No sé en qué momento me quedé dormida. Tal vez fue el cansancio, tal vez el llanto o quizá simplemente mi cuerpo se cansó de sostener todo aquello que mi mente se negaba a soltar. Solo recuerdo que estaba sentada bajo aquel árbol, con los brazos rodeando mis rodillas y el rostro escondido entre ellas, intentando recuperar el control de mí misma. Después, nada. Cuando abrí los ojos, el ambiente del bosque había cambiado.
La luz del día se había desvanecido casi por completo y el cielo, que antes dejaba pasar aquella claridad gris tan característica de Lavenham, ahora se extendía sobre mí como una enorme mancha oscura, salpicada por unas cuantas estrellas que apenas comenzaban a aparecer entre las nubes. El frío se había vuelto más intenso. La humedad de la noche se había adherido a mi ropa y una corriente de aire me obligó a abrazarme con más fuerza, como si mis propios brazos pudieran protegerme de algo más que las bajas temperaturas.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, hasta que sentí la pequeña punzada que se extendió por mi mejilla, por lo que me llevé una mano a la zona afectada y apreté los labios al sentir el dolor que todavía persistía.
Y, como si mi cuerpo hubiera estado esperando a que mi mente recordara lo sucedido, las lágrimas comenzaron a acumularse otra vez en mis ojos, así que bajé la cabeza, apreté los brazos alrededor de mis piernas y dejé que las lágrimas cayeran en silencio
—No sabía que dormir en medio de un bosque estaba de moda.
Levanté la cabeza de golpe. Entre las sombras distinguí una figura apoyada contra el tronco de un árbol, con una pierna ligeramente flexionada y un cigarrillo entre los dedos. La pequeña brasa iluminaba su rostro cada vez que aspiraba, dibujando por un instante sus facciones antes de devolverlas a la oscuridad. Caleb. Por supuesto. Porque, aparentemente, el universo había decidido que mi noche todavía no era lo suficientemente miserable.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, con un tono mucho menos amable del que habría utilizado en cualquier otra circunstancia.
Él apartó el cigarrillo de sus labios y me miró con una tranquilidad que me dieron ganas de sacudirle.
—El bosque es un lugar público, princesa.
Fruncí el ceño inmediatamente.
—No me llames así.
Caleb levantó las manos, como si acabara de rendirse ante una amenaza especialmente peligrosa.
—Está bien, está bien. No te enojes.
No le respondí, simplemente me quedé viendo su silueta y cómo sus ojos curiosos me observaban. Después bajó la mirada hacia mis rodillas, todavía abrazadas contra el pecho, y regresó a mi rostro.
—Respondiendo tu pregunta… pues, estoy aquí porque me encanta respirar aire fresco mientras me congelo los dedos.
No respondí. Me dedique a limpiar mis mejillas con las mangas de mi suéter, intentando eliminar cualquier rastro del llanto, aunque sabía perfectamente que tenía los ojos rojos y el rostro hecho un desastre. Caleb dio otra calada al cigarrillo y guardó silencio durante unos instantes observándome. Aquello me resultó más incómodo que sus bromas. Prefería que hablara, que hiciera algún comentario desagradable o que se burlara de mí. Cualquier cosa habría sido mejor que tenerlo allí, observándome como si estuviera intentando resolver un acertijo.
Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué pasó? —preguntó, mirando mis ojos enrojecidos.
—No es asunto tuyo.
Sentí que algo se tensaba dentro de mi pecho. Bajé la mirada hacia mis manos y comencé a jugar con mis dedos.
—¿Me viste?
—Un poco.
Giré el rostro hacia él, esperando que se explicara mejor, pero Caleb parecía demasiado entretenido observando el humo que escapaba de sus labios. Apreté la mandíbula. La idea de que hubiera presenciado mi descontrol me provocaba una vergüenza que no sabía dónde guardar. Yo no lloraba delante de nadie. No de aquella manera. No permitía que los demás vieran lo que ocurría cuando finalmente dejaba de sostener todo aquello que llevaba acumulando durante años. Sin embargo, él había estado allí. Había visto suficiente como para saber que no se trataba de un simple mal día. Y ahora estaba haciendo preguntas como si tuviera algún derecho a conocer las respuestas.
