El mismo día
Kazanlak
Arianna
Hubo una época en la que las palabras, los besos y las miradas bastaban para acelerar mis latidos. Pero los golpes me endurecieron; me obligaron a levantar barreras y a encerrarme detrás de un muro que nadie pudiera atravesar. No es que dejara de sentir, no… simplemente aprendí a pensar mil veces antes de permitir que alguien se colara en mi vida. Tomé distancia. Era la única manera de no romperme otra vez.
Sin embargo, desde que me crucé con Dominic Todorov, todo eso empezó a tambalear. Fue un choque frontal que alteró mi equilibrio. Ese hombre tenía la irritante capacidad de enfurecerme y, al mismo tiempo, descolocarme con cada gesto suyo. Y si eso ya era demasiado, haberme arrastrado a la bodega en la madrugada me dejó demasiado cerca de él, demasiado expuesta.
Ese beso… por más que quise resistirme, no pude. Perdí la voluntad en cuanto sus labios rozaron los míos. Fue deseo, sí, y también rabia conmigo misma por sucumbir. Pero había algo más, algo que no supe encasillar, algo que me aterraba y me envolvía al mismo tiempo, obligándome a seguir presa de su boca.
Aunque no estaba lista para admitir nada. No podía hacerlo. No cuando ni siquiera sabía qué había sido ese beso para Dominic. ¿Solo deseo? ¿Su maldita manía de querer doblegarme? ¿Un error conveniente?
Así que cuando Petar abrió la puerta de la bodega, aproveché para escapar. Sin mirar atrás. Necesitaba aire. Distancia. Control.
Claro que Petar no tardó en abrir la boca apenas pude ir a la oficina por mi bolso. Sus ojos decían más de lo que debía.
—Ya se fue tu… novio.
—Dominic no es mi novio —respondí de inmediato, antes de que pudiera hilar otro pensamiento—. Tampoco existe nada entre nosotros.
—Arianna, ¿en serio lo vas a negar después de lo que vi? —insistió con una mezcla de desconcierto y terquedad.
—No sé qué pensaste que viste.
—Te salvó la vida, te llevó a su refugio… y ahora los vi besándose. Si eso no es tener una relación, no sé qué es.
Respiré hondo, odiando que mi voz temblara un poco.
—Petar, no existe nada… entre él y yo. O, mejor dicho, sí existe algo: quiere controlar Divinas, quiere más poder, más peso en todo lo que ocurre en su territorio. Por eso me ayudó. No hay otros motivos.
Pero Petar no se tragó esa mentira disfrazada de excusa.
—Yo vi otra cosa en sus ojos cuando saliste de la bodega —replicó con firmeza—. Le interesas, Arianna. Le interesas como mujer… no para dominarte.
Me tensé. Sentí ese golpe justo donde más dolía.
—No sigas, Petar —corté con un hilo de voz que obligué a sonar firme—. En el mundo en el que vivimos, tener corazón no es bueno. Se paga un precio muy alto por olvidarlo.
Aclaré la garganta, aparté la mirada y cambié el tema para retomar el control.
—Ahora, por favor, concéntrate en contratar nuevas bailarinas y meseras. Debes cubrir la ausencia de las chicas que se marcharon.
Me quedé un instante sola, con el bolso en la mano y la respiración temblando. El sabor de los besos de Dominic seguía en mis labios… y lo odiaba. Lo odiaba porque me hacía sentir viva. Y vulnerable.
A todo esto, apenas salió el sol, regresé al club. Necesitaba mantener mi mente ocupada, no seguir como una idiota recordando ese beso. Pero en cuanto abrí la puerta escuché detrás de mí la voz que menos quería oír.
—¡Tan temprano en el trabajo! Mejor desayunamos juntos —dijo Lucca, sonriendo como si todavía tuviera derecho a algo.
Apreté la mandíbula antes de girar.
—No me interesa comenzar el día viendo buitres. Puedes marcharte por donde viniste.
—Arianna, no seas cruel. Acompáñame a tomar un café… por los viejos tiempos.
—¿Cruel yo? —reí sin humor—. Nada de lo que pueda hacerte se compara con tu traición. Y ahora tengo que ocuparme del club.
—No me muevo de aquí hasta que me escuches.
—Perfecto —respondí con ironía—. Echarás raíces ahí parado.
Vi cómo su mirada pasaba del reproche a la rabia contenida. No tenía intención de perder mi tiempo con él. Además, su sola presencia en el club era un riesgo: podía cruzarse con Russell, y eso sería desastroso. Esperaba que captara el mensaje y se marchara.
Error.
El desgraciado no sé cómo ingresó al club, pero lo inquietante fue verlo exigiéndome echar a Dominic de Divinas, como si se le olvidara que ya no éramos socios… ni mucho menos algo mío.
Y ahora estoy pensando cómo darle un buen escarmiento por su escenita patética. El silencio se vuelve tan denso que casi puedo sentirlo presionándome el pecho. Dominic lo fulmina con una mirada que podría abrirle la frente de un solo parpadeo. Lucca, en cambio, sostiene esa sonrisa burlona y victoriosa que siempre me repugna, la misma que usaba cada vez que creía tenerme bajo su bota.
Respiro hondo. Siento la sangre caliente subir por mis brazos. Y finalmente, dejo escapar mi voz en medio de la tensión:
—Lucca, ¿por qué echaría a Dominic?
Mi tono es firme, cortante. Doy un paso hacia él, despacio, marcando territorio, dejando claro que este suelo es mío, no suyo.
—Lo estaba esperando —añado sin temblar, y en ese instante tomo a Dominic del brazo.
Él se tensa bajo mi mano. Lo siento, lo veo por el rabillo del ojo. Levanta la mirada hacia mí, buscándome, como si intentara descifrar en qué diablos estoy pensando o qué juego acabo de comenzar.
—¿Nos vamos, Dominic? —pregunto con una sonrisa que apenas contengo—. ¿Me llevas a ese lugar que mencionaste el otro día?
Él no responde. Solo asiente. Ese gesto seguro… y al mismo tiempo sorprendido… dice más que mil palabras.
—Cierto, Lucca —añado sin volver a mirarlo—. Espero no volver a verte por mi club. Adiós.
Me giro y camino hacia la salida con Dominic a mi lado. Cruzamos la puerta y el aire frío me golpea el rostro, despejándome, como si arrastrara el olor de Lucca lejos de mí.
Hago un barrido rápido alrededor hasta que encuentro el auto de Dominic.
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Editado: 18.10.2026