El mismo día
Kazanlak
Dominic
Actuar cegado por la rabia y la frustración siempre había sido una mezcla explosiva y peligrosa para mí, pero nunca me detuve. No me importaba nada. Sin embargo, el escenario empeoró… o más bien estuvo a un segundo de estallar, de hacerme perder la cabeza, porque resultó irritante—humillante—encontrarme con la presencia de ese gusano traidor de Lucca Petrovic en el Divinas.
Y si eso no era ya suficiente, lo que disparó mis ganas de aplastarlo fue su comentario sobre Arianna: «Aléjate de mi mujer».
Fue un golpe directo a mi orgullo. Me sentí un imbécil. Celoso. Furioso. Negado a aceptar que ese parásito hubiera sido algo suyo. Ella había remarcado que el club era importante, que jamás protegería a un sujeto tan ruin como Petrovic… y aun así, yo no estaba seguro de que no cediera ante sus exigencias.
En otro momento de mi vida no hubiera sido tan civilizado. Le habría disparado ahí mismo por desafiarme. Pero ella… Arianna me frenaba. Me contenía. O peor aún, me volvía un idiota que necesitaba escuchar de sus labios que él no hablaba en su nombre.
Y, en un giro extraño, Arianna me sorprendió. Lo calló. Lo humilló. Con un gesto seco le dejó claro que no era nadie para darle órdenes. Me tomó del brazo y pidió marcharnos. Por un segundo me quedé confundido, intentando entender qué demonios le ocurría… pero solo ella podía descolocarme así.
Un rato después, con las manos en el volante, me descubrí recordando la escena con una sonrisa absurda. Tal vez halagado. Tal vez feliz. Tal vez asustado por lo que ella desataba en mí… algo que todavía no entendía o no quería admitir. Pero lo que sí tenía clarísimo era el riesgo de que Petrovic se acercara a Arianna. Ese sujeto era sinónimo de traición, de caos, y nadie en su sano juicio permitiría que pusiera un pie en su territorio.
Se lo dije. Le ofrecí ayuda, protegerla, mantenerlo lejos. Pero su terquedad era un muro inquebrantable. Aun así, ella logró arrinconarme con sus preguntas directas.
Y ahora el silencio se estira dentro del auto. Tal vez soy incapaz de aceptar que el beso sigue retumbando en mi cabeza, que me tiene el alma hecha un desastre.
Arianna no aparta la mirada de la mía. La sostiene. La desafía. Su pecho sube y baja lento, como si contuviera más palabras de las que quiere admitir. Suelto una mueca involuntaria antes de romper el aire.
—Arianna… lo que sucede es que tus asuntos también son los míos —murmuro grave, la voz baja, tensa—. Tengo que saber lo que ocurre en mis territorios… —miento sin vergüenza—. Es como tú dices.
Ella frunce el ceño, ladea apenas la cabeza, inquisitiva, como si intentara leerme por dentro.
—No es control, por más que lo repitas —revira con esa frialdad que corta—. Es otra cosa. Como lo fue el beso.
El corazón me da un maldito vuelco. Entorno los ojos, fingiendo confusión.
—¿El beso? —susurro, con una ironía suave—. ¿Cuál de los dos? ¿El que me devolviste… o el que te robé?
Arianna deja escapar un gruñido frustrado, harta, clavándose las uñas en la palma.
—¡Mierda, Dominic! ¿Por qué es tan difícil hablar contigo?
Su voz vibra entre rabia y algo más peligroso. Me inclino sin pensarlo. Le tomo la barbilla con firmeza, obligándola a enfrentarme.
—Yo no sirvo para esto, Arianna —confieso en un hilo ronco—. No sé cómo… —trago saliva, la mirada fija en su boca—. No sé cómo decirlo sin—
El celular vibra como un tiro en la sien. Los dos damos un pequeño sobresalto.
Arianna cierra los ojos un segundo, molesta.
—Tu celular está sonando —exhala, dura—. Parece importante.
La suelto a regañadientes. Todavía siento la tensión en mis dedos. Busco el teléfono. Apenas veo el nombre, algo se tensa dentro de mí.
Milos. Y él jamás llama sin motivo de peso.
—Dime, Milos —respondo, apretando la mandíbula—. ¿Qué sucede?
Escucho su respiración rápida, ruido de fondo, pasos, voces.
—Dominic, tienes que venir de inmediato —su voz tiembla de urgencia—. Hay caos en Divinas. Encontraron a un hombre muerto… creo que es Russell Novak.
Parpadeo, incrédulo.
—¿Qué? ¿Estás seguro?
—Lo escuché de una de las bailarinas. Estoy entrando al club ahora, voy a confirmar—
Ruido, gritos, la línea se llena de movimiento. Mi cuerpo se tensa como un cable a punto de romperse. Arianna me mira, pálida, firme.
—¿Malas noticias?
No respondo. Enciendo el motor sin pensarlo. Ella sigue mirándome, como si ya supiera que algo terrible está a punto de alcanzarnos.
Unos minutos más tarde
Divinas está sumido en un caos contenido. Bailarinas con el maquillaje corrido, empleados tensos en la entrada, luces que parpadean como si vibraran con el pánico. Apenas cruzamos la puerta, el olor metálico a sangre se me incrusta en la garganta.
Arianna camina delante de mí, rígida, cada paso más lento que el anterior. Su hombre de confianza, Petar, nos espera frente a una pequeña habitación.
—Está ahí dentro —dice con voz trágica—. Ya confirmamos su identidad.
Arianna empuja la puerta antes de que pueda detenerla. El tiempo se detiene.
Russell yace en el suelo, cubierto de sangre, con el cuello abierto de lado a lado. El charco oscuro lo rodea como un lago inmóvil. La habitación es sofocante, un ataúd sin tapa.
Arianna se queda petrificada. No respira. No pestañea. Pero no se quiebra. No se permite una lágrima.
Se gira hacia mí. Sus ojos están abiertos de más, sus manos tiemblan apenas. Fuerte… pero rota por dentro. Orgullosa… y aun así herida.
—Dominic… —susurra, la voz hecha trizas—. Esto… esto no puede estar pasando.
Me acerco, bajo la voz.
—No puedes tener el club abierto —digo con firmeza—. No después de esto. Y menos puedes pretender que me mantenga al margen, Arianna.
Ella aprieta la mandíbula. Se traga el dolor, el miedo, la rabia. No retrocede. No pide ayuda. No lo hará, no se lo permite su maldito orgullo.
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Editado: 18.10.2026