—Si quieres contarlo… estoy dispuesto a escucharte—dijo—Prometo no burlarme—terminó de decir mientras tiraba la colilla del cigarrillo y la pisó para apagarla
El silencio regresó entre nosotros, acompañado por el sonido de las hojas y el canto distante de algún insecto nocturno. Intenté concentrarme en aquello, en cualquier cosa que no fuera la presencia del muchacho que parecía haber desarrollado una habilidad irritante para aparecer en los momentos en los que menos deseaba encontrarme con alguien.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que se separara del árbol y comenzara a acercarse. Lo noté por el movimiento de sus zapatos sobre la tierra, pero no levanté la cabeza hasta que su sombra cayó sobre mí.
—No te acerques —advertí cuando lo vi venir.
—Solo quiero hablar contigo.
—Pues habla desde ahí.
Caleb se agachó frente a mí, ignorando mi mirada de advertencia.
Abrí la boca para responder, pero no llegué a pronunciar una sola palabra cuando sentí la mano de Caleb que pasó suavemente el pulgar por una de mis mejillas, retirando el rastro húmedo que el llanto que de seguro había quedado sobre mi piel. Me quedé inmóvil. No porque quisiera hacerlo, sino porque el gesto me dejo completamente sorprendida; sus dedos se apartaron de mi rostro, pero su mirada permaneció fija en mí, recorriendo mis facciones con una seriedad que no le había visto hasta entonces.
Entonces sus ojos se detuvieron en mi mejilla enrojecida.
La expresión de su rostro cambió.
Fue apenas un instante, una pequeña alteración en la mandíbula y una tensión repentina en sus hombros. Sin embargo, la vi. Caleb dejó de parecer divertido. Sus ojos se endurecieron mientras observaba la marca que mi padre había dejado sobre mi piel.
—No deberías dejar que te traten así —murmuró.
Aparté el rostro, incómoda con aquella preocupación que no había pedido.
—No es asunto tuyo.
—Lo sé. Pero cuesta ignorarte cuando estás así.
Lo miré de nuevo. Esta vez fui yo quien reparó en su rostro con más detenimiento. La oscuridad había disimulado parte de sus facciones, pero no lo suficiente. Había una ligera hinchazón cerca de uno de sus pómulos, y un moretón comenzaba a extenderse bajo la piel. No era tan evidente como el que había llevado la primera vez que lo vi, pero seguía allí. Mi mirada descendió hasta su boca y descubrí que su labio también parecía tener una pequeña herida.
Me incorporé un poco, sin dejar de abrazar mis rodillas.
—¿Y a ti qué te pasó?
Caleb pareció sorprendido, pero enseguida recuperó su sonrisa ladeada.
—Buena pregunta. Lástima que ninguno de los dos quiera responder a la del otro
Solté un suspiro dramático y cerré los ojos, apoyando nuevamente la barbilla sobre mis rodillas.
—Dije cosas de más.
—No soy lo que esperan que sea
—¿A quién?
No respondí ante la honestidad con la que esas palabras salieron de su boca… . yo también me sentia igual… .
—¿Lo merecía? —finalmente se atrevió a preguntar
—Si… pero. . —
—Pero que? . . . . . —preguntó
—Tal vez fui… . Demasiado dura… . . —el se quedo observandome por un rato hasta que luego se atrevió a hablar
—Pero eso tampoco significa que merecieras de aquello —dijo él señalando mi mejilla
Me quedé callada. No había pensado en ello de esa manera. O quizá sí, pero admitirlo significaba reconocer que una parte de mí seguía buscando excusas para justificar lo ocurrido. Mi padre estaba enfadado. Yo había levantado la voz. Había dicho cosas que llevaba demasiado tiempo guardando y había cruzado una línea que él jamás permitía que nadie cruzara. Una parte de mí seguía repitiendo que no debí hacerlo. Que tendría que haber mantenido la boca cerrada. Que quizá, si hubiera elegido otras palabras, las cosas no habrían terminado así.
