La misma tarde
Kazanlak
Arianna
Quizás durante demasiado tiempo me había acostumbrado a valerme por mí misma, a resolver mis problemas sin ayuda, a no depender de nadie. Y estaba bien. No diré que fuera fácil, pero aprendí a golpes que debía salir sola adelante. Por eso me resultaba tan difícil aceptar la ayuda de Dominic. Tal vez era una mezcla de orgullo y desconfianza… también un poco de miedo a su cercanía.
Porque ese hombre, con todas sus facetas —cavernícola, controlador, dominante, celoso— se estaba colando en mi vida sin permiso, sin aviso, sin cuidado. Y eso me descolocaba. Me asustaba demasiado. Era como si buscara una sola grieta para colarse hasta lo más hondo.
Y yo… yo solo necesitaba una pista. Una. De que le importaba no Arianna, la dueña de Divinas, sino Arianna, la mujer, esa que mantenía dormida en un rincón para que nadie la volviera a lastimar.
Aun así, tener una charla sincera con él era casi imposible. Siempre decía algo que encendía mi rabia, que me hacía querer estrangularlo. Hasta que, por un instante, vi algo en sus ojos que me paralizó. Algo que me hizo tragar saliva. No era deseo. No era control. Era… otra cosa. Algo que él, en toda su torpeza emocional, intentaba poner en palabras.
Pero el destino tenía tendencia a burlarse de mí. Una llamada rompió el aire, quebró la burbuja que apenas estábamos formando. Y fue el preludio de una tragedia. No lo dijo… no hizo falta. Lo vi en la forma en que se tensó, en cómo su respiración se volvió dura, en el silencio espeso que ocupó el auto. Ese silencio que siempre anunciaba problemas.
Aun así, no pude callarme mientras él conducía como si no existiera mañana.
—¿Puedo saber cuál es la urgencia para conducir con tanta prisa? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
Él se tensó más, los nudillos blancos sobre el volante, pero no respondió.
—Dominic, si tienes algún problema con tus hombres o tus negocios, lo entiendo. Detén el auto y yo me regreso por mi cuenta.
Su respuesta fue un latigazo.
—No, Arianna. Regresas conmigo.
Y en ese instante entendí que era algo grave. Muy grave. Pero no imaginaba hasta qué punto yo estaba implicada… hasta que el auto se detuvo frente a la fachada de Divinas.
La seguridad bloqueaba la entrada; los clientes eran enviados afuera; algunas de las chicas lloraban en un rincón, abrazándose los brazos. No entendía nada. Pero Dominic sí. Y lo dijo incluso antes de bajarse del auto.
—Arianna… esta era la urgencia. Milos me informó que encontraron a un hombre muerto en una bodega.
Tragué saliva. Un frío punzante me subió por la espalda.
—¿Un hombre muerto en Divinas? —susurré.
—Sí. Todo indicaría que se trata de Russell Novak… pero podría ser otro sujeto.
Cerré los ojos un segundo mientras el corazón me golpeaba el pecho como si quisiera escaparse. Necesitaba comprobarlo con mis propios ojos. Su muerte significaría que tenía un traidor cerca… demasiado cerca.
Me quedé paralizada al ver el cuerpo ensangrentado de Russell. La garganta se me cerró. Un vacío extraño, frío, me recorría. Sentía impotencia y dolor. Pese a todo, compartimos recuerdos, charlas sinceras… algo parecido a la amistad. Pero en medio de ese caos de sentimientos escuché a Dominic firme, terco y sin espacio para negarme a recibir su ayuda, como si necesitará protegerme para estar tranquilo.
Y ahora respiro hondo. Me obligo a moverme. Me agacho despacio junto al cuerpo. El olor a sangre me quema la nariz. Miro su rostro inmóvil, pálido. Y finalmente, mi voz corta el aire, firme aunque se me quiebre por dentro.
—Petar, ocúpate de darle cristiana sepultura. —Giro la cabeza hacia la puerta y allí está Dominic, observándome—. Russell merece una tumba.
—Arianna, deja que mi gente se encargue del asunto —interviene Dominic, la voz grave—. También evitemos cualquier intervención de la policía.
Me incorporo, el cuerpo rígido, el temblor en mis piernas traicionándome.
—Puedo encargarme del tema —replico, intentando mantener la voz firme—. No te necesito, Dominic.
Él gruñe, dando un paso hacia mí.
—Deja la terquedad, mujer. No estás en condiciones de seguir en el club. Y menos de lidiar con la muerte de tu amigo.
—Dominic tiene razón, Arianna —agrega Petar.
Lo fulmino con la mirada.
—Soy la dueña del club —escarpo— y no me voy de aquí hasta que—
Una punzada me atraviesa el pecho. La visión me tiembla. Me tambaleo. Petar se adelanta y me sujeta por la cintura antes de que caiga. Y Dominic… Dominic no aparta la mirada de mí. Ni un segundo.
Unas horas más tarde
Abro los ojos con un sobresalto, desorientada, la garganta reseca, el pulso todavía acelerado. Estoy en mi cama. Mi cama. Parpadeo varias veces, tratando de ordenar mis recuerdos: el club, Dominique frente a mí, su mirada fría, mi mareo… y luego todo se volvió un túnel negro que me tragó sin avisar.
Me incorporo despacio. El cuarto está en penumbra. Al moverme, escucho un leve ruido proveniente de la cocina. Me quedo quieta, conteniendo la respiración. Nada. Solo el latido insistente en mis sienes.
Deslizo las piernas fuera de la cama. Camino despacio por el pasillo, aún aturdida, apoyando una mano en la pared para no perder el equilibrio. Cuando asomo la cabeza hacia la cocina, me quedo petrificada.
Dominic está ahí. En mi cocina. Como si fuera suya. Se mueve con soltura, abriendo cajones como si conociera cada uno desde siempre.
—¿Qué carajos haces aquí? —mi voz sale rasposa, mezclada con susto y rabia.
Él gira apenas el rostro. Sus ojos me recorren rápido, evaluándome, como si estuviera comprobando que sigo viva.
—Arianna —dice con esa calma suya que a veces parece una provocación—. Ya despertaste. Y tienes algo de color, eso es bueno.
Me extiende una taza humeante. Té. No me muevo ni un centímetro.
—¿Quién te dijo que podías estar en mi casa? —escupo, cruzándome de brazos.
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Editado: 18.10.2026