Divinas Tentaciones

Lo que estalla en silencio (3era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Dominic

Proteger había sido una obligación desde muy joven. Mi manera de mantener a salvo a quienes me rodeaban. Aun así, fallé con Natasha… y ese error me persigue hasta hoy. Ese recuerdo es la razón por la que nunca bajo la guardia. Es parte de mi ocupación, sí, pero también parte de mi condena.

Y, sin embargo, desde el ataque… algo cambió. O tal vez era una estupidez.

Arianna se volvió importante. No sé en qué momento ocurrió, pero me interesaba su seguridad más de lo que debería.

Aunque claro… su orgullo, su terquedad y su desconfianza siempre tenían que aparecer primero. Se negó a mi protección, no comprendía la dimensión del asesinato de Novak… o estaba demasiado cegaba por la rabia y el dolor para ver que aún corría peligro.

Fingió que nada la afectaba. Como si la muerte fuera rutina para ella. Se armó de valor para dar un par de órdenes y— Su cuerpo simplemente cedió. Se desplomó.

Yo reaccioné al instante.

En la bodega, Petar la sostenía por la cintura con torpeza, intentando evitar que golpeara el suelo. La acomodó despacio, con cuidado. Arianna permanecía inconsciente, pálida, respirando entrecortado.

—Solo sufrió un desmayo por el estrés —argumentó Petar con voz inquieta, pasando una mano por su nuca—. Eso es todo.

Me arrodillé a su lado.

—No voy a correr riesgos, Petar —sentencié—. Necesita un médico.

Él abrió la boca para responder, pero levanté una mano y lo corté.

—Habla con Milos. Que se encargue de poner orden en el club. Muevan el cuerpo de Novak. Refuercen la seguridad. Nadie entra ni sale sin mi autorización —solté sin apartar la vista de Arianna.

Petar tragó saliva.

—Dominic… seguiré las instrucciones de Arianna al pie de la letra. Pero hay que enterrar el cuerpo de Novak sin que la policía meta las narices.

Alcé la mirada hacia él, helado.

—¿Qué te preocupa realmente? —pregunté con la voz baja, peligrosa—. ¿Otro ataque? ¿Sabes quién pudo haberlo matado?

Petar bajó la mirada por un segundo.

—Claro que estoy preocupado —contestó con sinceridad—. Nunca nadie se había atrevido a disparar dentro de Divinas… y ahora esto. —Su mirada buscó la mía—. Pero…

—Pero sospechas de alguien —completé, cortante.

Él respiró hondo.

—Hay muchos nombres barajándose. Al final, Russell era un sicario. Tenía enemigos de sobra.

Apreté la mandíbula.

—Un motivo más para cuidar a esta mujer terca —murmuré mientras me inclinaba y la levantaba en brazos—. No pienso dejarla sola.

Petar dio un paso, bloqueándome la salida.

—Espera, Dominic… ¿a dónde la llevarás?

—A mi casa —respondí sin dudar—. Luego llamaré a un doctor para que la revise.

—Se va a poner furiosa cuando despierte —replicó en un susurro—. Mejor llévala a su casa. Tengo una copia de las llaves.

Lo miré un segundo. Tenía razón en algo: Arianna me partiría la cara si despertaba en mi cama sin su consentimiento.

Asentí, apenas, sin discutirlo.

Caminé con ella en brazos a través del club. Las mesas, el olor a alcohol y sangre… nada de eso importaba. Lo único que importaba era el peso cálido de su cuerpo contra el mío y su respiración, irregular pero presente.

Empujé la puerta del club con el hombro. Y me prometí, muy en silencio, que nadie más la tocaría. Nadie más volvería a ponerla en peligro.

Lo cierto fue que, apenas llegué a su casa, la acomodé en su cama con cuidado. Un rato después apareció Milos con el doctor para revisarla, pero mientras ella seguía inconsciente, mi mente no dejaba de girar alrededor del asesinato de Novak.

—Dominic, no creo que sea nada grave lo que tenga la fiera —murmuró Milos desde un rincón de la habitación—. Más te vale enfocarte en encontrar al culpable de la muerte de Novak.

—¿Qué escuchaste en el club? ¿Averiguaste algo? —pregunté sin apartar la vista de ella.

—Las bailarinas dicen que Novak traicionó a un policía… mal reparto de dinero. Otros empleados juran que fue un marido celoso. Y los clientes aseguran que su cabeza tenía precio, quizá por orden de un líder de la mafia.

—¿Y qué no me estás diciendo? —lo corté.

Milos soltó el aire.

—Se dice que fue Petrovic. Para cobrar la recompensa. Pero ya sabes… solo son rumores.

Chasqueé la lengua mientras sacaba un cigarrillo de la chaqueta.

—Cuando se trata de esa basura de Petrovic, no existen los rumores. Solo peligro merodeando. Además, ningún jefe de la mafia se atrevería a faltarme el respeto asesinando en mis territorios. Si lo hizo, fue porque Russell sabía demasiado… o porque quiere una guerra conmigo.

Milos me sostuvo la mirada.

—Eso deberías preguntárselo a la fiera cuando despierte. Tal vez Novak le dijo algo.

Había algo de razón en sus palabras. Aun así, me quedé en la casa de Arianna aguardando a que despertara más calmada. Error. Porque apenas me vio en la cocina, parecía una fiera enjaulada. Mostrando los dientes por ser amable, por preocuparme por ella.

Y debo ser el mayor imbécil del mundo por no poner en palabras lo que me sucede con ella. Por no abrirle mi corazón. Y ahora quiero abrazarla, besarla, perderme en ella… pero aunque suene extraño, no quiero a esta Arianna vulnerable. No así. No con su cabeza hecha un caos.

Bajo la mano, molesto conmigo mismo, y retrocedo un paso.

—Tu silencio me basta. Te cuidaré —carraspeo y esbozo una sonrisa burlona—. Eso sí, necesito una ducha caliente…

—Creo que ya conoces el camino —revira con un tono sarcástico—. Te diste el trabajo de instalarte en mi casa.

—Te corrijo, me falta probar el colchón de tu cama —me inclino apenas, embriagándome de su perfume—. ¿Lo hacemos juntos?

Suelta una carcajada sin humor.

—Sigue soñando —escupe, dándose la vuelta—. Y por tu bien, ni te atrevas a cruzar la puerta de mi habitación o no respondo.

—Me recibirás con unos besos ardientes, caricias fogosas y más… —la provoco.




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