Pero otra parte, mucho más pequeña y mucho más cansada, sabía que nada de aquello justificaba lo que había ocurrido y que Caleb tenía razón
—Tal vez tienes razón—admití finalmente en un susurro—. Pero ahora que estoy más calmada, puedo reconocer que fui hiriente. Dije cosas que a cualquiera herirían.
Caleb permaneció en silencio, esperando.
—¿Como cuales? —preguntó después de unos segundos.
Apreté los labios. No quería repetir aquella discusión. Ni siquiera estaba segura de querer recordarla. Las palabras seguían resonando en mi cabeza, mezcladas con los gritos, el sonido de la bofetada y la expresión de sorpresa que había aparecido en el rostro de mi padre inmediatamente después. Nunca había visto a Thomas Whitaker quedarse sin palabras de aquella manera. Durante años había sido él quien decidía cuándo terminaban las conversaciones, cuándo debía callarme y cuándo una discusión había llegado demasiado lejos. Pero aquella noche, por un instante, los dos habíamos perdido el control.
—Verónica.
La voz de Caleb me devolvió al presente.
—No tienes que contármelo si no quieres.
Lo miré. Había algo diferente en su expresión. No estaba sonriendo ni parecía interesado en provocarme. Solo esperaba, como si de verdad estuviera dispuesto a escucharme sin convertir mis palabras en otra razón para juzgarme.
Aquello me resultó tan extraño que preferí mirar hacia los árboles.
—Le dije que estaba cansada de que decidiera todo por mí. Que no quería vivir bajo el dominio de alguien que solo sabía controlar e imponerse a los demás. Que no iba a pasarme la vida obedeciendo cada una de sus órdenes como si no tuviera derecho a pensar por mí misma.
Caleb no dijo nada.
Tragué saliva antes de continuar.
—Y le dije que algún día terminaría dejándolo solo, igual que…
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Esta vez no sentí la necesidad de llenarlo. Me quedé observando una pequeña rama que se movía con el viento, deseando poder retroceder el tiempo y borrar aquella última frase. No porque hubiera dejado de sentirla, sino porque sabía exactamente dónde había golpeado. Mi padre podía soportar que cuestionara sus órdenes, que discutiera sus decisiones o que me negara a aceptar alguna de sus imposiciones. Pero mencionar a mi madre era abrir una herida que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.
—Supongo que eso explica por qué estás aquí —dijo Caleb al cabo de un rato.
Me encogí de hombros.
—No quería seguir dentro de aquella casa.
—¿Te golpeó por decirle eso?
—Fue una discusión. Los dos gritamos.
—Eso no justifica que te golpeara.
Apreté los dedos alrededor de mis rodillas.
—No necesito que me defiendas.
—No intento hacerlo princesa, simplemente digo que nada de lo que dijiste justifica el hecho de que te haya levantado la mano
—Entonces deja de mirarme como si fueras a ir a buscarlo.
—Créeme, si quisiera hacerlo, ya me habría levantado.
—Y deja de llamarme princesa.
—Lo intentaré.
Esta vez no pude evitar que una pequeña risa escapara de mi garganta. Fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para que Caleb me mirara con una expresión satisfecha.
—Ahí está —murmuró. Lo mire sin comprender —Me alegra ver tu sonrisa.
La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro. Bajé la mirada, avergonzada de haberle permitido ver siquiera un pequeño fragmento de aquella parte de mí. Caleb pareció notarlo, porque no insistió. En lugar de hacerlo, se acomodó frente a mí y apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—No soy el hijo perfecto —dijo de pronto.
La frase me hizo levantar la cabeza.
