Nada, eso era lo primero que encontraba cuando buscaba en su interior. Un silencio espeso, absoluto y sin ecos, sin imágenes, sin rostros, sin nombres… nada. O al menos eso era lo que creía.
Había algo, una palabra. Se arrastraba por lo más profundo de su mente como una brasa que se negaba a apagarse. Apenas podía sentirla, pero estaba allí, escondida detrás de una barrera que no sabía cómo atravesar. Sus labios resecos intentaron darle forma, la garganta le ardió.
—E… ter…
El sonido se perdió en el aire frío, abrió los ojos. «¿Ter?» «¿Derre?» «¿Rett?» «¿Éter?» «¿Eder?» No, ninguno de esos sonidos encajaba correctamente. La palabra estaba ahí, en la punta de su lengua, vibrando dentro de su cabeza, sabía que era importante, que pertenecía a algo, o a alguien. Quizá a él mismo.
Pero las letras se negaban a ocupar el lugar correcto, como si su propia mente hubiera sellado el recuerdo, por seguridad… o por miedo.
Eventualmente lo sabría, al menos, eso necesitaba creer. Abrió completamente los ojos, la luz del mundo llegó antes que su propia identidad. Se encontraba tendido sobre un suelo fangoso, el barro se adhería a su piel y a su ropa como una segunda capa. Hojas secas crujían bajo su cuerpo mientras intentaba incorporarse, y pequeños insectos escapaban entre la vegetación, perturbados por aquel movimiento repentino.
Respiró. El aire olía a humedad, madera podrida y tierra mojada, quizá había llovido hacía unas horas, quizá hacía días. No lo sabía, no sabía nada.
Con esfuerzo, excavó entre el barro hasta liberarse del pequeño hueco en el que estaba atrapado. Se sentó lentamente y observó sus manos, no sentía dolor alguno.
Su ropa estaba rota, húmeda y cubierta de suciedad. Parecía haber pasado por algo violento, pero su cuerpo no protestaba, ni una punzada o ardor. Ni siquiera el dolor de una herida superficial.
Solo cansancio, un cansancio profundo que no parecía físico. Era algo más interno, como si hubiera corrido durante horas dentro de un sueño del que todavía no había terminado de despertar, levantó la mirada. La luna llena era su único testigo, una esfera blanca suspendida entre las ramas.
El bosque se extendía en todas direcciones como un océano de sombras. Los árboles altos y frondosos filtraban la luz, convirtiéndola en delgados hilos plateados que apenas alcanzaban el suelo, cada tronco proyectaba figuras retorcidas sobre la tierra, algunas parecían humanas.
Se movían cuando el viento atravesaba las hojas. ¿Dónde estaba? ¿Quién era? ¿Por qué estaba allí? Las preguntas aparecieron una detrás de otra. Sin embargo, ninguna consiguió despertar verdadero miedo. Lo que sentía era diferente, una calma inquietante.
Como si su mente hubiera decidido que comprender no era importante en ese instante, primero debía moverse. Se quitó la chaqueta húmeda y la sacudió, el barro cayó en grandes masas, el olor a humedad se hizo todavía más intenso. Sus manos temblaron ligeramente, no por el frío, era otra cosa… instinto, tal vez memoria corporal.
Miró alrededor, solo bosque y sombras. Solo la luna, distante y silenciosa. Y, aun así… dio un paso tras otro. El bosque estaba sumido en penumbra, pero sus pies avanzaban con determinación, no tropezaba, no dudaba, no caminaba a tientas como alguien perdido. Caminaba como quien conocía un camino que no podía recordar.
Como si existiera una ruta trazada en algún lugar más profundo que su memoria, no sabía adónde iba. Pero su cuerpo sí, algo lo guiaba, no era una voz, ni tampoco una imagen.
Era una dirección certera, sin explicación.
Como si toda su existencia estuviera alineada hacia un punto que todavía no podía ver, avanzó entre los árboles.
La palabra regresó, esta vez apenas fue un susurro.
—…ter…
El bosque no respondió. Pero, durante un instante, el viento pareció reconocerlo, no supo cuánto tiempo caminó, pudo haber sido una hora… quizá varias. En aquel lugar el tiempo parecía no avanzar, parecía detenerse, hasta que algo cambió.
Primero apareció un destello entre los árboles, apenas perceptible.
Una pequeña luz inmóvil, parecida a una luciérnaga que hubiera olvidado parpadear, después apareció otra. Y otra… luces artificiales, no pertenecían a la luna. Venían del suelo.
Siguió caminando, los sonidos comenzaron a cambiar, los insectos callaron, el susurro de las hojas quedó atrás, en su lugar aparecieron vibraciones metálicas.
Un rugido constante, motores, voces, risas, discusiones, música. La civilización estaba cerca, cada paso reducía la distancia entre la oscuridad y la luz. Hasta que la luz lo golpeó de repente, salió del bosque, una farola lo atravesó como una espada blanca. Sus pupilas, acostumbradas a la oscuridad, se contrajeron violentamente.
Durante unos segundos, el mundo se convirtió en una mancha luminosa. No había formas, solo manchas brillantes y movimientos borrosos, parpadeó varias veces, la visión tardó en regresar. Se cubrió el rostro con el antebrazo sucio, sus oídos tampoco estaban preparados, bocinas, frenos, conversaciones, pasos, música filtrándose desde algún vehículo.
Todo llegó al mismo tiempo, como si alguien hubiera abierto una compuerta dentro de su cabeza. El sonido no entró, lo asaltó de golpe, entonces lo oyó, el ruido que lo dejo aun mas aturdido que todo lo demas. Un grito, agudo, instintivo y cercano como para retumbar en sus timpanos como un timbre.
—¡Dios mío!
Una chica estaba a pocos metros, se llevó ambas manos a la boca, sus amigos la sujetaron por los brazos y tiraron de ella hacia atrás. Él no entendió lo que decían, solo vio sus rostros. Miedo, miedo puro.
La gente comenzó a mirarlo, algunos retrocedieron, otros sacaron sus teléfonos. Las pantallas se levantaron una tras otra, nadie se acercaba, nadie llamaba a una ambulancia.
Todos grababan, él bajó la mirada, siguió la dirección de aquellos ojos.
Y entonces lo vio, una estaca atravesaba su pecho, se quedó inmóvil. No había sangre fresca, no había dolor. La madera estaba incrustada en su cuerpo como si siempre hubiera pertenecido allí, la punta podia notarse al otro lado.
El murmullo de la multitud creció, algunos retrocedieron, otros se acercaron lo suficiente para conseguir una mejor imagen. Pero ninguno se atrevió a tocarlo, hasta que un hombre cruzó aquella barrera invisible. Avanzó con cautela, como si se acercara a un animal herido.