La mañana siguiente comenzó con una tranquilidad engañosa.
Valentina despertó temprano, como todos los días. Ayudó a su madre a preparar el desayuno, revisó que su hermano menor tuviera todo listo para la escuela y después salió a comprar pan.
Parecía una mañana cualquiera.
Pero no lo era.
Desde la noche anterior tenía una sensación extraña en el pecho.
Las palabras de Alejandro seguían dando vueltas en su cabeza.
"Yo te elegiría a ti."
Valentina había sonreído en aquel momento, pero en el fondo aquellas palabras la habían asustado.
Porque Alejandro no entendía todavía contra quién estaba luchando.
Su familia no era simplemente rica.
Los Montenegro tenían poder.
Mucho poder.
Y ella comenzaba a comprender que una familia como aquella podía convertir una vida sencilla en un verdadero infierno.
Mientras caminaba de regreso a casa con una bolsa de pan, vio un automóvil negro estacionado frente a su vivienda.
Se detuvo.
No conocía ese automóvil.
Tampoco conocía al hombre que estaba apoyado contra la puerta.
Vestía un traje impecable y llevaba unos lentes oscuros.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Puedo ayudarlo?
El hombre se quitó lentamente los lentes.
—¿Valentina?
Ella apretó la bolsa de pan.
—Sí.
—Necesito hablar contigo.
—¿Sobre qué?
El hombre miró hacia la casa.
—Sobre tu familia.
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién es usted?
El hombre sonrió.
—Alguien que trabaja para personas muy importantes.
Aquella respuesta no la tranquilizó.
—No tengo nada que hablar con usted.
Valentina intentó pasar de largo.
Pero el hombre dio un paso hacia ella.
—Tu madre tiene una deuda considerable con una institución financiera.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabe eso?
—También sé que tu hermano necesita continuar sus estudios y que tu familia no tiene precisamente una situación económica cómoda.
La joven palideció.
—¿Qué quiere?
—Nada de ti.
Hizo una pausa.
—Todavía.
Valentina levantó la mirada.
—Entonces váyase.
El hombre sonrió ligeramente.
—Eso haré.
Abrió la puerta del automóvil, pero antes de subir agregó:
—Solo recuerda algo, señorita. Hay personas que nacieron para estar juntas y otras que deberían aprender a mantenerse alejadas.
El automóvil se marchó.
Valentina permaneció en la acera.
La bolsa de pan temblaba entre sus manos.
—¿Quién era ese hombre?
La voz de su madre la hizo reaccionar.
Valentina entró rápidamente.
—Nadie.
Su madre frunció el ceño.
—No me digas "nadie". Vi cómo te habló.
Valentina dejó el pan sobre la mesa.
—Mamá...
—¿Tiene que ver con Alejandro?
Valentina bajó la mirada.
Su madre no necesitó más.
—Dios mío...
—No quiero que tengas miedo.
—¿Cómo quieres que no tenga miedo? —preguntó su madre—. Ese muchacho pertenece a una familia que tiene más dinero del que nosotros podríamos imaginar.
—Alejandro no es como ellos.
—Quizá él no.
Su madre respiró profundamente.
—Pero su familia sí.
Valentina se sentó.
—Yo lo amo.
Su madre la observó en silencio.
—Lo sé.
Aquella respuesta sorprendió a Valentina.
—¿Lo sabes?
—Una madre se da cuenta.
Valentina sonrió débilmente.
—¿Estás enojada conmigo?
—No.
Su madre tomó sus manos.
—Estoy preocupada.
—¿Por qué?
—Porque tú todavía eres muy joven y él también. Ustedes creen que el amor puede vencer cualquier cosa.
Valentina bajó la cabeza.
—¿Y no puede?
Su madre tardó unos segundos en responder.
—El amor puede ser muy fuerte, hija.
La abrazó.
—Pero hay personas capaces de hacer mucho daño cuando sienten que están perdiendo el control.
Valentina cerró los ojos.
En ese momento escucharon un ruido en la puerta.
—¡Ya llegué!
Era su hermano menor.
Entró corriendo con la mochila colgada de un solo hombro.
—¡Tengo hambre!
Su madre suspiró.
—Primero quítate los zapatos.
—¡Pero tengo hambre!
—Los zapatos.
—¡Pero mamá!
Valentina soltó una carcajada.
—Hazle caso.
El niño la señaló.
—Tú no mandas.
—Soy tu hermana mayor.
—Y yo soy más rápido.
—Eso no tiene sentido.
—Sí tiene.
El niño salió corriendo.
Valentina lo siguió.
—¡Regresa aquí!
—¡No!
Su madre comenzó a reír.
Por unos minutos, la preocupación desapareció.
Pero solo por unos minutos.
Mientras tanto, Alejandro estaba en el taller.
Tenía las manos llenas de grasa y estaba intentando reparar una pieza que Don Ernesto había dejado sobre la mesa.
—Más despacio —le indicó el hombre.
—Estoy intentando.
—No parece.
—Estoy concentrado.
—Entonces deja de mirar la puerta cada treinta segundos.
Alejandro levantó la cabeza.
—No estoy mirando la puerta.
Don Ernesto señaló hacia ella.
—La acabas de mirar.
Alejandro hizo una mueca.
—Estoy esperando a alguien.
—¿A Valentina?
—Sí.
—Ah.
Don Ernesto continuó trabajando.
—¿Y qué te preocupa?
—Nada.
—Entonces tienes la misma enfermedad que todos los enamorados.
Alejandro sonrió.
—¿Cuál?
—Dicen "nada" cuando en realidad tienen un problema del tamaño de una montaña.
Alejandro soltó una pequeña risa.
—Mi padre está detrás de esto.
Don Ernesto dejó la herramienta.
—¿Qué hizo ahora?
—No lo sé.
Alejandro tomó su teléfono.
No tenía mensajes de Valentina.
La llamó.
Una vez.
No contestó.
Volvió a llamar.
Nada.
La preocupación comenzó a crecer.
—Algo pasó.