Caleb soltó una risa sin humor y miró hacia los árboles.
—Se supone que, por ser el mayor, debo ser el hijo modelo: responsable, sensato.
Lo observé con curiosidad. Nunca había escuchado a nadie hablar de él de aquella manera. En Lavenham abundaban las historias sobre Caleb Hartwell, pero casi todas tenían que ver con sus problemas, sus peleas o su supuesta incapacidad para comportarse como una persona decente. Nadie parecía interesado en preguntarse qué había detrás de todo aquello.
—¿De qué estás hablando?
Él se encogió de hombros.
—De ser el mayor. Al parecer, eso significa que debería convertirme en una especie de alfa de la familia, si mi padre fallece yo tomar su cargo como uno de los tantos ministro. —El problema es que tengo un hermanito de siete años que parece mucho más maduro que yo.
Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un instante en comprenderlo. Después se rio de sí mismo, negando lentamente con la cabeza.
—El pequeño probablemente sería capaz de administrar mejor una casa, organizar sus horarios y recordar dónde dejó las cosas que yo. A veces sospecho que, si nos dejaran solos durante una semana, él terminaría encontrándome muerto de hambre porque se me olvidaría comprar comida.
Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.
—No sabía que tenías un hermanito.
Caleb giró la cabeza hacia mí. La diversión regresó a sus ojos.
—Qué curioso. Tus espías no te contaron eso.
—¡No tengo espías!
—Claro. Toda esa información sobre mí te llegó por casualidad.
—No es así. No conozco tantas cosas sobre ti.
—Sabes dónde encontrarme, sabes cómo me llamo y, por lo que veo, estás bastante familiarizada con los rumores que circulan por el pueblo sobre mi. Es un comienzo prometedor.
Puse los ojos en blanco.
—No es lo mismo. Son cosas que la gente dice. A veces escuchas información sobre alguien sin buscarla, sea cierta o no. En un pueblo como este, es prácticamente imposible evitarlo.
Caleb inclinó la cabeza, fingiendo considerar mi explicación.
—Claro. La información simplemente llega a ti. Debe de ser agotador vivir con semejante talento.
—Eres insoportable.
—Eso me han dicho.
—No me sorprende.
—Aunque debo admitir que resulta halagador que la hija del pastor sepa tanto de mi vida.
—No sé nada de tu vida, Caleb.
—Todavía.
La forma en que pronunció aquella última palabra hizo que me quedará callada durante un segundo. Él sonrió, satisfecho con el efecto de su comentario, y finalmente se puso de pie. Apagó el cigarrillo contra la tierra y lo recogió antes de guardarlo en el bolsillo de su chaqueta, como si no quisiera dejarlo tirado entre las raíces.
Aproveché que se había levantado para hacer lo mismo. Apoyé una mano en el tronco del árbol y me incorporé despacio, sintiendo las piernas entumecidas por el tiempo que había pasado sentada. Me sacudí la tierra del pantalón y me acomodé el cabello, que seguramente parecía un desastre después de haber llorado y dormido en medio del bosque.
Caleb me observó mientras terminaba de arreglarme.
—Los jóvenes no suelen andar solos por el bosque a estas horas.
Caleb me miró de pies a cabeza, deteniéndose un instante en mi ropa arrugada y en mis ojos todavía enrojecidos.
—Entonces no entiendo qué hace aquí tu. . la hija del hombre más perfecto de Lavenham.
Sentí que se me endurecía el rostro. No por la broma en sí, sino por la facilidad con la que había identificado el problema. Para el pueblo, mi padre era un hombre admirable. El pastor que siempre tenía las palabras adecuadas, el líder que sabía resolver cualquier conflicto y el padre que había conseguido criar a una hija ejemplar. La gente veía lo que él les permitía ver. Y yo llevaba tanto tiempo interpretando el papel que, en ocasiones, me resultaba difícil recordar dónde terminaba la imagen que proyectaba y dónde empezaba la persona que realmente era.
