El mismo día
Kazanlak
Arianna
Supongo que necesitaba más de Dominic, no me bastaba ese deseo suyo de cuidarme, sino el motivo o mejor dicho sinceridad por una puta vez en la vida, pero pedía imposibles. Estaba visto que ese hombre era incapaz de hablar con el corazón en la mano, de dejar de levantar esa coraza que se ponía de hombre rudo.
Aunque por un segundo me dio la impresión que lo haría. Lo vi en sus ojos. Y después no. Volvió a encerrarse. A provocar. A esquivar. La frustración me ardió en el pecho, pero no exploté. No tenía fuerzas para discutir con él. No esa noche. No después del asesinato de Russell. No después de recordar su garganta abierta, su sangre, sus últimas palabras…
Me encerré en la habitación con la intención de dormir, pero no lo hice enseguida. Pensé en Russell, en lo que sabía, en la libreta que dejó y en Dominic. Hasta que el cansancio me venció.
Sin embargo, el timbre me despertó de golpe, entonces me incorporé apenas en la cama, con el corazón acelerado. Me deslicé fuera de las sábanas y avance descalza por el pasillo, entonces escuché las voces de Dominic y Lucca.
Y ahora tengo pegado el cuerpo a la pared, contengo la respiración. Me siento ridícula, espiando en mi propia casa, pero no me muevo.
—Arianna no se mezclaría con un salvaje como tú —escupe Lucca—. No es una de esas putas que frecuentas.
El aire se me queda atrapado en el pecho.
—Para tu desgracia, imbécil —responde Dominic, bajo, peligroso—, Arianna es mi novia. Mi mujer. Y si vuelves a buscarla, te rompo la cara.
Dominic ha dicho que soy su novia, su mujer. Siento calor en las mejillas. El estómago me da un vuelco absurdo. Me siento como una adolescente suspirando por su primer novio.
—Atrévete, cabrón —provoca Lucca—. No me voy de aquí sin verla.
—Petrovic, no vas a molestar a mi mujer.
Asomo apenas la cabeza. Veo de perfil a Dominic. Los puños cerrados. El cuerpo tenso, listo para golpear. Nunca lo vi así por mí. Por nadie.
—Por esta vez me voy, Todorov —gruñe Lucca, señalándolo—. No creas que ganaste.
La puerta se cierra de un golpe.
Me pego otra vez a la pared. El corazón me late tan fuerte que temo que Dominic lo escuche. Corro de vuelta a la habitación, me meto en la cama, me cubro hasta el cuello.
Uno, dos, tres, cuatro y la perilla gira. Cierro los ojos justo a tiempo.
Lo siento antes de escucharlo. Su peso al sentarse en el borde de la cama. El colchón cede. Su mano acomoda la sábana con una delicadeza que me desarma.
—Soy un imbécil —murmura—. Le grito a Petrovic que eres mía… y no soy capaz de decírtelo a ti.
Trago saliva sin moverme.
—¿Cuándo te volviste tan importante, Arianna? —susurra—. ¿Fue el beso? ¿El baile?
Suspira hondo. Lo siento en mi piel.
—Duerme, mi fiera.
Se levanta. Sus pasos se alejan. Yo me quedo inmóvil, con los ojos cerrados y los latidos disparados al infinito.
Un rato más tarde
Decido salir como si no hubiera escuchado nada. No voy a parecer una mujer desesperada confesando que oí su declaración.
Me muevo por la cocina con una naturalidad ensayada. Abro cajones. Enciendo la cafetera. Pongo el pan en la tostadora. Cada gesto es lento, medido, como si el ruido cotidiano pudiera tapar lo que todavía me vibra en el pecho.
Su voz ronca se cuela en el ambiente.
—Buenos días, Arianna. Tienes mejor semblante.
Levanto apenas la mirada.
—Buenos días, Dominic. Pude dormir —finjo indiferencia mientras él se acomoda en el taburete—. ¿Café?
—Sí, por favor. Me vendría bien.
Sirvo la taza y la deslizo sobre la mesada. Nuestros dedos se rozan apenas. El contacto es breve, pero suficiente para tensarme. Él no toma el café de inmediato; se queda observándome en silencio, con esa media sonrisa contenida que siempre parece decir más de lo que muestra.
Siento su mirada recorrerme sin prisa. No me toca. No hace falta.
—Hablé con Milos. El funeral de Russell ya está dispuesto. Sin policías husmeando —da un sorbo al café—. En dos horas se llevará a cabo.
Asiento despacio. Trago saliva.
—Gracias por… ayudarme —digo al final, con la voz más baja de lo que quisiera.
Dominic no responde. Solo inclina levemente la cabeza.
Y en ese silencio denso, cargado de cosas que no se dicen, entiendo que —aunque no lo nombre, aunque no se atreva— ya eligió quedarse.
Horas después
El aire frío me golpea el rostro. El viento silba entre las tumbas, se cuela por el cuello del abrigo, pero no logro sentirlo del todo. Mi mirada permanece fija en el ataúd. Ni los murmullos de los pocos presentes, ni el crujir de la grava bajo los pies me distraen.
Solo pienso en Russell. En el enemigo sin nombre que ordenó su muerte. Y, como un eco insistente, el nombre de Lucca vuelve a aparecer. ¿Fue él? ¿O su presencia en Kazanlak es solo una coincidencia demasiado conveniente?
Cuando la tierra comienza a cubrir el ataúd, algo se me oprime en el pecho. Lanzo una rosa. El rojo contrasta brutalmente con el marrón húmedo. Algunos se marchan sin despedirse. No los juzgo. Yo tampoco sé despedirme.
Dominic permanece a mi lado. No me toca, pero su presencia pesa, firme, como si estuviera listo para sostenerme si me quiebro.
Trago saliva y deslizo los dedos sobre la lápida aún fresca.
—Descansa, Russell… donde sea que estés —digo con la voz áspera—. Adiós.
No lloro. No puedo permitírmelo.
—¿Estás bien? —pregunta Dominic—. ¿Quieres un minuto a solas?
Niego con la cabeza.
—No hace falta. Nunca me gustaron las despedidas.
—A mí tampoco —responde—. Son espantosas. Frustrantes. Y duelen.
Lo miro. Habla como alguien que conoce ese dolor de cerca. Pienso, inevitablemente, en la mujer del retrato. En lo que perdió.
—Arianna… —dice tras un breve silencio—. ¿Sabes quién pudo haber asesinado a Russell? ¿Mencionó algún nombre? ¿Alguna relación peligrosa?
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Editado: 18.10.2026