“Aunque aún duela, sigo aquí”
Y ese día, sin testigos, sin público, sin aplausos,
Me abracé.
No sabía cómo hacerlo. No era un abrazo perfecto.
No era cálido, ni fuerte, ni como los que yo siempre pedí en silencio.
Pero fue mío.
Fue mi cuerpo rodeando a mi cuerpo.
Fue yo diciéndome: “Ya basta, ya no quiero seguir odiándome.”
Lloré. Mucho.
No como esas veces en las que lloro y me seco las lágrimas rápido para que nadie note que estuve mal.
Lloré como si todo el dolor de años enteros saliera por fin.
Como si mi niña interna, la de los recreos solitarios y las ganas de desaparecer, me tomara la mano y dijera:
“Gracias por no olvidarte de mí.”
Recordé todo:
Las veces que me miré al espejo con asco,
Las veces que comí con culpa o que no comí por tristeza,
Las veces que quise dejar de existir,
Las veces que fui mi peor enemiga solo porque no sabía cómo amarme.
Recordé a esa niña que no entendía por qué las amigas se iban,
Por qué los adultos gritaban tanto,
Por qué dolía tanto vivir.
Y entonces la vi.
Sentada en un rincón de mi alma,
Abrazando sus rodillas con miedo a volver a ser ignorada.
Fui hacia ella.
Me senté a su lado.
No le hablé con juicio.
No la culpé por haber llorado tanto, por haberse cortado, por haber querido dejar de existir.
Solo la miré y le dije:
“Sobreviviste. Y yo también. No fue justo. Pero estás aquí. Y esta vez… no te pienso abandonar.”
Y por primera vez, mi alma confundida no se escondió.
No gritó.
No huyó.
Solo me miró y sonrió.
Cansada, sí.
Pero aliviada.
Porque entendió que, aunque aún duela… sigo aquí.
Sigo aprendiendo a vivir.
Sigo aprendiendo a quererme.
Sigo escribiendo, aunque a veces las palabras pesen.
Sigo de pie, aunque a ratos solo pueda arrastrarme.
Y eso, aunque no lo vea nadie más,
Ya es un milagro.