Me mordí el labio y desvié la mirada.
—Tengo que volver.
Caleb no se movió.
De pronto la expression de Caleb perdió parte de su caracteristica diversión.
—¿Piensas hacer algo al respecto?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros. No necesité que especificara a qué se refería. Ambos sabíamos que no estaba hablando de la hora ni del bosque. Se refería a lo que había ocurrido en mi casa. A la marca de mi mejilla. A las cosas que yo había dicho y a las que mi padre había hecho. A aquella pequeña grieta que acababa de abrirse en una relación que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose sobre el silencio y la obediencia.
No respondí inmediatamente. Miré hacia los árboles, buscando una respuesta que no tenía. ¿Hacer algo al respecto? ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Enfrentarme otra vez a mi padre? ¿Contarle a alguien lo ocurrido? ¿Reconocer que la imagen perfecta que todos admiraban no era tan perfecta cuando se cerraban las puertas de nuestra casa? Ninguna de aquellas posibilidades parecía sencilla. Y lo peor era que una parte de mí todavía quería volver, disculparse y fingir que la noche nunca había ocurrido.
—No quiero regresar a casa —admití finalmente—. Al menos, no todavía. Me siento. . .
Dejé la frase incompleta. No sabía cómo describirlo. Enfadada. Herida. Cansada. Avergonzada. Quizá todas esas cosas al mismo tiempo. Caleb no intentó completar la oración por mí. Se limitó a acercarse un poco, lo suficiente para que pudiera ver que su expresión se había vuelto sería.
—Lo entiendo.
Lo miré con cierta incredulidad.
—¿De verdad?
—No pongas esa cara. No soy tan estúpido como parezco.
—Eso está por demostrarse.
La comisura de sus labios se elevó ligeramente.
—Ahí está otra vez.
—Tienes un talento especial para arruinar los momentos serios.
—Alguien tiene que hacerlo.
Caleb extendió una mano hacia mí. Me tensé por instinto, sin comprender qué pretendía, pero él no intentó tocarme de inmediato. Esperó hasta que bajé la mirada y vi que sostenía un pequeño papel doblado entre los dedos. Lo tomó con cuidado de mi mano, que había quedado suspendida a medio camino entre los dos, y depositó la nota en mi palma.
Me quedé observándola.
—¿Qué es esto?
—Una invitación.
Levanté la cabeza lentamente.
—¿Una invitación a qué?
—A una fiesta.
Lo miré en silencio durante varios segundos, convencida de que había escuchado mal.
—¿Una fiesta juvenil? ¿Aquí, en Lavenham?
—No, Verónica. En la luna. Por supuesto que aquí.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
Desdoblé el papel. La iluminación era escasa, pero pude distinguir unas pocas líneas escritas a mano. Había una hora, una indicación para llegar a una pequeña cabaña y una referencia al lado oeste del bosque. La medianoche. Me quedé mirando aquellos datos como si fueran a cambiar si los leía una segunda vez.
—¿Una fiesta a medianoche? —repetí—. ¿En una cabaña del bosque?
—Veo que sabes leer.
—Caleb.
Levanté la mirada, exasperada.
—¿Esto es una broma de mal gusto?
—¿Por qué lo sería?
—Porque no sé si eres un muchacho que organiza fiestas o un secuestrador que está intentando atraer víctimas a una cabaña abandonada.
Caleb me observó durante un segundo antes de soltar una carcajada.
—Esa es una de las cosas más ofensivas que me han dicho en toda mi vida.
—No has respondido.
—En primer lugar yo no la organicé, ya lo estaba… solo te paso el dato… y Segundo, si fuera un asesino o un secuestrador, ¿de verdad crees que perdería el tiempo preparando invitaciones para mis víctimas? Sería mucho más sencillo ir directamente a buscarlas.
Después, contra todo pronóstico, me reí.
—Ves —dijo—. Todavía sabes divertirte.
—No he dicho que vaya a ir.
