Tres días después
Kazanlak
Dominic
Estupidez, acierto, celos… no sé bien qué fue lo que me llevó a restregarle a Petrovic que Arianna era mi mujer, mi novia. Tal vez hubo un poco de todo. También asomó mi lado protector. Pero lo que sí tenía clarísimo era que ese gusano era peligroso. Un sujeto al que había que vigilar de cerca y mantener lo más lejos posible, porque más allá de mis celos no entendía esa necesidad enfermiza de acercarse a Arianna.
No era amor. Tampoco nostalgia. Quizás rivalidad, rabia… y algo más que todavía no lograba descifrar. Sin embargo, siempre fue la peor escoria del negocio: sin lealtades, sin escrúpulos, sin códigos. Y eso, en mi mundo, era letal.
Ahí estaba, frente a mí, con ganas de volarle los sesos. Le clavé la mirada, asesina, tensa, pero el desgraciado me devolvió una sonrisa burlona que me revolvió el estómago.
—Todorov, no me amenaces —dijo, ladeando la cabeza—. No soy otro de tus socios narcos a los que intimidas. Conmigo no te sirve esa pose de líder de la mafia.
Se inclinó un poco más, invadiendo mi espacio.
—Te queda grande el puesto de tu difunto padre.
Sentí la sangre subir.
—Hijo de puta… —gruñí, apretando los dientes—. No hables de mi padre o te rompo la cara. Y ahora lárgate de la casa de Arianna.
—Tú no me das órdenes —reviró, rabioso, intentando avanzar.
Extendí el brazo y apoyé la mano en el marco de la puerta, bloqueándole el paso.
—Vete —le advertí, con la voz baja, cargada—. O me obligas a usar el arma.
No se fue de inmediato. Por supuesto que no. Ese gusano siguió provocando, asegurando que Arianna jamás se mezclaría con un salvaje como yo. Dudaba de mi relación con ella… o tal vez decía una verdad que me dolía admitir.
Nunca podría conquistar a la fiera.
No debería haberme afectado lo que dijera alguien como Petrovic, pero la duda quedó sembrada. Y sin darme cuenta, como un imbécil, terminé observando a Arianna dormir. Confesándole en silencio lo que me pasaba con ella. Sin saber siquiera cuándo ni cómo me había flechado.
Lo más raro vino minutos después. Fue amable conmigo. Como si estuviera atravesando una pequeña crisis existencial… o como si el mundo estuviera patas arriba.
Preparó el desayuno. Me agradeció por organizar el funeral de Novak. Y yo, que podía enfrentar a cualquiera con un arma en la mano, no supe qué carajo hacer con eso. Solo asentí en silencio, torpe, como si fuera suficiente.
Pero no podía borrar de mi cabeza lo ocurrido en Divinas. Mucho menos ignorar una muerte dentro de mis territorios. Podría ser un mensaje. Un aviso de algún rival. O tal vez el responsable era el mismo que nos atacó días atrás. Y Arianna… Arianna podía tener alguna pista. Al final de cuentas, Russell era su amigo.
Así que ahí estaba, de pie a su lado en el cementerio, mientras ella le daba el último adiós. La tierra todavía fresca. El aire pesado. Y todas mis dudas girando como buitres.
Cuando habló el silencio, pregunté sin rodeos.
Por un instante no obtuve nada. Ni una palabra. Ni una mirada. Solo ese silencio suyo, como si aún desconfiara de mí. Como si, por un segundo, creyera que yo también podía ser el enemigo.
Finalmente, su voz rasgó el ambiente.
—Dominic, cualquier relación en nuestro mundo es peligrosa —dijo, sin dramatismo—. Y Russell pertenecía a esta oscuridad. Era un sicario. Ahí tienes tu respuesta.
Apreté la mandíbula.
—No es suficiente —repliqué—. Su muerte parece un mensaje. Algo debió decirte. No sé… un comentario, un nombre, algo que sonará a broma.
Ella negó despacio, con cansancio.
—Sé que estaba en problemas, pero por regla siempre me mantengo al margen. Escucho, observo, permito negocios en mi club y guardo silencio. Por eso sigo viva. Por eso soy inmune.
La miré fijo.
—Antes tal vez —dije—. Pero después del ataque debiste confrontarlo. Yo lo hubiera hecho. Habría buscado respuestas hasta arrancarlas.
Su mirada se endureció apenas.
—Lo pensé durante días —admitió—. Pero murió antes de que pudiera preguntarle.
Sentí que no decía del todo la verdad. Había algo en la oscuridad de sus ojos que lo gritaba en silencio. Pero no la presioné. Con Arianna no servían las amenazas, menos los gritos. Conociéndola, sabía que buscaría la forma de protegerse sin pedir mi ayuda. Su orgullo, su terquedad y esa desconfianza que nunca terminaba de soltar seguían intactas.
No iba a esperar a que abriera los ojos. Todo lo contrario. Era hora de dar un paso más y dejar claro quién mandaba en Kazanlak. No podía seguir aguardando noticias de Milos; había llegado el momento de presionar.
Por eso estoy en Aurum, con el cigarrillo entre los dedos, frente a las antiguas bailarinas de Divinas. Ahora trabajan para mí. Ellas escuchan, se relacionan con los clientes y siguen en contacto con la gente de Arianna.
—Chicas… —digo, dejando que el humo se eleve despacio, espeso—. Muchas de ustedes trabajaron en Divinas. Conocen a Arianna. Y por eso necesito su colaboración.
Vanessa ladea la cabeza, cruza los brazos con calma estudiada. La media sonrisa que le nace es pura ironía.
—¿De qué tipo, señor Todorov? —pregunta—. Ya trabajamos para usted. Eso debería ser suficiente.
Esbozo una sonrisa que no llega a los ojos y avanzo un paso, apenas. Lo justo para que me sientan encima sin tocarlas.
—Sé que muchas todavía le guardan lealtad a Arianna… y me parece bien. —Dejo caer la pausa, pesada—. Pero después de lo ocurrido en Divinas, necesito su ayuda para evitar más muertes.
Una de ellas se remueve en su asiento. Otra baja la mirada.
—¿Quiere que espiemos a Arianna? —se anima a decir una, en voz baja.
—No lo llamaría espiar —respondo, sereno—. Se llama prevenir.
Me agacho, aplasto el cigarrillo contra el suelo con la suela del zapato.
—Asesinaron a Russell Novak. Y cualquiera de ustedes podría ser la próxima víctima. —Alzo la mirada—. Necesito cualquier información sobre su asesino.
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Editado: 18.10.2026