Nueve meses antes de la tormenta...
El tintineo constante de los teclados y el murmullo de las llamadas telefónicas llenaban la oficina de la empresa de publicidad donde Eliana trabajaba. Sentada frente a su computadora, revisaba los informes finales del mes con una sonrisa en el rostro. En ese momento de su vida, Eliana sentía que lo tenía todo: un empleo estable que dominaba a la perfección, un guardarropa lleno de ropa bonita que elegía con esmero cada mañana y, sobre todo, un noviazgo de años con Julián, el hombre por el que ella hacía todo lo posible con tal de verlo feliz.
Aquella tarde, Valeria, su compañera de cubículo y a quien Eliana consideraba su mejor amiga e confidente dentro de la empresa, se acercó a su escritorio arrastrando su silla con confianza.
—Eli, ya terminé mis pendientes de diseño. Me iré un poco antes porque tengo una cita muy importante —dijo Valeria mientras se retocaba el labial rojo frente al espejo de su escritorio y se acomodaba el cabello—. Nos vemos mañana, no te quedes hasta tarde.
—¡Qué te vaya muy bien, Vale! Ve tranquila, yo me encargo de cerrar el reporte —le respondió Eliana con total inocencia y una sonrisa sincera. No tenía forma de imaginar que, exactamente nueve meses después de ver esas actitudes extrañas y sutiles mentiras, esa supuesta amistad destruiría su vida para siempre.
Nueve meses después...
El tiempo pasó y lo que parecía una vida perfecta se convirtió en una fachada. Tras meses de notar a Julián distante, Eliana decidió salir temprano de la empresa para darle una sorpresa en su departamento, con la intención de arreglar las cosas entre ellos. Compró su cena favorita y condujo con ilusión. Al abrir la puerta con su llave, el silencio del lugar la recibió, pero un rastro de ropa ajena en el pasillo encendió todas las alarmas en su pecho. Con el corazón desbocado, caminó hacia la habitación principal y empujó la puerta.
El mundo se detuvo de golpe. Julián estaba en su propia cama con Valeria.
Al sufrir la doble traición de las dos únicas personas en las que confiaba y amaba con el alma, Eliana sintió cómo su estructura interna se hacía pedazos. El dolor fue tan devastador que la tristeza la consumió por completo, sumergiéndola en una profunda y oscura depresión.
Pasaron tres largos años desde esa fatídica tarde. Tres años en los que Eliana renunció a su puesto en la empresa, se encerró entre las cuatro paredes de su casa a llorar el engaño y vivió en una eterna penumbra. Olvidó lo que era sonreír, dejó por completo de usar maquillaje y se aisló del mundo exterior, usando su hogar como refugio y prisión a la vez.
Hasta que una mañana de octubre, algo cambió en su interior. Una pequeña chispa de fuerza, que creía extinta, nació en su pecho al mirar los cálidos rayos del sol entrar por su ventana. Decidió que ya había llorado suficiente y que era hora de volver a pisar la calle.
Llevaba tanto tiempo encerrada que no tenía ropa bonita limpia a la mano, ni tampoco tenía energía para buscar cosméticos. Se puso lo primero que encontró en el armario —unos pantalones holgados y una camiseta vieja—, se amarró el cabello en una coleta descuidada y, con el rostro completamente lavado, cruzó la puerta principal.
El aire fresco la golpeó de inmediato, haciéndola sentir viva después de una eternidad. Caminaba distraída por la acera, asimilando el ruido de la ciudad, cuando de golpe chocó fuertemente contra el hombro de alguien.
—¡Ah! Lo siento mucho, no estaba mirando... —alcanzó a decir Eliana, perdiendo un poco el equilibrio.
Unos brazos firmes la sostuvieron de los hombros con delicadeza, impidiendo que cayera al suelo. Al levantar la mirada, se topó con los ojos de un joven alto, de facciones atractivas y una sonrisa cálida que transmitía una paz inmediata. Era un chico de 18 años llamado Thiago.
—No te preocupes, ¿estás bien? —preguntó él con una voz suave, pero que denotaba una profunda emoción contenida.
Eliana asintió tímidamente, disculpándose de nuevo antes de seguir su camino, sintiendo una extraña calidez en el pecho. Lo que ella no tenía idea, era de que ese joven ocultaba un secreto eterno. Thiago no era un desconocido; se había enamorado perdidamente de ella cuando apenas era un niño de 7 años y ella, una hermosa adolescente de 17.
Thiago se quedó estático en la acera, viendo cómo ella se alejaba. Había esperado más de una década para volver a verla, y ahora que el destino la había puesto frente a él, no planeaba dejarla ir.
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Editado: 26.10.2026