—Si, pero tampoco te has negado… así que es más un si que un contrario—dijo moviendo sus ojos de arriba a abajo con coqueteria, aquella accion me hizo rodar las ojos y desplazar mi Mirada en la invitación. Hacía mucho tiempo que no recibía una propuesta que no estuviera relacionada con alguna actividad de la iglesia, una obligación familiar o una responsabilidad que mi padre considerara importante para mi futuro. Incluso los encuentros con Bianca solían depender de horarios, permisos y explicaciones. Una fiesta a medianoche, en una cabaña escondida entre los árboles, era exactamente el tipo de cosa que mi padre jamás aprobaría.
Y quizá por eso mismo me resultaba tan difícil dejar de mirar el papel.
Caleb dio un paso atrás y se acomodó la chaqueta.
—La cabaña está en el lado oeste del bosque. En el papel tienes las indicaciones para llegar. Si te pierdes, será porque no prestaste atención.
—Qué amable.
—Intento serlo.
—Pues deberías esforzarte más.
—Lo tendré en cuenta para ti princesa
Comenzó a alejarse, pero se detuvo después de unos pasos y volvió la cabeza hacia mí.
—Estaré cerca de la cocina del lugar. Espero verte allí.
Fruncí el ceño.
—Nunca dije que fuera a ir.
Caleb sonrió de medio lado.
—Es verdad. No lo dijiste.
Se subió la capucha del suéter cuando una corriente de aire frío atravesó el espacio entre nosotros. Por un instante, la sombra de la tela ocultó parte de su rostro, pero no aquella sonrisa insoportable que parecía acompañarlo incluso cuando no tenía motivos para sonreír.
—Entonces, ¿cómo estás tan seguro de que iré? —pregunté.
Él se encogió de hombros.
—Simplemente lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo y la que más me divierte
Negué con la cabeza.
Caleb dio otro paso, como si finalmente fuera a marcharse, pero volvió a detenerse.
—Ah, y dile a tu amiga que vaya también.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿A Bianca? ¿Por qué?
—Porque el chico con el que ha estado hablando por teléfono también irá.
Sentí que mi expresión cambiaba de inmediato.
—¿Cómo sabes que Bianca está hablando con alguien?
La sonrisa de Caleb se ensanchó.
—Porque ese alguien es mi amigo más cercano.
—¿Tu amigo?
—Sí.
—¿Y tú sabes que ella está hablando con él?
—Sé que se conocieron en el congreso de jóvenes, que intercambiaron sus números sin que nadie se diera cuenta y que desde entonces han encontrado bastantes motivos para hablar por teléfono.
Abrí la boca, pero no encontré nada que decir. Caleb parecía disfrutar cada segundo de mi desconcierto.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Te lo acabo de explicar. Es mi amigo más cercano.
—Eso no significa que tengas que saber cada cosa que hace.
—No, pero ayuda cuando el tipo en cuestión no sabe guardar un secreto ni aunque le paguen.
No pude evitar sonreír. Bianca iba a tener que explicarme muchas cosas.
—¿Y se supone que debo confiar en que esa fiesta será segura?
Caleb levantó las cejas.
—No. Se supone que debes decidir por ti misma si quieres ir y tomar el riesgo—Nos vemos más tarde —dijo finalmente.
Lo observé alejarse entre los árboles. No intenté detenerlo ni llamarlo de vuelta. Me quedé quieta hasta que su figura desapareció por completo entre las sombras, escuchando cómo sus pasos se volvían cada vez más difíciles de distinguir. Solo entonces bajé la mirada hacia la invitación que todavía sostenía entre los dedos.
La leí otra vez.
El lado oeste del bosque.
Una fiesta de la que mi padre no debía enterarse.
