizado las muñecas con una brida de plástico resistente antes de que pudiera reaccionar por completo.
A mi lado, Lysander permanecía en silencio. Su perfil se recortaba contra la luz tenue de la ciudad, con la mandíbula tensa y una expresión de fría y absoluta posesión.
—Tranquila, bombón —murmuró con voz ronca, sin siquiera mirarme, mientras apoyaba los dedos sobre mi rodilla con una presión paralizante—. Ya llegamos a casa.
El auto redujo la velocidad y se detuvo con un movimiento suave. A través de los cristales polarizados no pude distinguir las calles; la oscuridad de la madrugada y la lluvia constante empañaban los vidrios. Sin embargo, sentí cómo el vehículo se adentraba en un callejón estrecho y frenaba por completo.
La puerta de mi lado se abrió de golpe. El aire frío y húmedo de la noche me golpeó la cara.
Antes de que pudiera intentar cualquier movimiento desesperado para escapar, dos manos firmes y sin compasión me sujetaron de los brazos, sacándome del asiento trasero. Apenas puse un pie en el suelo, sentjé cómo una lona oscura, áspera y pesada me caía de golpe sobre la cabeza, cubriéndome los hombros y cegándome por completo. Una bolsa de tela gruesa.
—No... mmph! —intenté gritar a través de la cinta, forcejeando con desesperación mientras me arrastraban por lo que parecían ser unas escaleras de metal.
El sonido hueco y metálico de los escalones reverberó bajo mis botas. Clang, clang, clang.
El eco de esa estructura me golpeó el cerebro como un martillazo. Esas escaleras... las conocía demasiado bien. El olor a cemento húmedo, a óxido y a la pintura descascarada de las paredes confirmó mi peor pesadilla antes de que abrieran la puerta.
Me empujaron hacia adelante con suavidad calculadora. Escuché el chirrido de una puerta abriéndose con bisagras oxidadas y, de inmediato, el aire viciado de un espacio cerrado me invadió los pulmones.
—Listo —ordenó la voz fría de Lysander.
Sintieron cómo me inclinaban hacia adelante y me sentaban con brusquedad sobre una silla de madera dura. Mis manos fueron cruzadas rápidamente por la espalda, atadas con una cuerda áspera que se clavó en mis muñecas, y mis tobillos quedaron amarrados a las patas de la silla.
—Quítasela —indicó él.
Un tirón seco arrancó la bolsa de mi cabeza.
Parpadeé con lentitud, intentando acostumbrar mis ojos a la luz amarillena y parpadeante de una sola bombilla colgante que pendía del techo de concreto. El polvo flotaba en el aire alrededor de mí.
Miré a mi alrededor. El estómago se me derrumbó y el corazón se me paró por completo.
Las paredes de cemento agrietado. La pequeña ventana con los cristales sucios que daban al callejón. El suelo de madera gastada que crujía con cada paso.
Estábamos en mi antiguo apartamento. El mismo maldito apartamento del que había huido casi 2 años atrás, donde todo había empezado, donde las paredes guardaban el eco de mis gritos, de mis miedos y de la sombra de su locura.
Lysander estaba de pie frente a mí, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo oscuro, observándome con una fijeza tan intensa que parecía capaz de atravesarme el alma. Su rostro estaba iluminado por la luz miserable de la bombilla, mostrando esa sonrisa torcida, sádica y completamente desquiciada que tanto había intentado borrar de mi memoria.
—Mira a tu alrededor, Arabella —dijo Lysander con una suavidad perturbadora, inclinándose ligeramente hacia mí, apoyando las manos sobre el respaldo de la silla en la que estaba atada—. ¿No te parece poético? Aquí fue donde comenzó todo. Aquí es donde pertenece tu historia.
Levanté la barbilla a pesar de la cinta que me apretaba los labios. Sentía el sabor amargo de la rabia y las lágrimas secas en las mejillas. Forcé mis ojos verdes a encontrarse con los suyos, exhalando un gemido ahogado de protesta a través del vendaje.
Con un movimiento rápido, Lysander estiró una mano y arrancó la cinta adhesiva de mis labios de un solo tirón. El ardor me hizo soltar un grito agudo, pero no aparté la mirada.
—¡Estás enfermo! —estallé en cuanto tuve la boca libre, respirando con desesperación, con la garganta rota por el odio—. ¿Traerme aquí? ¿A esta ratonera? ¿Crees que esto es romántico?
—No es romántico, bombón —respondió él, con un tono tan calmo que resultaba aterrador—. Es el lugar donde floreció nuestro amor.
Un escalofrío de pura repulsión me recorrió la columna vertebral. Mis ojos se abrieron de par en par ante semejante grado de demencia clínica.
—¿Amor? —escupí la palabra con tanto veneno que mi propia voz sonó irreconocible—. ¿Te atreves a llamar a esto amor, Lysander? ¡Entre nosotros no floreció ni ha florecido ningún maldito amor! ¡Lo único que hay aquí es tu maldita perversión! ¡Tu obsesión de enfermo mental! ¡Tu incapacidad de aceptar que alguien te mande al diablo!
Apreté los dientes, tirando inútilmente de las cuerdas que me aprisionaban las muñecas contra la madera de la silla.
—Me secuestraste, me encerraste, destruiste mi vida, mi trabajo, mi paz, y ahora me traes a este agujero de mierda como si fuera un trofeo... ¡Te odio! ¡Te odio más que a mi propia muerte! ¡No hay un solo sentimiento en mí hacia ti que no sea asco y desprecio!
Lysander no se enojó. No levantó la voz. Al contrario, una risa baja, sorda y gutural salió de su pecho, vibrando en la pequeña habitación como el ronroneo de una bestia saciada.