Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 12. Una amenaza disfrazada de consejo

Valentina permaneció inmóvil frente a la puerta.

La mujer que tenía delante era elegante, serena y parecía incapaz de levantar la voz.

Pero Valentina sabía perfectamente quién era.

La madre de Alejandro.

La mujer que pertenecía a la familia que estaba poniendo en peligro a los suyos.

—¿Puedo pasar? —preguntó ella.

Valentina dudó.

—Sí.

La mujer entró.

Miró alrededor.

La casa era pequeña, sencilla y completamente diferente a la mansión Montenegro.

No había cuadros costosos ni muebles lujosos.

Solo fotografías familiares, algunos juguetes de su hermano y una mesa donde todavía quedaban los restos del desayuno.

La madre de Alejandro observó todo en silencio.

—Es un hogar bonito.

Valentina cruzó los brazos.

—¿Por qué vino?

La mujer la miró.

—Porque eres importante para mi hijo.

Valentina sintió un pequeño estremecimiento.

—Entonces debería hablar con él.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—No quiere escucharme.

Valentina bajó la mirada.

—Alejandro es así.

—Lo sé.

La mujer suspiró.

—Y por eso estoy aquí.

Valentina señaló una silla.

—Siéntese.

La madre de Alejandro tomó asiento.

—No vengo a amenazarte.

Valentina soltó una pequeña sonrisa amarga.

—Eso ya lo hicieron otras personas.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué quiere?

La mujer la miró directamente.

—Quiero que entiendas algo antes de que sea demasiado tarde.

Valentina permaneció en silencio.

—Mi esposo no va a detenerse.

La joven sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué significa eso?

—Significa exactamente lo que escuchaste.

—¿La deuda?

—Es solo el principio.

Valentina apretó las manos.

—¿Qué más puede hacer?

La mujer respiró profundamente.

—Puede quitarles la casa.

—Ya lo sé.

—Puede hacer que la deuda de tu madre aumente.

Valentina levantó la mirada.

—¿Cómo?

—Tiene abogados, contactos y recursos.

La mujer hizo una pausa.

—Y puede encontrar problemas donde antes no existían.

Valentina sintió frío.

—¿Está diciendo que puede inventar algo contra mi familia?

—Estoy diciendo que mi esposo tiene suficiente poder para hacerles la vida imposible.

Valentina tragó saliva.

—¿Y usted?

—Yo no puedo detenerlo.

—Pero es su esposa.

—Sí.

—Entonces ayúdeme.

La mujer bajó la mirada.

—Estoy intentando hacerlo.

Valentina se quedó callada.

—¿Cómo?

La respuesta tardó en llegar.

—Alejándote de Alejandro.

El silencio fue absoluto.

Valentina sintió que el pecho le dolía.

—No.

—Escúchame.

—No.

—Valentina...

—No voy a dejarlo.

La madre de Alejandro la miró con tristeza.

—Yo dije exactamente lo mismo cuando era joven.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que el amor podía vencerlo todo.

—¿Y no es así?

—Ojalá.

La mujer tomó aire.

—Pero algunas personas no luchan limpiamente.

Valentina bajó la mirada.

—Yo lo amo.

—Lo sé.

—Él me ama.

—También lo sé.

—Entonces debería ayudarme a luchar.

La mujer cerró los ojos por unos segundos.

—Quiero hacerlo.

—Entonces hágalo.

—Pero si lo hago, mi esposo podría destruirlos.

Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Qué quiere que haga?

La respuesta fue suave.

—Que hagas que Alejandro deje de luchar por ti.

Valentina se quedó paralizada.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

—Tendrás que hacerlo.

—¿Por qué?

La madre de Alejandro sacó un sobre de su bolso.

Lo colocó sobre la mesa.

—Porque dentro están los documentos de la deuda de tu familia.

Valentina miró el sobre.

—¿Qué significa?

—Si decides alejarte de Alejandro, la deuda será liquidada.

Valentina abrió los ojos.

—¿Usted pagaría nuestra deuda?

—Yo no.

La mujer negó.

—Mi esposo.

Valentina sintió una mezcla de rabia y desesperación.

—¿Y si digo que no?

—Entonces la deuda seguirá.

—Eso es chantaje.

—Sí.

La mujer bajó la mirada.

—Lo sé.

Valentina no pudo contener las lágrimas.

—¿Cómo puede pedirme que deje al hombre que amo?

—Porque soy madre.

Valentina la miró confundida.

—¿Qué?

—Porque sé lo que significa ver sufrir a un hijo.

La mujer se levantó.

—Y porque sé que mi esposo es capaz de destruir a Alejandro si esto continúa.

Valentina negó con la cabeza.

—No.

—Piensa en tu madre.

—No.

—Piensa en tu hermano.

Valentina cerró los ojos.

—Por favor...

—No tienes que responderme ahora.

La mujer tomó el bolso.

—Pero tendrás que hacerlo pronto.

Antes de salir, se detuvo.

—Y hay algo más.

Valentina levantó la mirada.

—¿Qué?

—Si decides alejarte de Alejandro, no bastará con decirle que ya no lo amas.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

La mujer la miró con tristeza.

—Tendrás que convencerlo.

Y salió.

Valentina quedó sola.

Una hora después, Alejandro llegó.

—¡Valentina!

Ella estaba sentada en la sala.

No levantó la mirada.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Alejandro se acercó.

—Mi madre estuvo aquí.

Valentina levantó lentamente los ojos.

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Hablamos.

—¿Sobre qué?

Valentina guardó silencio.

Alejandro se arrodilló frente a ella.

—Mírame.

Ella lo hizo.

—No voy a permitir que te hagan daño.

Valentina sintió que el corazón se le rompía.

—Alejandro...

—Voy a conseguir el dinero.

—¿Cómo?

—Trabajando.

—No será suficiente.

—Encontraré otra forma.

—¿Y si no?




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