Cerré los ojos durante un instante y solté el aire lentamente. No sabía si Caleb tenía razón al estar tan seguro de que iría. Ni siquiera sabía si quería hacerlo. Una parte de mí pensaba que aquella era una idea terrible, que no conocía lo suficiente a las personas que estarían allí y que salir a escondidas solo me traería más problemas. Pero otra parte, una que llevaba demasiado tiempo encerrada bajo las reglas de mi padre, se preguntaba qué se sentiría pasar una noche sin tener que pedir permiso para respirar.
Doblé la invitación y la guardé en el bolsillo. No tomé el camino de casa: me dirigí hacia la vivienda de Bianca. Necesitaba verla antes de decidir qué hacer con aquella invitación.
.
.
.
.
Una hora después, estaba sentada en la cama de Bianca. Había llegado a su casa con la invitación aún en el bolsillo y la necesidad urgente de no quedarme sola. Ella me abrió la puerta, me vio la cara y no me exigió explicaciones en el umbral; me abrazó primero y me dejó contarle lo ocurrido después. Cuando le pedí quedarme a dormir, consultó con sus padres los cuales aceptaron sin dudarlo ya que en el pasado lo haciamos bastante seguidos
Lo que no había previsto era que, antes de darme cuenta habian llamado a mi padre para informarle que había llegado a su casa y que me quedaria con ellos a dormir esa noche
Estaba lo suficientemente cerca cuando su madre hizo la llamada como para escuchar parte de la conversación. No pude distinguir todas las palabras, pero sí la voz de mi padre al otro lado del teléfono y, sobre todo, lo que dijo cuando la madre de Bianca le explicó que yo había llegado a su casa.
Aceptó.
Dijo que pasaría a buscarme por la mañana y, antes de terminar la llamada, le pidió que me transmitiera algo. ”Te amo”
Aquellas dos palabras se me quedaron dando vueltas en la cabeza
No sabía qué se suponía que debía sentir al escucharlas. Tristeza. Rabia.
Ahora, una hora después, ambas estábamos acostadas en su cama, con las cabezas apoyadas contra la pared y una pequeña lámpara encendida sobre la mesita de noche. La habitación olía al perfume dulce que Bianca solía utilizar y a las sábanas recién lavadas. En circunstancias normales, aquel habría sido uno de mis lugares favoritos del mundo.
Sin embargo, aquella noche apenas había reparado en los detalles.
Llevaba casi cuarenta minutos contándole la discusión, la bofetada, mi huida al bosque y el encuentro con Caleb. Bianca había escuchado sin interrumpirme; ahora, por fin, parecía incapaz de contenerse.
—Voy a matar a tu padre.
La miré, alarmada por la seriedad con que lo dijo.
Giré lentamente la cabeza hacia ella.
Bianca estaba sentada a mi lado, con las piernas dobladas sobre la cama y los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía el ceño tan fruncido que, por un instante, pensé que podría quedarse así para siempre.
—No vas a matar a nadie —murmuré.
—¿Cómo se atreve a golpearte?
—Baja la voz. Tus padres están a lado
—Estan dormidos. No pienso quedarme tranquila después de lo que te hizo. —Bianca me miró, indignada.
Bajé la mirada hacia la almohada que sostenía entre mis brazos.
—No sé qué va a pasar mañana —admití.
—Cuando llegue, decidirás qué hacer.
—Mi padre vendrá a buscarme.
—Lo sé. Y no tienes que resolverlo todo esta noche.
—Para alguien que acaba de amenazar con asesinar a un pastor, pareces razonable.
Bianca soltó una carcajada.
—¡No me hagas reír! Estoy intentando enfadarme.
—No se te da muy bien.
—Y tú sigues diciendo tonterías en los peores momentos.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Bianca tomó una de las almohadas y la acomodó detrás de su espalda, mientras yo jugueteaba con una esquina de la mía.
Por primera vez desde que había comenzado a contarle lo ocurrido, sentí que podía respirar sin tener aquella presión constante en el pecho.
Quizá eso era lo que necesitaba. No una solución inmediata, ni una explicación capaz de arreglarlo todo, sino un lugar en el que pudiera hablar sin tener que medir cada palabra.
