Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 3 — El primer sueldo

Valentina llevó a Alejandro hasta su casa.

Durante todo el camino, él intentó esconder el dolor de la pequeña quemadura que tenía en la mano.

No quería admitir que le dolía.

Sobre todo porque Valentina lo miraba cada pocos segundos.

—Deja de mirarme así.

—¿Así cómo?

—Como si estuviera a punto de morir.

—No estás a punto de morir.

—Entonces deja de poner esa cara.

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa más.

Valentina soltó una carcajada.

—Eres realmente extraño.

—Y tú hablas demasiado.

—Pues no tienes obligación de escucharme.

—Nunca dije que me molestara.

Ella lo miró de reojo.

Por alguna razón, aquella respuesta consiguió que sonriera.

Cuando llegaron a la pequeña vivienda, la madre de Valentina levantó la mirada.

—¿Quién es él?

Valentina se quedó quieta.

—Es Alejandro.

La mujer observó al muchacho cubierto de grasa.

—¿El muchacho de la plaza?

Valentina abrió mucho los ojos.

—¿Cómo sabes que...?

—Porque llevas semanas mencionándolo.

Alejandro tuvo que contener una sonrisa.

Valentina se puso roja.

—¡Mamá!

—¿Qué?

—Yo no hablo tanto de él.

Su hermano pequeño apareció desde otra habitación.

—¡Sí hablas!

Valentina lo miró horrorizada.

—Tú cállate.

—Dijiste que Alejandro era guapo.

Alejandro casi se atragantó.

Valentina quiso desaparecer.

—¡Eso nunca lo dije!

El niño señaló a Alejandro.

—También dijiste que tenía bonita sonrisa.

—¡Mamá!

La madre de Valentina comenzó a reír.

Alejandro bajó la cabeza para ocultar su sonrisa.

—Creo que debería irme.

—No —dijo Valentina rápidamente—. Tú quédate.

Su hermano levantó una ceja.

—¿Vas a casarte con él?

—¡NO!

Alejandro soltó una carcajada.

Valentina le lanzó una mirada asesina.

—Tú tampoco te rías.

—Lo intento.

La madre de Valentina negó con la cabeza.

—Vengan. Siéntense.

Valentina tomó una pequeña caja de primeros auxilios.

—Dame la mano.

Alejandro obedeció.

Ella limpió cuidadosamente la herida.

—Te dije que no era nada.

—Y yo te dije que eres terco.

—Eso también me lo has dicho.

—Porque sigues siendo terco.

Durante unos segundos permanecieron en silencio.

Alejandro observó aquella pequeña casa.

No había muebles costosos.

No había cuadros valiosos.

No había lujos.

Pero había algo que no existía en su mansión.

Calidez.

La madre de Valentina preguntó:

—¿Dónde trabajas?

Alejandro miró a Valentina.

Ella lo observó esperando su respuesta.

—En un taller.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y te gusta?

Alejandro sonrió.

—Mucho.

La madre asintió.

—Entonces es un buen trabajo.

Aquella sencilla frase significó mucho para él.

En su casa jamás le habían dicho algo parecido.

Normalmente le hablaban de empresas, inversiones y responsabilidades.

Nadie le había preguntado simplemente si era feliz.

Aquella noche regresó a la mansión mucho más tarde.

Su padre lo esperaba.

—¿Dónde estabas?

Alejandro dejó la mochila.

—Trabajando.

—¿Trabajando?

—Sí.

—¿Dónde?

Alejandro permaneció en silencio.

—Alejandro.

—En un taller.

Su padre lo miró incrédulo.

—¿Un taller?

—Sí.

—¿Sabes cuánto dinero tienes disponible?

—Sí.

—Entonces explícame por qué estás trabajando como un empleado.

Alejandro levantó la mirada.

—Porque quiero saber cómo se siente ganarme algo por mí mismo.

Su padre golpeó ligeramente la mesa.

—Eres un Montenegro.

—Precisamente.

—No puedes comportarte como un muchacho cualquiera.

Alejandro respondió con calma:

—Tal vez ese sea el problema.

Subió las escaleras.

Por primera vez, no sintió miedo de enfrentarse a su padre.

Porque ahora tenía algo que defender.

Algo que no podía comprar.

Valentina.

Y, sin saberlo todavía, acababa de comenzar la batalla por su propia vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.