Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 5 — Los celos de Alejandro

Los días continuaron pasando.

Para Alejandro, aquella etapa de su vida se había convertido en una extraña combinación de responsabilidades, secretos y momentos que jamás habría imaginado vivir.

Por las mañanas era el hijo de una de las familias más poderosas de la ciudad.

Por las tardes era simplemente Alejandro, el muchacho que trabajaba en un pequeño taller.

Y cuando estaba con Valentina, no quería ser ninguna de esas dos personas.

Solo quería ser él mismo.

Aquella tarde salió del taller antes de lo habitual.

Don Ernesto lo observó mientras se quitaba los guantes.

—¿Otra vez vas a la plaza?

Alejandro tomó su mochila.

—Sí.

—¿No tienes universidad?

—Ya terminé mis clases.

—¿Y no tienes familia?

Alejandro hizo una mueca.

—Tengo.

—¿Y no quieres verla?

—No particularmente.

Don Ernesto soltó una carcajada.

—Algún día vas a meterte en problemas por esa muchacha.

Alejandro sonrió.

—Probablemente.

—Al menos lo reconoces.

—Buenas tardes, don Ernesto.

—Buenas tardes, enamorado.

—¡No estoy enamorado!

—¡Claro!

Alejandro salió del taller escuchando las risas del hombre.

No pudo evitar sonreír.

Cuando llegó a la plaza, Valentina todavía no estaba.

Alejandro se sentó en la banca.

Esperó.

Diez minutos.

Veinte.

Treinta.

Comenzó a inquietarse.

Finalmente vio a Valentina aparecer por la entrada.

Pero no estaba sola.

Daniel caminaba junto a ella.

Alejandro cerró los ojos durante un segundo.

—Otra vez él...

Los dos se acercaron conversando.

Daniel llevaba varios libros.

—¡Alejandro!

Valentina sonrió.

—Pensé que llegarías más tarde.

—Terminé temprano.

Daniel levantó una mano.

—Hola.

Alejandro respondió.

—Hola.

Silencio.

Valentina miró a ambos.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondieron nuevamente al mismo tiempo.

Ella soltó un suspiro.

—Ustedes dos son muy raros.

Daniel se sentó.

Alejandro lo miró.

—¿Y esos libros?

—Tenemos un examen.

—¿Juntos?

—Sí.

—Ah.

Valentina volvió a mirarlo.

—¿Otra vez con el "ah"?

—Es una palabra muy útil.

Daniel comenzó a reír.

—Definitivamente estás celoso.

Alejandro lo miró.

—¿Quieres que te recuerde que tienes novia?

Daniel se quedó sorprendido.

—¿Cómo sabes?

Valentina abrió los ojos.

—¿Tú le preguntaste?

—No.

Daniel comenzó a reír.

—Entonces sí estás celoso.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

Valentina se llevó ambas manos a la cabeza.

—¡Parecen niños!

Los dos se quedaron callados.

Daniel levantó los libros.

—Yo me voy.

—No tienes que irte —dijo Valentina.

—Sí tengo.

Miró a Alejandro.

—Además, creo que alguien necesita cinco minutos para recuperar la calma.

Alejandro frunció el ceño.

—Estoy perfectamente tranquilo.

—Claro.

Daniel se alejó.

Valentina se sentó junto a Alejandro.

—¿Por qué haces eso?

—¿Qué cosa?

—Ponerte celoso.

—No estoy celoso.

—Alejandro.

—Valentina.

—Mírame.

Él la miró.

—¿Qué?

—¿Confías en mí?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

Alejandro dejó de sonreír.

—Sí.

—Entonces no tienes nada que temer.

Alejandro bajó la mirada.

—Lo sé.

Valentina sonrió.

—Bien.

Hubo un silencio.

—Además —añadió ella—, Daniel no me gusta.

Alejandro levantó la cabeza.

—¿No?

—No.

—¿Por qué?

Valentina lo miró con expresión divertida.

—Porque habla demasiado.

Alejandro soltó una carcajada.

—Entonces tenemos algo en común.

—¿Qué?

—A mí también me cae bien.

Valentina abrió la boca.

—¡Hace cinco minutos querías echarlo de la plaza!

—Eso fue antes.

—¿Antes de qué?

Alejandro sonrió.

—Antes de saber que no te gusta.

Valentina negó con la cabeza.

—Definitivamente estás loco.

—Puede ser.

Aquella noche, Alejandro regresó a la mansión.

Entró por la puerta principal y encontró a su madre esperándolo.

—¿Podemos hablar?

Alejandro se detuvo.

—Claro.

Ella señaló el salón.

Se sentaron.

—Tu padre está preocupado.

—¿Por qué?

—Por tus cambios de comportamiento.

Alejandro guardó silencio.

—Estás llegando tarde.

—Tengo trabajo.

—Ese trabajo no es apropiado para ti.

—A mí me gusta.

—No se trata de si te gusta.

Alejandro levantó la mirada.

—Entonces, ¿de qué se trata?

Su madre respiró profundamente.

—Tu padre cree que estás relacionándote con personas que podrían aprovecharse de ti.

Alejandro comprendió inmediatamente.

—No.

—No sabes quiénes son.

—Sí sé quiénes son.

—Alejandro...

—Son buenas personas.

Su madre lo observó.

—¿Quién es ella?

Alejandro sintió un golpe en el pecho.

—¿Quién?

—La muchacha.

Silencio.

—No sé de qué hablas.

—No me mientas.

Alejandro apretó la mandíbula.

—No tienes derecho a investigar mi vida.

Su madre se sorprendió.

—Soy tu madre.

—Y yo soy tu hijo. No una inversión.

Aquellas palabras la dejaron sin respuesta.

Alejandro se levantó.

—Buenas noches.

Subió las escaleras.

Pero no sabía que su madre no pensaba dejar el asunto ahí.

Al día siguiente, Alejandro recibió una llamada.

Era su padre.

—Quiero que regreses a casa después de la universidad.

—Tengo trabajo.

—No irás al taller.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

—No.

Hubo un largo silencio.

—¿Qué dijiste?

—Que no.




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