El mismo día
Kazanlak
Viktor
En mi experiencia, nadie rechazaba una suma tentadora para quedarse con migajas. Siempre había un motivo oculto detrás de semejante estupidez: más dinero… o un ajuste de cuentas. Y cuando en la ecuación entraba una mujer, el asunto se volvía aún más sucio.
Lucca Petrovic había pedido un precio ridículo para encargarse de Russell Novak, pero quiso agregar una condición inesperada: quedarse con el club Divinas y ocuparse de Arianna Stoica. Eso sí era desconcertante. Esa serpiente jamás perdería la oportunidad de llenarse los bolsillos a costa mía.
¿Qué tenía ese club de especial? ¿Quién diablos era Arianna Stoica? ¿Una amante, una deuda, un capricho? No importaba. Lo urgente era eliminar a Novak.
Mientras evaluaba su pedido, podía escuchar a través de la línea el golpeteo impaciente de sus dedos. Estaba nervioso; los débiles siempre son ruidosos. Finalmente, respondí.
—Lucca, tu precio es irrisorio —murmuré con frialdad—. Dudo que quieras conquistar a esa mujer. Tal vez domarla, humillarla, destruirla… incluso ponerle una bala en la sien. Pero aun así estás cobrando poco.
—Viktor, ¿te interesa que me ocupe de Russell o no? —escupió con voz amarga.
—Aquí el asunto es otro. Te necesito concentrado. Comprometido. Novak no es un matón cualquiera.
—Y yo no soy un novato —replicó, arrogante.
—Cierto —admití—. Pero quieres quedarte al frente de Divinas. En Kazanlak. Territorio de Dominic Todorov. Y eso implica una guerra abierta con él.
Lucca soltó una risa seca.
—No parece que te preocupe fastidiar a Todorov. Además, como tú vives repitiendo: un nombre, un precio y asunto cerrado.
—En esta ocasión no aplica esa regla —ataqué, cortante—. Ya cometí un error con Russell una vez. Cometerlo dos veces sería estupidez. Habla, o busco a otro para el trabajo.
Hubo un silencio breve, luego su respiración cargada de resentimiento.
—De acuerdo. Mi relación con Arianna no terminó bien. Me echó a patadas de su vida… y quiero vengarme. ¿Contento?
Patético. Pero sabía que no sacaría más. Por ahora debía ser práctico.
—Todavía no —repliqué—. Pero necesito el trabajo hecho. Llámame cuando lo hagas y te ayudaré a quedarte con el club.
Colgué. La sensación era frustrante: Russell Novak comenzaba a complicarme la vida. Y eso jamás era aceptable.
Caminé por el muelle mientras buscaba un cigarrillo en el abrigo. Lo encendí justo cuando Mikael apareció.
—Deja lo que estés haciendo, Mikael —ordené, expulsando el humo—. Investiga a Arianna Stoica. Quiero saberlo todo. Su pasado, sus amistades… y qué carajos ocurre en ese puto club.
—Sí, jefe. Hablaré con nuestros contactos en Bélgica ahora mismo. ¿Algo más?
—Informa a Tatiana. Quiero reportes cada hora. Y dile a Bogdan que lo necesito en Moscú. Ya.
Mikael frunció el ceño.
—Bogdan se pondrá furioso si lo hace regresar…
—Que se pudra —dije, dando otra calada, frío como el acero—. Tuvo su oportunidad y la arruinó.
Bogdan ya había perdido el factor sorpresa. Llamó demasiada atención. Se volvió torpe. Y la torpeza, en mi mundo, se pagaba con sangre. Ahora solo estorbaba. Complicaba las cosas. Ponía en riesgo lo único que importaba: eliminar a Russell Novak sin dejar rastros
Los días pasaron y no llegaba nada desde Kazanlak. Ni un mensaje. Ni una maldita llamada. La impaciencia empezaba a rasparme los nervios. Faltaba que alguno de esos idiotas estuviera conspirando a mis espaldas… entregándole mi cabeza al imbécil de Dominic.
Y en este instante observo la nieve caer tras el ventanal mientras uno de mis hombres enumera cifras y rutas. No lo miro. No hace falta.
—Los dos embarques a Madrid ya fueron despachados —informa—. Llegó un lote nuevo de mujeres. ¿Las enviamos a San Petersburgo o…?
—¿Hay vírgenes? —lo corto, sin rodeos, expulsando el humo lentamente.
Hay un segundo de silencio incómodo.
—Sí. Seis. Jóvenes, buen porte. Podemos abrir la subasta con una cifra de cinco números.
—Organízalo para mañana por la noche —ordeno—. Sin errores.
Asiente. Sabe que no necesita decir nada más, pero de repente la puerta del despacho se abre sin permiso.
Bogdan entra. El abrigo aún cubierto de nieve. La mandíbula tensa. Los ojos encendidos.
—Dejaste al gusano de Lucca al frente —escupe—. ¿Por qué?
No me giro. Apago el cigarrillo con lentitud, aplastándolo hasta que no queda brasa.
—Cierra la boca, Bogdan —digo sin mirarlo—. ¿Acaso no sabes con quien estás hablando?
Él avanza un paso. Demasiado cerca.
—Ese cabrón no es de fiar. Siempre juega para sí mismo. ¿Desde cuándo confías en gente así?
Ahora sí lo miro. Despacio. Frío.
—No confío —respondo—. Lo utilizo para mis propósitos.
Bogdan aprieta los puños.
—Vas a provocar una guerra innecesaria. Todorov no es cualquier idiota.
Me incorporo. Quedamos frente a frente.
—Justamente por eso —murmuro—. Porque no es cualquier idiota, por eso necesitaba a Lucca.
El silencio se espesa entre nosotros.
—Lárgate, déjame solo —ordeno—. Antes de que olvide que todavía me eres útil.
Bogdan me sostiene la mirada un segundo más, pero el sonido del celular nos interrumpe. Miro en la pantalla el nombre de Tatiana.
Contesto.
—Habla —digo.
—Hola, Viktor —responde—. Depende del contexto… tengo buenas y malas noticias.
Escucho el eco de sus tacos al caminar. Está nerviosa. Eso me dice más que sus palabras.
—El mercenario que enviaste cumplió. Russell Novak está muerto.
Sonrío apenas.
—Entonces, ¿cuál es el problema? —pregunto, con la voz baja—. ¿Qué hizo mal ese perro?
Tatiana suspira.
—Lo degolló en Divinas. No ocultó el cuerpo. No limpió la escena.
Aprieto la mandíbula.
—Todorov creerá que fue una pelea entre matones —digo—. No hay motivo para alarmarse.
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Editado: 18.10.2026