Durante las siguientes semanas, la vida de Alejandro comenzó a cambiar.
Por las mañanas asistía a la universidad.
Por las tardes trabajaba en el taller de don Ernesto.
Y, cuando terminaba su jornada, buscaba a Valentina.
A veces caminaban por la plaza.
Otras veces se sentaban frente a una pequeña tienda a compartir un refresco.
En ocasiones simplemente hablaban.
No necesitaban hacer nada extraordinario.
Para Alejandro, aquellas tardes eran suficientes.
En la mansión, en cambio, todo comenzaba a complicarse.
Su padre estaba cada vez más molesto por sus ausencias.
Su madre había empezado a preguntarle constantemente dónde pasaba las tardes.
Y Alejandro había aprendido a responder con medias verdades.
—Estoy estudiando.
—Estoy trabajando.
—Tengo cosas que hacer.
Ninguna de esas respuestas era completamente falsa.
Pero tampoco contaba toda la historia.
Una tarde, Alejandro salió del taller cubierto de grasa.
Don Ernesto lo miró antes de que se marchara.
—Muchacho.
—¿Sí?
—¿Tienes una cita?
Alejandro casi se tropieza.
—¿Qué?
—Llevas quince minutos mirándote en el espejo.
—Me estaba limpiando.
—Claro.
Don Ernesto sonrió.
—¿Es la muchacha?
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué muchacha?
—La que viene a buscarte.
—No viene a buscarme.
—Entonces supongo que las últimas cuatro veces que apareció fue coincidencia.
Alejandro se quedó callado.
Don Ernesto soltó una carcajada.
—Ve.
—¿Puedo irme?
—Sí.
—¿Aunque falte una hora para terminar?
—Sí.
Alejandro sonrió.
—Gracias.
—Pero mañana trabajas una hora extra.
La sonrisa desapareció.
—Eso no estaba en el trato.
—Ahora sí.
—¡Don Ernesto!
El hombre comenzó a reír.
—¡Corre, enamorado!
Alejandro salió del taller negando con la cabeza.
No quería admitirlo.
Pero estaba contento.
Mucho.
Cuando llegó a la plaza, encontró a Valentina sentada en la banca.
Pero no estaba sola.
Había un muchacho junto a ella.
Alejandro disminuyó el paso.
El joven tendría aproximadamente la edad de Valentina.
Llevaba una camiseta sencilla y una mochila sobre un hombro.
Estaba contando algo que hacía reír a Valentina.
Alejandro se detuvo.
No supo por qué.
Simplemente se quedó observándolos.
El muchacho dijo algo más.
Valentina volvió a reír.
Alejandro sintió una extraña molestia en el pecho.
No le gustó.
Nada.
—¿Quién es ese?
La pregunta salió de su boca antes de que pudiera evitarlo.
Se acercó.
Valentina levantó la mirada.
Su sonrisa aumentó.
—¡Alejandro!
Se levantó rápidamente.
—Pensé que no vendrías.
—¿Por qué?
—Llegaste tarde.
Alejandro miró el reloj.
—Solo diez minutos.
—Para mí son muchos.
Aquella frase debería haberlo hecho sonreír.
Pero volvió a mirar al muchacho.
Valentina se dio cuenta.
—Ah.
Señaló al joven.
—Él es Daniel.
Daniel se levantó.
—Mucho gusto.
Alejandro estrechó su mano.
—Igualmente.
El saludo duró apenas unos segundos.
Pero Alejandro lo sintió como una competencia absurda.
Daniel sonrió.
—Valentina me estaba contando que trabajas en un taller.
—Sí.
—¿Te gusta?
—Mucho.
—Qué bien.
Alejandro asintió.
Silencio.
Valentina los miró.
Luego miró a Daniel.
Después a Alejandro.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondieron ambos al mismo tiempo.
Valentina entrecerró los ojos.
—Eso fue raro.
Daniel soltó una carcajada.
—Definitivamente.
Alejandro se sentó en la banca.
Valentina se quedó de pie.
—Daniel es mi compañero de escuela.
—Ah.
—Y mi amigo.
—Ah.
—¿Por qué dices "ah" de esa manera?
—¿De qué manera?
—De esa.
Alejandro la miró.
—¿De qué otra manera debería decirlo?
Daniel volvió a reír.
—Creo que le caigo mal.
Alejandro lo miró.
—No.
—Tu cara dice otra cosa.
—Mi cara siempre es así.
Valentina se tapó la boca para no reír.
—No es cierto.
Alejandro la miró.
—¿Tú también?
—Perdón.
No parecía arrepentida.
Daniel se levantó.
—Creo que será mejor que me vaya.
—¿Ya? —preguntó Valentina.
Alejandro la miró.
Valentina se dio cuenta inmediatamente.
—Bueno... si tienes que irte.
Daniel sonrió.
—Nos vemos mañana.
—Sí.
—Adiós, Valentina.
—Adiós.
Daniel se alejó.
Alejandro siguió observándolo.
Hasta que desapareció de la plaza.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Quieres explicarme algo?
—¿Yo?
—Sí.
—¿Qué?
—Estás extraño.
—No estoy extraño.
—Estás celoso.
Alejandro casi se atragantó.
—¿Celoso?
—Sí.
—¿De él?
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Alejandro.
—Valentina.
Ella comenzó a reír.
—¡Estás celoso!
—No estoy celoso.
—Entonces, ¿por qué lo mirabas como si quisieras expulsarlo de la ciudad?
—No lo miraba así.
—Lo mirabas peor.
Alejandro se cruzó de brazos.
—Simplemente quería saber quién era.
—Te lo dije.
—Sí.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Ninguno.
—Perfecto.
Valentina se sentó.
Alejandro se sentó a su lado.
Pasaron varios segundos.
—¿Daniel es tu mejor amigo? —preguntó finalmente.
Valentina sonrió.
—Tal vez.
Alejandro giró la cabeza.
—¿Tal vez?
—Es uno de mis mejores amigos.
—Ah.
—Otra vez con el "ah".
—No dije nada.
—No necesitas decirlo.
Valentina comenzó a reír.
—Eres terrible.