Eliana sostenía la taza de café caliente entre sus manos, dejando que el vapor le entibiara el rostro mientras miraba los autos pasar a través del cristal. Estar rodeada del murmullo de la gente después de tres largos años de completo aislamiento se sentía irreal, pero extrañamente reconfortante. De pronto, el sonido de la pequeña campana de la entrada la hizo desviar la mirada hacia la puerta. El corazón le dio un vuelco al ver entrar al mismo joven alto de chaqueta oscura con el que había chocado minutos atrás. Eliana contuvo el aliento, observando cómo los ojos del chico recorrían el lugar con tranquilidad hasta detenerse exactamente en ella. En lugar de pasar de largo, él le sonrió con amabilidad y caminó con total seguridad directo hacia su mesa, ejecutando a la perfección su plan de actuar como un completo desconocido para no asustarla.
—Hola de nuevo —dijo él con una voz suave, adoptando un tono educado y casual—. Lamento molestarte, pero el lugar está completamente lleno y me preguntaba si te importaría si comparto la mesa contigo. Prometo no ser una mala compañía.
Eliana miró a su alrededor de reojo, sintiendo cómo los nervios la traicionaban. Era verdad que el negocio estaba concurrido, aunque al fondo quedaban un par de espacios libres en la barra. Sin embargo, la timidez que la había acompañado durante todo su encierro pareció congelarse ante la mirada transparente del chico, en la cual no pudo detectar ninguna señal que le resultara familiar; para ella, él era un absoluto y guapo extraño.
—No... no hay problema, puedes sentarte. Y de verdad, siento mucho lo de hace rato en la acera, venía muy distraída —respondió ella en un susurro, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja, repentinamente consciente de que vestía una camiseta vieja y no llevaba ni una gota de maquillaje.
—No te preocupes por eso, los accidentes pasan. De hecho, gracias a eso encontré un buen lugar para tomar café —Thiago se sentó frente a ella, acomodando su mochila a un lado y manteniendo una distancia respetuosa para que ella se sintiera cómoda. La miró fijamente, ocultando la inmensa emoción de tenerla cerca después de una década—. Me llamo Thiago, por cierto. Un placer.
—Eliana —contestó ella de forma tímida, estirando su mano por encima de la mesa.
Thiago estrechó su mano con delicadeza, sintiendo una calidez que le recorrió todo el cuerpo. Al verla de cerca, confirmó que Eliana no guardaba el más mínimo recuerdo del niño de siete años que solía esperarla en el porche de su casa para verla pasar. Ella lo miraba como a cualquier joven de dieciocho años que acababa de conocer en una cafetería. Thiago sonrió para sus adentros, conforme con su decisión de empezar desde cero; se ganaría su corazón paso a paso, curando las heridas que el pasado le había dejado, sin prisa pero sin detenerse. El primer hilo de su nueva historia ya se había empezado a tejer.
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Editado: 26.10.2026