Alejandro permaneció inmóvil frente al abogado.
Había cometido un error.
Uno enorme.
El hombre todavía sostenía aquella sonrisa tranquila que, de repente, a Alejandro le resultó mucho más amenazante que cualquier grito.
—Creo que acabas de decirme algo muy importante —repitió.
Alejandro recuperó la compostura.
—No sé de qué habla.
—Acabas de mencionar a Valentina.
—Es un nombre bastante común.
El abogado levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Y cuántas Valentinas conoces?
Alejandro cruzó los brazos.
—Las suficientes.
Don Ernesto, que había estado observando la conversación desde el otro lado del taller, se acercó.
—¿Hay algún problema?
El abogado se volvió hacia él.
—Ninguno.
Alejandro lo interrumpió.
—Ya terminó la conversación.
—Tu padre quiere verte.
—Dígale que no.
—No creo que le guste la respuesta.
—No me importa.
El abogado guardó silencio unos segundos.
Después se acercó a Alejandro.
—Tu familia sabe que estás trabajando aquí.
Alejandro no respondió.
—Sabe que sales todas las tardes.
Silencio.
—Y ahora sabe que existe una muchacha llamada Valentina.
Alejandro sintió que la sangre le hervía.
—Si se acerca a ella...
El abogado sonrió ligeramente.
—¿Qué?
Alejandro apretó los puños.
—Nada.
—Eso pensé.
El hombre se dio la vuelta.
Antes de salir, añadió:
—Tu padre espera que regreses a casa esta noche.
Alejandro respondió sin mirarlo.
—Puede esperar sentado.
Cuando el automóvil desapareció, Don Ernesto se acercó.
—¿Quién era?
Alejandro suspiró.
—Un problema.
—Eso ya lo había notado.
—Es abogado de mi padre.
Don Ernesto se quedó serio.
—¿Tu padre sabe que trabajas aquí?
—Sí.
—¿Y sabe que vienes a ver a Valentina?
Alejandro guardó silencio.
Don Ernesto entendió.
—Ah.
—No quiero que nadie se acerque a ella.
—Entonces tendrás que tener mucho cuidado.
Alejandro asintió.
Pero no podía imaginar cuánto.
Mientras tanto, Valentina estaba en su casa.
Había pasado toda la mañana ayudando a su madre.
Su hermano pequeño entró corriendo.
—¡Valentina!
—¿Qué?
—Hay un señor afuera.
—¿Qué señor?
—Uno raro.
Valentina dejó lo que estaba haciendo.
—¿Raro cómo?
—Tiene traje.
—¿Y eso qué tiene de raro?
—Aquí nadie usa traje.
Valentina frunció el ceño.
—¿Dónde está?
—Afuera.
Valentina caminó hasta la puerta.
Al abrirla, encontró a un hombre desconocido.
Era el mismo abogado que había visitado el taller.
—¿Valentina?
Ella sintió un escalofrío.
—Sí.
—Mucho gusto.
—¿Quién es usted?
—Me gustaría hablar contigo.
Valentina permaneció en la puerta.
—¿Sobre qué?
—Sobre Alejandro.
El corazón de Valentina dio un vuelco.
—¿Le pasó algo?
—No.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Solo conversar.
Valentina no se movió.
—Puede hablar desde ahí.
El hombre sonrió.
—Eres desconfiada.
—Mi mamá dice que es bueno serlo.
—Tu madre tiene razón.
Él sacó una tarjeta.
—Soy abogado de la familia Montenegro.
Valentina miró la tarjeta.
No entendía por qué alguien de una familia tan importante quería hablar con ella.
—¿Alejandro es de esa familia?
El abogado la observó.
Valentina comprendió.
—¿Él nunca se lo dijo?
Ella negó lentamente.
—No.
El abogado guardó silencio.
—Entonces quizá deberías preguntarle.
Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella.
De repente, muchas cosas comenzaron a tener sentido.
La ropa.
La manera de hablar.
Sus conocimientos.
La forma en que nunca parecía preocuparse por el dinero.
Su extraño comportamiento cuando ella mencionaba precios.
—¿Quién es Alejandro?
El abogado respondió:
—Alejandro Montenegro.
Valentina palideció.
Ese apellido era conocido por prácticamente toda la ciudad.
Empresas.
Hoteles.
Construcción.
Bancos.
Propiedades.
Una de las familias más ricas y poderosas del país.
—No...
El abogado dio un paso atrás.
—Creo que sería mejor que hablaras con él.
—¿Por qué me está diciendo esto?
—Porque su familia quiere evitar problemas.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué problemas?
El hombre no respondió.
Solo dijo:
—Ten cuidado.
Después se marchó.
Valentina cerró lentamente la puerta.
Su madre se acercó.
—¿Qué quería?
Valentina intentó responder.
No pudo.
—Mamá...
—¿Qué sucede?
—Alejandro...
—¿Qué pasa con él?
Valentina respiró profundamente.
—Nos mintió.
Alejandro llegó a la plaza esa tarde.
Valentina ya estaba allí.
Pero algo había cambiado.
Ella estaba sentada en silencio.
Alejandro se acercó.
—Hola.
Valentina levantó la mirada.
—Hola.
—¿Estás bien?
—Sí.
Alejandro se sentó.
—No parece.
Valentina lo observó.
—¿Hay algo que quieras contarme?
Alejandro sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Silencio.
—No sé qué quieres decir.
Valentina sacó la tarjeta que le había dado el abogado.
La dejó sobre la banca.
Alejandro la miró.
Su rostro perdió el color.
—¿Quién te dio eso?
—Tu abogado.
—¿Fue a tu casa?
Valentina asintió.
Alejandro se puso de pie inmediatamente.
—¿Qué te dijo?
—Que eres Alejandro Montenegro.
Él cerró los ojos.
Ya no podía ocultarlo.
—Valentina...
—¿Por qué no me lo dijiste?