Y alguien que no intentara convencerme de que mi padre siempre tenía razón.
—Por cierto —dije, recordando de pronto algo que había quedado pendiente—, tengo que contarte otra cosa.
Bianca giró la cabeza hacia mí.
—¿Qué cosa?
Dudé durante un instante.
—Me encontré con Caleb en el bosque.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Con Caleb Hartwell?
—¿Conoces a otro Caleb Hartwell que te haya contado que aparezca justo en mis últimos momentos más incomodos?
—¡Y me lo dices ahora!
—Acabo de contarte lo de mi padre. Se me pasó mencionar al muchacho que apareció después.
Bianca me dio un golpecito en el brazo.
—Esas cosas son primordiales también… ya dime, ¿Qué pasó?
—Nada… excepcional
—No te creo.
—Resulta que andaba rondando pore se sector cuando yo lo había cogido como paño de lágrimas y me vio cuando me quedé dormida ahi por un rato, sin despertarme… sino que luego de que lo hiciera, se dedico a molestarme y hacerme algunas preguntas, hablamos un rato y después me dio una invitación.
Bianca dejó de moverse.
—Eso es algo extraño y de acosador… . pero… que clase de ¿invitación?
Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón, y desdoble el papel que había guardado para entregarselo
Bianca lo tomó y comenzó a leerlo bajo la luz de la lámpara. Sus ojos recorrieron las indicaciones, la hora y el lugar. Después volvió a leerlo, como si esperara encontrar alguna información adicional escondida entre las líneas.
—¿Una fiesta a medianoche, en una cabaña del bosque?
—Eso dice la invitación. No hace falta que la leas entera en voz alta.
Ella levantó la mirada.
—¿Y tú piensas ir?
Me encogí de hombros.
—No lo sé.
Bianca me miró, desconcertada.
—¿Te encuentras bien?
—Empiezo a preguntármelo cada vez que paso contigo.
—Te estoy hablando en serio. —Se incorporó un poco, sosteniendo la invitación entre los dedos. —¿Quién va a estar allí?
—No lo sé. Caleb dijo que estaría cerca de la cocina.
—¿De la cocina? ¿Para que?
—Dijo que me esperaria ahi que estaba 100% seguro de que yo iria
—Bueno pues en eso tiene razón ya que tienes tus dudas sobre no ir… pero, Te dijo algo más?
Me acomodé contra la pared, intentando recordar exactamente lo que Caleb me había dicho antes de marcharse.
—Mencionó que su mejor amigo también iría. El chico con el que has estado hablando… . es su mejor amigo
Bianca se quedó completamente inmóvil.
Yo la observé durante unos segundos, para ver si ella sabía sobre eso
—Ah.
Ella giró la cabeza hacia mí, al no decir nada y dedicarme a mirarlo con los ojos entrecerrados
—¿Qué?
—Ya sabias eso
—Bueno pues si… Dereck lo mencionó pero, no crei un dato importante el decirtelo
—Bianca… . Es el mejor amigo del chico que me ha estado molestando
—Acosando diras… . eso de quedarse ahi mientras te quedaste dormida después de tanto llorar esta como…
—Bianca Emperatriz no me cambies el tema
—Ash detesto cuando dices mi nombre completo, lo sabes Verónica… —dijo tapandose los oidos con ambas manos
—Entonces dime por que no lo mencionaste eso—le pregunte agarrando sus dos manos para destaparse sus orejas y agitarla como maraca vieja
—Ay me lastimas mujer… no crei necesario enserio… la verdad que me dio igual, y hasta por un momento lo había olvidado, hemos charlado últimamente demasiadas cosas que había olvidado mencionarte ese detalle—suspire dramaticamente recostandome en la cama mientras colocaba una almohada sobre mi cabeza
#435 en Paranormal
#180 en Mística
#1336 en Joven Adulto
religion, secretos de un pasado y presente oscuro, amor prohibido secretos boyslove
Editado: 21.10.2026