Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 8 Una cena que termina en desastre

Durante los días siguientes, Alejandro intentó convencerse de que las cosas podían mejorar.

Había hablado con su padre.

Había descubierto que su familia estaba investigando a Valentina.

Y, aunque la situación era preocupante, todavía tenía la esperanza de encontrar una solución.

No quería perderla.

Tampoco quería que Valentina tuviera que elegir entre él y su familia.

Por eso decidió hacer algo que, en su opinión, podía ayudar.

Invitaría a Valentina y a su madre a cenar.

Pero no en la mansión.

No quería que aquello pareciera una exhibición de riqueza.

Había elegido un pequeño restaurante familiar, sencillo y tranquilo.

El problema era que Alejandro no tenía experiencia organizando cenas normales.

En realidad, nunca había tenido que organizar nada.

En la mansión, todo lo hacía el personal.

Así que decidió pedir ayuda.

A la persona equivocada.

—¿Quieres organizar una cena? —preguntó Daniel.

Alejandro lo miró con desconfianza.

—Sí.

—¿Con Valentina?

—Sí.

—¿Y me estás pidiendo consejos a mí?

—No tengo a quién más preguntarle.

Daniel se llevó una mano al pecho.

—Me siento profundamente ofendido.

—¿Vas a ayudarme o no?

—Claro.

Daniel sonrió.

—Primero necesitas flores.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Flores?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque a las mujeres les gustan.

—A Valentina no le gustan demasiado.

—Entonces no le compres flores.

Alejandro suspiró.

—Esto no está funcionando.

Daniel soltó una carcajada.

—¿Sabes qué? Mejor yo te ayudo.

—Está bien.

—Pero hay una condición.

—¿Cuál?

—No puedes gastar una fortuna.

Alejandro lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque Valentina se va a dar cuenta.

Alejandro asintió lentamente.

—Tienes razón.

Daniel sonrió.

—Mira, estás aprendiendo.

Aquella tarde, Alejandro llegó al restaurante.

Había reservado una mesa.

Nada demasiado elegante.

Nada que pudiera hacer sentir incómoda a Valentina.

Cuando llegó el momento de pagar el depósito, sacó su tarjeta.

El mesero la miró.

Luego miró a Alejandro.

—Señor...

—¿Sí?

—¿Está seguro de que quiere pagar con esta?

—Sí.

El mesero palideció ligeramente.

—Es una tarjeta...

Alejandro suspiró.

—¿Qué?

—Nada.

Pero Alejandro comprendió el problema.

Guardó la tarjeta.

Sacó efectivo.

—Mejor así.

El mesero respiró aliviado.

Alejandro sonrió.

—Gracias.

Mientras tanto, Valentina se preparaba en casa.

Su madre la observaba.

—¿Vas a salir con Alejandro?

—Sí.

—¿Es una cita?

Valentina se puso roja.

—No.

—Entonces, ¿qué es?

—Una cena.

—Eso suena mucho a una cita.

—Mamá.

Su madre sonrió.

—Está bien.

Valentina se miró al espejo.

Llevaba un vestido sencillo.

Nada elegante.

Nada costoso.

Solo algo que le gustaba.

Su hermano entró.

—¿Vas a casarte?

—¡No!

—Entonces, ¿por qué te arreglaste?

—Porque quiero.

—Ah.

El niño la miró.

—Te ves bonita.

Valentina sonrió.

—Gracias.

—¿Alejandro va a pagar?

—Probablemente.

—Entonces dile que me compre un helado.

—¡No!

—¡Pero dijiste que era una cena!

—Tú no vienes.

El pequeño cruzó los brazos.

—Entonces me voy a enojar.

—Puedes enojarte.

—¡Mamá!

Su madre comenzó a reír.

Alejandro estaba esperando afuera del restaurante cuando vio llegar a Valentina.

Se quedó inmóvil.

No porque llevara un vestido costoso.

Precisamente porque no lo llevaba.

Era sencilla.

Natural.

Y para él era hermosa.

—Hola —dijo ella.

Alejandro tardó un segundo en reaccionar.

—Hola.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—No.

—Sí.

—Solo... te ves bien.

Valentina sonrió.

—Gracias.

Alejandro abrió la puerta del restaurante.

—Después de ti.

—Qué caballeroso.

—Estoy intentando.

—Se nota.

Entraron.

La cena comenzó tranquilamente.

Hablaron.

Rieron.

Alejandro incluso consiguió olvidar durante unos minutos todos los problemas.

Hasta que el mesero llegó.

—¿Qué desean beber?

Valentina pidió agua.

Alejandro pidió lo mismo.

El mesero se marchó.

Alejandro la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez me miras raro.

—Estoy feliz.

Valentina bajó la mirada.

—Yo también.

Durante unos segundos no dijeron nada.

Entonces llegó la comida.

Todo iba perfecto.

Hasta que un niño que corría por el restaurante tropezó cerca de su mesa.

Un vaso cayó.

El agua terminó directamente sobre Alejandro.

Valentina se quedó congelada.

El mesero abrió mucho los ojos.

El niño huyó.

Alejandro miró su camisa empapada.

Valentina intentó contener la risa.

No pudo.

Comenzó a reír.

Alejandro la miró.

—¿Te parece gracioso?

—Muchísimo.

—Estoy empapado.

—Lo sé.

—¿Y te ríes?

—No puedo evitarlo.

Alejandro terminó riendo también.

—Está bien.

—Pareces un perro después del baño.

Alejandro abrió los ojos.

—¡Valentina!

Ella se reía cada vez más.

—Perdón.

—No estás arrepentida.

—No.

—Lo sabía.

El mesero llegó con servilletas.

—Lo siento mucho, señor.

—No pasa nada.

Alejandro comenzó a secarse.

Valentina seguía riendo.

—Te voy a recordar esto toda la vida.

—Yo también.

—¿Por qué?

—Porque es la primera vez que alguien se ríe de mí en una cena.

—Entonces ha sido una buena cena.

Alejandro sonrió.




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