La misma madrugada
Kazanlak
Dominic
Dicen que los impulsos son malos, que nos debilitan, que nos meten en aprietos. Yo digo que a veces es mejor actuar que pensar, más cuando hay un lobo acechándote desde las sombras; si no lo haces, pronto tendrás un pie en la tumba, y lo peor: maldiciéndote por no haber movido un dedo.
Y mis pies me llevaron directo al club de Arianna para exigirle respuestas. Necesitaba escuchar de su boca que no estaba involucrada con Petrovic, que ese gusano no seguía siendo importante para ella. Se trataba de control, de supervivencia y de… algo más que no lograba descifrar. Pero como era de esperarse, no me lo pondría fácil. No había una sola pizca de docilidad en ella, mucho menos temor.
Al contrario: terca, orgullosa, desafiante… esa combinación que siempre me exasperaba y me llevaba al límite. Y aun arrinconándola, aun levantándole la voz, nada. Me ignoró como si fuera cualquier matón de quinta, o uno de sus clientes haciendo un berrinche. Y aun así, me dio parte de su historia, de su pasado. Pero no era suficiente. Yo necesitaba la verdad completa sobre Petrovic.
No sé en qué momento perdí la poca paciencia que me quedaba con la fiera. Solo pasó. Cuando reaccioné, ya estábamos encerrados en una bodega discutiendo. Ella respiraba agitada, su perfume envolviéndome, y en un segundo todo cambió dentro de mí. La vi más hermosa, más sensual, más provocativa con esa pose de fiera acorralada. Y emergió un deseo inexplicable por besarla… tan distinto a la primera vez.
Pero un golpe en la puerta nos interrumpió, congelándolo todo por un instante.
Y aun así sigo prendido de la oscuridad de sus ojos, mi mano en su cintura, mis pensamientos clavados en sus labios. No quiero que me rechace. No quiero un beso robado. Quiero sentir su boca contra la mía.
Dejo de pensar. La pego más a mí con firmeza; su mirada está en ese punto exacto entre la confusión y el desafío. Y me prendo de sus labios con hambre, con urgencia, intentando romperle las defensas, arrancarle, aunque sea un segundo de verdad. Pero no responde.
—¡Diablos, mujer! —gruño sobre su boca, mi voz vibrando contra sus labios—. Deja de pelearme todo.
Su mano golpea mi pecho, no para apartarme, sino a modo de advertencia. Sus ojos arden. Su respiración choca con la mía. Y algo pasa… algo que no esperaba. No me empuja. No se aparta. No huye.
Me mira como si este maldito juego la consumiera tanto como a mí.
—Dominic… —susurra, más un suspiro que una palabra.
Ese sonido me quiebra.
La tomo de la cintura con más fuerza, mi otra mano sube a su nuca y la beso otra vez. Más lento. Más profundo. Dejando que el calor crezca, que la tensión haga lo suyo. Y ella… responde. Primero apenas un roce, un temblor.
Y luego su boca se abre bajo la mía y todo se vuelve fuego. Mi control se hace trizas. Su mano se aferra a mi camisa. La siento respirar, sentir, rendirse por un instante.
Un instante que me pertenece. Un instante que lo cambia todo.
La pego contra la pared de la bodega sin pensarlo, mis labios devorando los suyos, su cuerpo temblando bajo mis manos. Ella protesta entre beso y beso, pero no se aparta, no ahora, no en este segundo en que sé que me quiere tanto como me detesta.
Su boca sabe a rabia, a peligro, a ella.
Y vuelve el maldito golpe en la puerta. Mi respiración se mezcla con la suya, nuestras bocas aún rozándose, nuestros cuerpos pegados. Siento su corazón desbocado contra mi pecho.
—¿Arianna? —la voz de Petar atraviesa la madera, confundido, alerta—. ¿Estás ahí? ¿Ocurre algo?
Arianna se separa apenas, lo justo para respirar. Cierra los ojos un segundo, como si reuniera fuerzas para volver a levantar sus muros.
—Mierda… —murmuro, pasando un pulgar por su labio inferior, hinchado por mis besos.
Ella me mira. Ese brillo en sus ojos no es rabia. No solo. Es algo que ninguno de los dos quiere nombrar.
—No abras —ordeno en voz baja, aún sujetándola de la cintura. Y vuelvo a besarla.
La beso más profundo, más hambriento; mis manos suben por sus muslos. Pero de pronto la puerta se abre de golpe revelando la figura de su empleado.
Ella se aparta en un reflejo y vuelve a ponerse la máscara de la indiferencia.
—La puerta se trabó, Petar —dice, con tono firme, como si nada hubiera pasado—. Dame un segundo.
Mi pecho se hunde, porque sé lo que viene. Se gira hacia mí con esa frialdad que no tenía hace treinta segundos.
—Vete, Dominic —murmura, como si diera una orden inevitable.
No respondo. No puedo con esa mirada fría que me lanza como si el beso jamás hubiera ocurrido.
Petar abre más la puerta. Ella sale primero, sin mirar atrás. Yo me quedo allí, en la penumbra de la bodega, respirando su perfume, con la sangre aún en llamas y el alma hecha un desastre.
Sin saber si puedo tenerla. Sin saber si debo alejarme. Sin saber qué demonios me hizo. Pero sabiendo una cosa: Ese beso no fue un error. Y ninguno de los dos podrá fingir que no pasó.
Al día siguiente
Tenía demasiadas cosas en la cabeza desde el ataque hasta ese beso con Arianna que no pude dormir a pierna suelta, pero por experiencia propia sé que aun la amenaza sigue afuera, y en cualquier momento habrá otro tiroteo igual o más grave que el anterior.
Por eso luego de organizar los cargamentos de droga, vine al club a revisar que todo estuviera en orden, cuando aparece Milos mientras me acomodo mi chaqueta.
—¿Vas a salir de nuevo? —pregunta mientras me observa de arriba abajo.
Exhalo por la nariz, ajusto los puños de la camisa.
—Voy a ver a Arianna, ¿por qué?
Él sonríe como si supiera demasiado.
—Por nada. Pero me entretiene verte queriendo domar a la fiera… —alza una ceja—. Y claro, tengo curiosidad por saber lo que ocurrió entre ustedes-
Me tenso. Él lo nota.
—Milos —le gruño—. En vez de estar de curioso, dedícate a hacer tu trabajo. Todavía no me explicaste qué pasó con ese tal Novak.
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Editado: 18.10.2026