Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 11. El descubrimiento

El parque estaba casi vacío aquella tarde.

El cielo comenzaba a teñirse de naranja mientras Valentina caminaba de un lado a otro, esperando.

No dejaba de mirar el reloj.

Habían pasado apenas diez minutos.

Para ella parecían horas.

Tenía el documento dentro de su bolso y sentía que pesaba como una piedra.

La casa de su familia estaba en peligro.

Su madre intentaba aparentar tranquilidad.

Su hermano menor todavía no entendía lo que ocurría.

Y Alejandro...

Alejandro seguramente intentaría solucionarlo.

Ese era precisamente su miedo.

—¡Valentina!

Ella levantó la mirada.

Alejandro venía corriendo.

—Perdón.

—¿Por qué corriste?

—Porque dijiste que era urgente.

—Lo es.

Él se acercó.

—¿Qué pasó?

Valentina sacó el documento.

—Esto.

Alejandro lo tomó.

Leyó.

Su expresión cambió.

—¿Quién compró la deuda?

—No lo sé.

Alejandro volvió a leer.

—Esto no es una operación normal.

—Eso pensé.

—Necesito revisar esto.

—¿Puedes?

—Sí.

Alejandro sacó su teléfono.

Hizo una llamada.

—Necesito que investigues una operación financiera.

Valentina lo miró.

—¿A quién llamaste?

—A alguien de confianza.

—¿De tu familia?

Alejandro dudó.

—No exactamente.

Ella cruzó los brazos.

—Alejandro.

—Es un abogado que conozco.

—¿Trabaja para los Montenegro?

—Antes sí.

Valentina abrió los ojos.

—¿Antes?

—Dejó de trabajar con mi padre hace algunos años.

Ella respiró profundamente.

—Está bien.

Alejandro continuó hablando por teléfono.

—Sí. Necesito saber quién adquirió esta deuda y cuándo.

Esperó.

—Sí.

Colgó.

—¿Cuánto tardará?

—Me dijo que me llamará en unos minutos.

Valentina se sentó.

Alejandro se sentó junto a ella.

Durante algunos segundos ninguno habló.

—Tengo miedo —admitió ella.

Alejandro la miró.

—No voy a dejarte sola.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que intentas protegerme, tu familia hace algo peor.

Alejandro bajó la mirada.

—Lo sé.

—No quiero que pierdas todo por mí.

—No voy a perderte por ellos.

Valentina lo observó.

—¿Y si tienes que elegir?

Alejandro respondió inmediatamente:

—Te elegiría.

—No sabes lo que significa.

—Sí.

—Podrías perder tu apellido.

—No me importa.

—Tu dinero.

—Tampoco.

—Tu familia.

Alejandro guardó silencio.

Aquella pregunta era diferente.

Valentina lo miró con tristeza.

—Eso sí te dolería.

Él respiró profundamente.

—Sí.

Ella bajó la mirada.

—No quiero ser la razón por la que pierdas a tu familia.

—Tú no eres la razón.

Alejandro tomó su mano.

—La razón es que mi padre cree que puede decidir por mí.

Valentina entrelazó sus dedos con los de él.

—Tengo una idea.

—¿Cuál?

—Podríamos alejarnos.

Alejandro soltó su mano.

—No.

—Escúchame.

—No.

—Solo temporalmente.

—No.

—Hasta que todo se calme.

—No quiero que se calme sin ti.

Valentina sonrió con tristeza.

—Eres muy terco.

—Tú también.

—Lo sé.

Alejandro sonrió.

—Por eso me gustas.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

—No es momento para bromear.

—Yo bromeo cuando estoy nervioso.

—Pues estás nervioso todo el tiempo.

—Especialmente cuando estás enojada.

Valentina soltó una pequeña carcajada.

—Idiota.

—Tu idiota.

Ella negó con la cabeza.

Pero la sonrisa no duró mucho.

El teléfono de Alejandro sonó.

Era su abogado.

—¿Sí?

Escuchó.

Su rostro comenzó a cambiar.

—¿Estás seguro?

Silencio.

—Entiendo.

Colgó.

Valentina se levantó.

—¿Quién fue?

Alejandro la miró.

—Ya sé quién compró la deuda.

—¿Quién?

Él tardó unos segundos en responder.

—Mi padre.

Valentina cerró los ojos.

—Lo sabía.

—No.

—¿Qué?

—Esto no fue lo único que hizo.

Alejandro le mostró el teléfono.

—Compró la deuda esta mañana.

Valentina palideció.

—¿Y eso qué significa?

—Que ahora puede exigir el pago cuando quiera.

—Entonces...

—También puede iniciar un proceso para quedarse con la propiedad si no pagamos.

Valentina se llevó una mano al pecho.

—Mi casa.

Alejandro asintió.

—Sí.

Ella comenzó a caminar.

—No.

—Valentina...

—No puede hacer esto.

—Lo sé.

—¡No puede!

Alejandro la tomó suavemente por los hombros.

—Voy a solucionarlo.

—¿Cómo?

—Hablaré con él.

—Ya hablaste con él.

—Entonces volveré a hacerlo.

—No servirá.

—Tiene que servir.

Valentina lo miró.

—¿Y si no?

Alejandro no respondió.

Esa noche, Alejandro llegó a la mansión Montenegro furioso.

Entró directamente a la oficina de su padre.

—¡Devuelve la deuda!

Su padre ni siquiera levantó la cabeza.

—Buenas noches, hijo.

—No estoy jugando.

—Yo tampoco.

Alejandro dejó el documento sobre el escritorio.

—¿Por qué hiciste esto?

Su padre finalmente lo miró.

—Porque puedo.

—¡Esa familia no te ha hecho nada!

—Me ha quitado algo.

—¿Qué?

—A mi hijo.

Alejandro apretó los dientes.

—Yo no soy una propiedad.

—Mientras vivas bajo mi techo...

—¡Ya no vivo bajo tus reglas!

Su padre se levantó.

—Entonces demuéstralo.

—¿Qué quieres?

—Que termines con ella.

Alejandro se quedó quieto.

—No.

—Entonces perderán la casa.

—Pagaré la deuda.

Su padre sonrió.

—¿Con qué dinero?




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