Divinas Tentaciones

Ecos del pasado (1era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Dominic

Las mujeres son indescifrables, un enigma difícil de descifrar… pero Arianna no era la excepción; era todo eso elevado a la potencia de mil. Una muralla construida con terquedad y provocación, para sumarle le encantaba enfurecerme, desconcertarme, y arrancarle una verdad era como intentar abrir la bóveda de un banco suizo: imposible.

Aun así, apelé a su sensatez para que me diera una pista, una sospecha, cualquier dato que me acercara a quien nos atacó. Pero se defendió. Y en mi experiencia, cuando alguien se defiende así, es porque sabe algo… o lo intuye.

Y por si fuera poco, la escena cambió de un segundo a otro: de sus reclamos y comentarios afilados pasamos a algo demasiado parecido a una pelea entre marido y mujer. Por eso el comentario de Milos.

Por un instante no supe si reír, gritar o besarla. Pero lo que me detuvo no fue su rechazo a la absurda idea de ser algo mío… fue eso que no dijo. Ese brillo en sus ojos que me quitó el aire y, al mismo tiempo, me asustó.

Al final, le propuse una tregua. No era control, aunque ella lo interpretara así; o no lo entendía, o simplemente no quería hacerlo. Pero, como siempre, su silencio terminó siendo peor que cualquiera de sus insultos.

Y ahí estaba yo, delante de ella, sintiéndome por primera vez un imbécil por bajar la guardia. Brazos cruzados, mandíbula apretada, y ni una palabra de su parte.

—Asumiré que lo pensarás —dije con voz neutral, luego aclaré la garganta. La mire de pies a cabeza—. ¿Me devuelves mi camisa o quieres un recuerdo mío? —añadí con malicia.

—Ni loca —vociferó rabiosa—. Toma tu porquería de camisa.

Comenzó a desabotonársela con torpeza, pero sin perder esa fiereza suya, mientras yo la observaba atrapado en cada curva. Demasiado hermosa. Demasiado peligrosa para mi paz. En un segundo me arrojo la camisa al rostro y avanzó al baño contoneando sus caderas como si fuera a propósito.

—Tiene tu perfume —hablé para detenerla—. ¿La lavas? —la provoqué.

Ella se giró y me mostró el dedo sin dudar.

—Un simple “no” hubiera bastado —repliqué, sereno, con la camisa entre los dedos, impregnada de su olor… y de eso que despertaba en mí que no entendía.

Y cuando la puerta del baño se cerró, me quede quieto, sosteniendo la prenda como un idiota, con una certeza clavándose en el pecho: Arianna ocultaba más de lo que admitía y su silencio me dijo demasiado.

En fin… después de dejar a la fiera en Divinas, hice unos cambios en la seguridad de mi mansión: más hombres armados en la entrada, rondas por los alrededores y, por supuesto, reforcé la seguridad en Aurum. No quiero sorpresas, ni un imbécil viniendo a fastidiar mis negocios.

Por fin tengo un respiro. Me sirvo un whisky del bar, el hielo chocando contra el cristal, y apenas doy el primer trago cuando escucho la voz de Milos entrando en mi oficina.

—Dominic, veo que estuviste ocupado —comenta mientras se apoya en el marco de la puerta, brazos cruzados—. Haciendo cambios en Aurum. Pero no está de más que hables con las chicas… ellas escuchan, ven y saben más de los clientes que nosotros mismos.

—Encárgate de eso tú —respondo, dejando el vaso sobre el escritorio con un golpe seco—. Yo necesito irme a descansar.

Milos no se mueve. Me sigue con la mirada, incómodo.

—Antes de que te marches… quería hablarte sobre Arianna. Lo que quedó pendiente.

Me detengo con una ceja alzada.

—¿Qué sucede? ¿Es algo grave?

Él suspira, como si no quisiera ser él quien dijera esto.

—Júzgalo por ti mismo. Hace unos años estuvo relacionada con Lucca Petrovic. Fueron amantes… y socios.

El whisky me arde en la garganta. Mi mandíbula se tensa al punto de doler.

—Me cuesta creer que ese gusano rastrero haya sido algo para Arianna. ¿Estás seguro de eso?

—Lo confirmé con Sergei, nuestro contacto en los Balcanes —responde sin titubear—. Además, dijo que el idiota de Petrovic fue visto en la ciudad hace dos noches. Cerca de Divinas.

Siento un latigazo frío recorrerme la columna.

—¿Qué carajos insinúas?

Milos levanta ambas manos, cauteloso.

—No sé, Dominic… pero el sujeto aparece y te disparan…

La rabia me estalla en el pecho.

Antes de pensarlo, agarro mi arma y salgo disparado de la oficina.

—¿A dónde vas, Dominic? —grita Milos detrás de mí, pero su voz se pierde.

Avanzo entre las mesas como una sombra, sin detenerme. Cruzo la puerta principal y el aire de la noche me golpea de lleno, frío, cortante. No reduzco el paso. Divinas queda cruzando la calle, pero el trayecto me parece eterno.

Atravieso la entrada del club sin pedir permiso. Escaneo todo. Empleados guardando cajas, un par de bailarinas murmurando entre ellas. Están cerrando. No me importa.

Uno de los guardias se adelanta, torpemente.

—Señor, no puede pasar…

—Ni te atrevas a ponerme una mano encima —gruño, apuntándolo con una mirada asesina—. Soy Dominic Todorov… y te voy a volar los sesos si insistes en impedirme ver a tu jefa.

Y entonces escucho su voz.

—Déjalo, Rupert. Ve a ayudar a Petar.

El guardia se aparta de inmediato.

Arianna aparece desde la barra, elegante, fría, como si no hubiera un puto infierno ardiendo alrededor.

—Dominic, ya estamos cerrando —dice con un tono demasiado tranquilo para mi gusto—. Pero por cortesía puedo ofrecerte un trago.

No le doy chance de moverse.

En dos pasos estoy frente a ella con los latidos frenéticos, la rabia burbujeando y la respiración incontrolable. La sujeto del brazo, no fuerte, pero sí lo suficiente para que me mire. Para que me escuche.

—Todo este tiempo supiste quién nos atacó —escupo entre dientes, el pecho subiendo y bajando de pura furia—. ¿Por qué carajos proteges a ese gusano de Petrovic? ¿Todavía te importa?

Arianna me sostiene la mirada. No pestañea. No retrocede. No dice una puta palabra. Solo ese maldito silencio suyo… ese que me desarma, que me saca de quicio, que me deja a la deriva.




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