Cuando por fin me escuché
(Una conversación cruda y necesaria con mi alma confundida)
Me miré en el espejo sin saber quién era.
Tenía mis ojos, mi boca, mi cabello, pero no me reconocía.
Estaba vacía.
No de vida… sino de fuerzas.
Entonces cerré los ojos y me senté.
No supe por qué, pero sentí que tenía que hablar conmigo.
Y ahí estaba.
Esa voz que me había acompañado toda la vida:
Mi alma confundida.
• Hola… —le dije casi sin voz.
—Ya era hora —me respondió ella, sin reproches, pero con los ojos llenos de lágrimas.
•No sabía si ibas a hablarme.
—Llevo años intentándolo. En tus silencios. En tus noches sin dormir. En cada vez que miras el celular esperando que alguien note tu tristeza sin que la digas.
•Estoy cansada.
—Lo sé. Estás tan cansada que ya ni las cosas que antes te gustaban te animan. Comer, bañarte, organizar tu cabello… todo parece una tarea imposible.
•Me veo al espejo y me doy asco. Mis brazos, mis ojos, mi nariz, todo. Me siento tan poco. Y siento que ni siquiera soy suficiente para él. Que, si me toca, va a darse cuenta de lo que soy: un desastre.
—No eres un desastre. Eres una herida abierta que nadie ayudó a sanar. Y ahora todo lo que ves está filtrado por ese dolor. Pero no eres fea. No eres menos. No eres “demasiado”. Eres alguien que intenta seguir viva en medio de una tormenta constante.
• A veces me siento una carga. Hasta él, que es mi lugar seguro, me da miedo. Miedo de perderlo. Miedo de no estar a la altura. Miedo de que un día ya no me ame.
—¿Y si te dijera que él no necesita que seas perfecta? Que lo único que necesita es que tú te creas capaz de amar y ser amada. Que confíes. Que hables. Que no te escondas detrás del “estoy bien” cuando sabes que no lo estás.
• Pero me cuesta. Todo me cuesta. La gente cree que exagero. Que hago drama. Que si sigo viva es porque “no estoy tan mal”. Pero no saben lo que me cuesta levantarme. No saben lo mucho que he pensado en desaparecer.
—¿Y por qué no lo haces?
—Entonces no estás sola. Estás herida, pero no sola. Estás dolida, pero no terminada. Estás confundida, pero no perdida.
• A veces siento que si desaparezco todos estarían mejor.
—Eso no es cierto. Estarían vacíos, como tú ahora. Porque tú le das algo al mundo. Porque, aunque no lo creas, inspiras. Por tu vulnerabilidad. Por tu verdad. Por todo lo que escribes, por más triste que parezca. Porque cada palabra tuya es una confesión que alguien más necesita leer.
• ¿Y si nunca mejoro?
—Entonces seguirás intentando. No hay un día exacto para sanar. Pero cada vez que te escuchas, cada vez que eliges no rendirte, das un paso. Tal vez lento. Tal vez pequeño. Pero tuyo.
• ¿Tú crees que algún día pueda volver a amar lo que soy?
—No lo creo. Lo sé. Porque si estás escribiendo esto, es porque aún tienes esperanza.
• Gracias por no irte.
—Gracias por al fin querer escucharme.