Valentina pasó toda la noche sin dormir.
La tarjeta del abogado permanecía sobre la pequeña mesa de su habitación.
Familia Montenegro.
Había escuchado aquel apellido muchas veces.
En las noticias.
En revistas.
En conversaciones de adultos.
Era una de las familias empresariales más importantes del país.
Y Alejandro pertenecía a ella.
—No puedo creerlo —murmuró.
Se dejó caer sobre la cama.
Todo comenzaba a tener sentido.
Los zapatos.
La ropa.
Su forma de hablar.
La universidad.
La manera en que parecía conocer lugares y cosas que ella jamás había visto.
Incluso aquella primera noche en la plaza.
Cuando ella le preguntó si estaba perdido, él había respondido que sí.
Ahora entendía que probablemente no estaba perdido en la ciudad.
Estaba perdido en su propia vida.
Valentina tomó una almohada y se la puso sobre la cara.
—¡¿Por qué tenías que mentirme?!
Desde la habitación contigua se escuchó la voz de su hermano.
—¿Con quién estás hablando?
Valentina se incorporó.
—¡Con nadie!
—¿Estás peleando?
—¡No!
—¿Con Alejandro?
Valentina abrió los ojos.
—¡Duérmete!
—Entonces sí es con Alejandro.
—¡Duérmete!
—Buenas noches, cuñ...
Valentina salió disparada de la cama y abrió la puerta.
—¡Termina esa palabra y mañana no desayunas!
El pequeño salió corriendo entre risas.
—¡Mamá! ¡Valentina me amenazó!
La madre apareció en el pasillo.
—¿Qué está pasando?
Valentina se quedó quieta.
—Nada.
Su hermano señaló hacia ella.
—Está enamorada.
—¡No estoy enamorada!
Su madre levantó una ceja.
—Nadie ha dicho que lo estés.
Valentina se puso roja.
—Yo... voy a dormir.
—Eso pensé.
Cerró la puerta.
Se apoyó contra ella.
—Qué vergüenza...
Pero la sonrisa que apareció en su rostro desapareció rápidamente.
Recordó al abogado.
Recordó sus palabras.
"La familia quiere evitar problemas."
Valentina sintió miedo.
No por ella.
Por su madre.
Por sus hermanos.
Al día siguiente, Alejandro llegó al taller antes de que saliera el sol.
Don Ernesto lo encontró sentado frente a la puerta.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—No sé.
—¿Dormiste?
—Un poco.
—¿Comiste?
Alejandro negó.
Don Ernesto suspiró.
—Entra.
—Estoy bien.
—No te pregunté.
Alejandro obedeció.
Don Ernesto le preparó un café y un pan.
—Come.
Alejandro tomó el pan.
—Gracias.
—Y no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de perro abandonado.
Alejandro soltó una pequeña risa.
—No tengo esa cara.
—La tienes desde ayer.
Alejandro guardó silencio.
—¿Valentina?
—Sí.
—¿Sigue molesta?
—No sé.
—¿La buscaste?
—No.
Don Ernesto asintió.
—Bien.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Bien?
—Sí. Dale tiempo.
—Pero quiero explicarle.
—Ya tendrás oportunidad.
Alejandro suspiró.
—Tengo miedo de perderla.
Don Ernesto lo observó.
—Entonces no cometas el error de perseguirla hasta hacerla sentir acorralada.
Alejandro asintió.
—Lo entiendo.
En ese momento, se escuchó el ruido de una motocicleta.
Un joven se detuvo frente al taller.
Era Daniel.
—Buenos días.
Alejandro lo miró.
—¿Qué haces aquí?
Daniel levantó una caja.
—Valentina me pidió que te trajera esto.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué es?
—Comida.
—¿De parte de Valentina?
—Sí.
Alejandro tomó la caja.
La abrió.
Había un par de emparedados.
Una pequeña botella de agua.
Y una nota.
Alejandro la tomó inmediatamente.
La letra era de Valentina.
"No quiero hablar contigo todavía. Pero sé que no has comido. No quiero que te desmayes en el taller. —Valentina."
Alejandro leyó la nota dos veces.
Daniel sonrió.
—Está preocupada por ti.
—Ya lo veo.
—Aunque esté enojada.
Alejandro guardó la nota cuidadosamente.
—Gracias.
Daniel se cruzó de brazos.
—De nada.
—¿Algo más?
—Sí.
Alejandro levantó una ceja.
—¿Qué?
—No soy tu enemigo.
Alejandro permaneció callado.
Daniel sonrió.
—Te lo digo porque la otra vez casi me asesinaste con la mirada.
—No te iba a asesinar.
—Tu cara decía otra cosa.
Don Ernesto comenzó a reír.
—Este muchacho me cae bien.
Alejandro lo miró.
—No lo animes.
Daniel soltó una carcajada.
—Bueno, me voy.
Antes de subir a la motocicleta, se volvió hacia Alejandro.
—Cuídala.
Alejandro asintió.
—Eso intento.
Daniel se marchó.
Don Ernesto miró a Alejandro.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Ya no tienes rival.
—Nunca tuve rival.
—Claro.
Alejandro sonrió.
Por primera vez en dos días, se sintió un poco mejor.
En casa de Valentina, mientras tanto, la situación era muy diferente.
Su madre había notado su preocupación.
—Hija.
—¿Sí?
—¿Qué sucede?
Valentina dejó el plato que estaba lavando.
—Tengo que contarte algo.
Su madre se acercó.
—¿Es Alejandro?
Valentina asintió.
—Descubrí quién es realmente.
—¿Qué quieres decir?
—Es un Montenegro.
Su madre quedó en silencio.
—¿Estás segura?
—Sí.
Valentina le explicó todo.
La visita del abogado.
La tarjeta.
La conversación.
Su madre escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, suspiró.
—Hija...
—¿Qué?
—Esa familia es muy poderosa.
—Lo sé.
—Y nosotros no tenemos nada.
Valentina bajó la mirada.