Divinas Tentaciones

Ecos del pasado (2da. Parte)

El mismo día

Moscú

Viktor

Dicen que el fin justifica los medios, pero nadie te advierte que ese mismo fin puede convertirse en una trampa… o en tu salvación. Porque en el afán de borrar cabos sueltos, uno termina tomando riesgos innecesarios.

En mi caso, Lucca Petrovic era exactamente eso: un sujeto inestable, con hambre de poder, capaz de atacarte sin previo aviso si la ocasión le sonreía. Un riesgo, sí… pero también una alternativa tentadora para atrapar a Novak. Y lo mejor de todo: nada me vincularía a su muerte. Todorov jamás sospecharía lo que estaba por ocurrir en sus propios territorios.

Ahí estaba, en mi oficina, barajando posibilidades sobre la propuesta de Mikael. El humo del habano se elevaba lento mientras yo me recostaba en la silla, observando el techo como si allí fuera a aparecer la solución. Finalmente, mi voz rasgó el silencio.

—No confío en ese animal de Petrovic —murmuré—. Puede traicionarme… pero también podría simplificarlo todo.

Mikael dio un paso adelante, incómodo.

—Jefe, Bogdan no ha tenido resultados. Más bien despertó sospechas entre los hombres de Dominic Todorov después del ataque. Será complicado movernos por Kazanlak sin que nos detecten.

Chasqueé la lengua, molesto. Cierto. Ese par de inútiles hicieron ruido donde debían ser sombras.

Me enderecé en la silla.

—No envíes más hombres.

—¿Dejará todo en manos de Bogdan, entonces?

Negué con calma.

—No. Es hora de utilizar a Tatiana. Es hábil, hermosa… sabrá infiltrarse en ese club, Divinas. Y de paso podrá vigilar a ese perro callejero de Petrovic.

Mikael asintió.

—Enseguida hablo con ella para que viaje a Kazanlak.

—No todavía —lo detuve con un mínimo gesto—. Tráemela primero. Necesito darle instrucciones precisas. Y esta vez —mi voz bajó un tono— no puede haber errores.

El silencio volvió a la oficina, espeso, cargado de humo y expectativas. Sonreí sin mostrar los dientes. Algo estaba a punto de romperse en Kazanlak. Y yo decidiría quién quedaba enterrado entre los escombros. Pero antes debía a llamar a Lucca, mi pieza principal en mi plan para encontrar a Novak y por fin terminar con ese cabo suelto.

Y ahora camino por los muelles. El olor a sal, metal y combustible se mezcla con el viento helado. Reviso por última vez el cargamento, acomodo el abrigo sobre mis hombros y avanzo seguido por mis hombres, que me escoltan como sombras. Saco el celular; lo llevo a mi oído sin dejar de observar el barco.

Uno. Dos. Tres tonos. Nadie contesta. Muerdo la parte interna de mi mejilla y llamo otra vez. Finalmente, su voz rompe la línea.

—¡Viktor Dragomir llamándome! —suena divertido, burlón—. Y presumo que el trabajo debe ser urgente y peligroso.

Giro apenas el cuello, marcando mi irritación.

—Lucca, en nuestro mundo todo es rutina. Lo peligroso es cuando las cosas se salen de control…

—Y tú ya perdiste el control, —responde sin dudar, con una risa seca—. Me llamas para eso, no para recordar viejos tiempos.

Aprieto la mandíbula.

—No te equivoques, Lucca. Nunca pierdo el control de mi imperio. Pero para permanecer arriba, a veces debe haber sangre. Debo eliminar a quien intenta traicionarme.

Escucho cómo toma aire del otro lado, como si saboreara mis palabras.

—Bello discurso inspirador para ocultar que, en realidad, —su tono se vuelve ácido— tienes un maldito gusano apuñalándote por la espalda. La pregunta es cuánto estás dispuesto a pagarme por mi colaboración.

Detengo mi paso. Mis hombres también. El viento golpea el muelle.

—Te corrijo, —digo con calma peligrosa— la pregunta sería si puedes hacer el trabajo sin que te pisen los talones, sin dejar rastros que me involucren… y sin que falles.

—Conoces cómo me muevo, —responde, casi ofendido—. Tendrás un trabajo limpio. ¿A quién debo llenarle el cuerpo de plomo?

—Russell Novak. —Mis dedos tensan el borde del abrigo—. El perro mordió la mano que lo alimentaba. No asesinó al muchacho Palova. Eso es imperdonable.

Lucca suelta una carcajada áspera.

—El imbécil siempre fue débil. Guiado por ese estúpido código: “no mato ni mujeres ni niños”. ¿Qué clase de sicario hace eso?

—Uno que ahora aprenderá que debe pagar su desobediencia con la vida. —Hago una pausa breve—. Tengo un rastro de él. Es posible que esté en Kazanlak, visitando a Arianna Stoica, dueña del club Divinas…

El silencio que sigue no es casual. Es denso. Algo le golpea el ego.

—¿Divinas? —dice, pero esta vez su voz no se burla. Se tensa.

—¿Qué sucede? ¿Acaso no puedes hacer el trabajo? —lo provoco.

—No —responde rápido—. No es eso. —Se aclara la garganta, algo lo incomoda—. Sé quién es Arianna. Y si ella entra en la ecuación… el precio cambia.

Entorno los ojos. Esto ya huele mal.

—Me vas a duplicar tu tarifa, —suelto con ironía—. Dame una cifra y acabamos con esto rápido.

Lucca respira hondo, como si saboreara una victoria.

—Viktor, te entrego a Novak en una bolsa negra —dice al fin—. Pero quiero estar al frente del club Divinas y ocuparme de Arianna personalmente. ¿Tenemos un acuerdo?

Mi corazón late una vez, fuerte. ¿Por qué mierda quiere un simple club? ¿Por qué esa mujer? ¿Por qué perder una pequeña fortuna solo por eso? Algo no cierra. Algo se mueve fuera de mi control. Y eso… eso me inquieta más que la traición de Novak. Falta que este imbécil quiera traicionarme o peor aliarse con Dominic Todorov.




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