Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 10. El hombre que quería comprarlo todo

La mañana comenzó demasiado tranquila.

Y eso, para Alejandro, era precisamente lo preocupante.

Después de lo ocurrido el día anterior, había pasado la noche pensando en el hombre que había visitado a Valentina.

No había podido dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de aquella persona.

"Hay personas que deberían aprender a mantenerse alejadas."

Alejandro conocía perfectamente a su padre.

Sabía que no era una amenaza vacía.

Por eso, apenas amaneció, tomó una decisión.

Tenía que hablar con él.

—¿Vas a desayunar?

Alejandro se detuvo en la entrada del comedor.

Su madre estaba sentada frente a una taza de café.

—No tengo hambre.

—Tienes que comer.

—Mamá...

Ella levantó la mirada.

—Sé que estás preocupado.

Alejandro se sentó.

—Papá está haciendo algo contra Valentina.

Su madre guardó silencio.

—¿Estás segura de que no sabes nada?

—No.

—Mamá.

—Alejandro, yo...

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—Tu padre está muy molesto.

—Eso ya lo sé.

—Nunca lo había visto así.

Alejandro soltó una risa amarga.

—Porque por primera vez no puede comprar lo que quiero.

Su madre lo miró con tristeza.

—No lo provoques.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que abandone a Valentina?

—Quiero que estés a salvo.

—¿Y ella?

Su madre no respondió.

Alejandro se levantó.

—Voy a hablar con él.

—Alejandro.

Él se detuvo.

—Ten cuidado.

—Siempre lo tengo.

Su madre sonrió tristemente.

—Eso mismo decías cuando eras niño.

Alejandro salió.

La oficina de su padre estaba en el último piso de la mansión.

Alejandro entró sin tocar.

Su padre levantó la mirada.

—Sabía que vendrías.

—Entonces sabes por qué estoy aquí.

—Por la muchacha.

—Por Valentina.

El hombre cerró lentamente un documento.

—¿Qué quieres?

—Que dejes a su familia en paz.

Su padre sonrió.

—¿Y qué me darás a cambio?

Alejandro lo miró incrédulo.

—¿En serio?

—Los negocios funcionan con intercambios.

—Esto no es un negocio.

—Todo tiene un precio.

Alejandro apretó los puños.

—Yo no.

Su padre se levantó.

—Te equivocas.

Caminó hasta una ventana.

—Tu educación, tu universidad, tu casa, tus cuentas, tu futuro... todo tiene un valor.

—No quiero nada de eso.

—¿Estás dispuesto a renunciar a todo?

—Sí.

Su padre se volvió.

—¿Incluso a tu familia?

Alejandro no respondió inmediatamente.

—No estoy renunciando a mi familia.

—Ya lo hiciste.

—No.

—Desde que decidiste vivir como un trabajador cualquiera, humillarte en un taller y perseguir a una muchacha sin futuro, dejaste de comportarte como un Montenegro.

Alejandro sintió que la sangre le hervía.

—No vuelvas a hablar de ella así.

—¿Por qué? ¿Porque es pobre?

—Porque es mejor persona que muchos de nosotros.

El silencio llenó la habitación.

Su padre lo miró fijamente.

—Te estás enamorando de una fantasía.

—No.

Alejandro sonrió.

—Me estoy enamorando de la primera persona que me quiso sin saber cuánto dinero tenía.

Su padre dio un golpe sobre el escritorio.

—¡Basta!

Alejandro ni siquiera retrocedió.

—No vas a separarnos.

Su padre respiró profundamente.

—Ya veremos.

Alejandro salió.

Pero antes de cerrar la puerta escuchó:

—Hijo.

Se detuvo.

—Todavía estás a tiempo.

Alejandro no se volvió.

—No.

Y cerró la puerta.

Horas después, Alejandro recibió una llamada.

Era Valentina.

—Hola.

Su voz sonaba diferente.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No me mientas.

Ella guardó silencio.

—Alejandro...

—¿Qué pasó?

—Mi mamá recibió una llamada del banco.

Él se tensó.

—¿Qué dijeron?

—Que nuestra deuda debía pagarse inmediatamente.

—¿Cuánto?

Valentina le dijo la cantidad.

Alejandro se quedó callado.

Era una suma que su familia podía pagar sin siquiera notarlo.

Pero para la familia de Valentina era prácticamente imposible.

—¿Qué van a hacer?

—No sabemos.

—Voy para allá.

—No.

—Valentina.

—No quiero que te enfrentes con tu familia otra vez.

—Esto ya no es solamente mi familia.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

Colgó.

Alejandro se quedó mirando el teléfono.

Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Su padre estaba empezando a apretar el cerco.

Cuando llegó a la casa de Valentina, encontró a su madre revisando varios documentos.

—Señora...

Ella levantó la mirada.

—Alejandro.

—¿Puedo verlos?

La mujer dudó.

Finalmente le entregó los papeles.

Alejandro los leyó.

—Esto es extraño.

—¿Qué?

—La deuda no vencía todavía.

—Eso mismo nos dijeron.

—Entonces alguien exigió el pago anticipado.

Valentina apareció detrás de él.

—¿Puedes ayudarnos?

Alejandro levantó la mirada.

—Sí.

Valentina frunció el ceño.

—¿Cómo?

Alejandro dudó.

—Puedo conseguir el dinero.

La expresión de Valentina cambió inmediatamente.

—No.

—Valentina...

—No quiero tu dinero.

—No es para ti.

—Es lo mismo.

—¡No!

Alejandro dejó los documentos sobre la mesa.

—No quiero comprarte.

Ella lo miró.

—Pero tu padre sí quiere.

Alejandro se quedó callado.

La madre de Valentina observó a ambos.

—Quizá debemos hablar.

Valentina asintió.

Su madre tomó aire.

—Alejandro, tú eres un buen muchacho.

—Gracias.

—Pero nuestra situación es complicada.

—Lo sé.

—Y no quiero que mi hija termine pagando las consecuencias de una guerra entre familias.




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