Divinas Tentaciones

Un paso más cerca de ti (1era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Arianna

Siempre me había bastado escuchar unas cuantas palabras, leer un gesto, observar quién se acomodaba en mis mesas. Eso era suficiente para saber con qué clase de mafiosos lidiaba y prepararme para cualquier escenario. Pero esta vez… no. La situación había dado un giro demasiado radical. Había sufrido un ataque, en mi propio territorio, y no podía seguir ignorando lo evidente.

Novak se estaba escondiendo de alguien peligroso. De alguien grande. De alguien que no perdonaba.

Claro que también existía una pequeña posibilidad de que fuera un enemigo de Dominic Todorov… pero solo un idiota atacaría al nuevo líder de Kazanlak. Incluso sus enemigos sabían negociar antes de provocar una masacre. Así que volvía al punto inicial: Russell Novak. Ese nombre era un problema. Y era prioridad descubrir qué diablos había hecho para que quisieran cazarlo.

El silencio nos envolvió durante largos segundos, tan denso que podía oír mi propia respiración. Finalmente, su voz rasgó el ambiente.

—Arianna… no pude hacer mi trabajo. —Sus ojos evitaron los míos, apenas un instante—. No pude dispararle a un niño.

La voz le tembló lo justo. Un quiebre mínimo, pero real. Claro que lo escuché.

—Y ahora, por eso, soy considerado un traidor.

Apoyé una mano en la mesa, conteniendo el impulso de sacudirlo.

—Esa no es la respuesta que necesito —le dije con la voz baja, firme—. Necesito el nombre del cabrón que te persigue.

Él soltó un suspiro cansado, como si yo fuera la única persona empecinada en salvarlo de sí mismo.

—No necesitas involucrarte en mis problemas. —Alzó la mirada, resignado—. En dos noches dejaré de ser un problema para ti.

—Russell… —di un paso hacia él, obligándolo a enfrentarme— ya eres un problema para mí. Me atacaron. —La rabia me ardió en la garganta—. Posiblemente sospechen que te ayudé a esconderte, y no se detendrán hasta encontrarte.

—Son conjeturas tuyas —replicó, arrugando la frente—. Quizá buscan al imbécil de tu exnovio… Lucca.

—Pero Lucca no está escondido en mi puto club. —Elevé la voz, cortante—. Tú sí. Y eso me da derecho a saber quién carajos te quiere muerto.

Él apretó la mandíbula. Era una mezcla de orgullo, culpa y esa obstinación suya de proteger a todos menos a sí mismo.

—Es un pez gordo —admitió finalmente—. Peligroso. Y es todo lo que sabrás.

Extendió la mano y tomó la libreta sobre la mesa. Al hacerlo, me lanzó una mirada dudosa, casi… expectante.

—Pero…

—¿Pero qué, Russell? —di un paso más, sintiendo el corazón golpearme el pecho—. ¿No ves que me expones con tu silencio?

Él respiró hondo, como quien se rinde a medias, y extendió la libreta hacia mí.

—Quiero que guardes esto en un lugar seguro. —Su palma rozó la mía—. Si llegara a sucederme algo… no dudes en usarla.

La miré. Negra, pequeña, anodina… y, sin embargo, sentí como si me quemara los dedos.

—¿Qué hay aquí? —pregunté, sosteniéndola con ambas manos.

Sus ojos se endurecieron.

—Un arma sin balas… pero igual o más letal. —Tragó saliva—. Dependiendo de cómo la uses, puede llevarte a la cima… o cinco metros bajo tierra.

Solté una risa seca.

—Detesto tu manera de motivarme para guardar esta información —dije con ironía—. Preferiría un nombre.

—Lo siento —murmuró, bajando la mirada apenas un segundo—. Pero tendrás que conformarte con la libreta.

La libreta pesaba como un cadáver entre mis manos, pero mientras no hubiera más ataques y Russell estuviera fuera de Kazanlak en dos días, dejaría de ser mi problema.

Debía continuar mi rutina como si nada hubiera pasado, como si nada me afectara, para despistar a cualquier enemigo. Y, como cada madrugada, seguía en el club para cerrar.

Pero para mi desconcierto, apareció Dominic como un animal enrabietado exigiendo hablar conmigo. Por un segundo pensé que ya había descubierto que Russell estaba en Divinas y venía a reclamarme con esa manía suya de creerse con derecho a todo. Ni me alteré.

Pero jamás imaginé escuchar semejante disparate: que yo protegía a Lucca.

Y peor aún… verlo celoso. Sí. Celos. Como si fuéramos algo.

Y ahora el silencio nos envuelve, roto solo por su respiración agitada mientras me sostiene del brazo, clavando su mirada en la mía. Levanto una ceja.

—Antes que nada, suéltame. Aprende a ser un caballero por una maldita vez en tu vida.

Se tensa, como si la palabra “caballero” lo ofendiera más que mis insultos, pero a regañadientes afloja el agarre.

—Después dime quién pregunta —escupo—. ¿Dominic el mafioso? ¿Dominic mi salvador? ¿Dominic el hombre?

Él ríe sin humor. Una exhalación rota.

—Qué mierda importa, Arianna —ruge tan cerca que siento el temblor de su voz—. Todos soy yo. Y todos quieren una puta respuesta.

—Jamás protegería a alguien como Lucca Petrovic —le sostengo la mirada—. Tampoco sé quién nos atacó, por si te queda alguna duda…

—¡Mientes! —explota—. Ese cabrón estuvo en Divinas hace unas noches y justo después nos atacan. ¡Casualidad una mierda!

Lo miro cansada, tomo una botella, la destapo, y me sirvo un trago.

—No me ignores, Arianna. —Su voz baja, amenazante, cargada de celos que ni él entiende—. Te estoy hablando. Quiero una respuesta.

Respiro hondo, lo enfrento.

—Me tomó diez años, diez años de batallas y sudor levantar este club. Ganarme el respeto de los jefes de la mafia. Desde entonces defiendo Divinas como si fuera una parte de mi cuerpo. —Me bebo el whisky de un golpe—. No hay más que decirte.

Él aprieta la mandíbula. Se le marca el músculo, duro, feroz. Sus ojos son pura tormenta.

—¿Ese gusano te sigue importando? —escupe, celoso.

—¿Qué es esto? —me acerco un paso, enfrentándolo—. ¿De verdad crees que puedes preguntarme sobre mi vida privada?

—Sí —responde sin dudar—. Sí puedo… después de salvarte la vida.

—No, no puedes —le devuelvo el golpe—. No cuando sigues siendo un patán conmigo.




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