Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 14. La promesa bajo la lluvia

Habían pasado dos semanas desde aquella tarde en el parque.

Dos semanas desde que Alejandro había escuchado las palabras que todavía se repetían en su cabeza.

"No te amo."

Dos semanas desde que Valentina había dicho que amaba a Daniel.

Dos semanas desde que Alejandro había dejado de ser el mismo.

Pero aquella mañana decidió verla una última vez.

No para pedirle que regresara.

No para discutir.

Solo necesitaba despedirse.

Había algo dentro de él que se negaba a aceptar que todo terminara de aquella manera.

Valentina caminaba hacia su escuela cuando vio a Alejandro al otro lado de la calle.

Se quedó paralizada.

Él estaba apoyado contra un automóvil.

Parecía diferente.

Más serio.

Más distante.

Cuando sus miradas se encontraron, ninguno se movió.

Finalmente, Alejandro cruzó la calle.

—Hola.

Valentina tragó saliva.

—Hola.

—¿Podemos hablar?

Ella dudó.

—Sí.

Caminaron hasta una pequeña plaza cercana.

Ninguno sabía qué decir.

Finalmente Alejandro se sentó.

—No vine a pedirte que regreses.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

—Entonces ¿por qué viniste?

—Porque necesito cerrar esto.

Ella bajó la mirada.

—Está bien.

Alejandro respiró profundamente.

—Quiero hacerte una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Alguna vez fui importante para ti?

Valentina sintió que el corazón se le rompía.

—Sí.

Alejandro la miró sorprendido.

—¿Sí?

—Fuiste importante.

—Pero no me amabas.

Valentina bajó la mirada.

—No.

Mentira.

Alejandro sonrió con tristeza.

—Sabes qué es lo peor.

—¿Qué?

—Que todavía quiero creer que estás mintiendo.

Valentina sintió que las lágrimas estaban a punto de salir.

—No estoy mintiendo.

Alejandro asintió lentamente.

—Está bien.

Sacó algo de su bolsillo.

Era una pequeña pulsera.

La misma que Valentina le había regalado.

—Te la iba a devolver.

Valentina la miró.

—No.

—¿No?

—Quédate con ella.

Alejandro negó.

—Ya no puedo.

Le extendió la mano.

Valentina tomó la pulsera.

Sus dedos se rozaron.

Ambos sintieron el mismo dolor.

Alejandro retiró la mano rápidamente.

—Espero que seas feliz.

Valentina apretó la pulsera.

—Tú también.

—Lo intentaré.

Se puso de pie.

Valentina lo observó.

Cada paso que él daba parecía alejarla de la vida que había imaginado.

—Alejandro.

Él se detuvo.

Ella quiso decir:

"Te amo."

Pero dijo:

—Cuídate.

Alejandro se volvió.

—Tú también.

Y se marchó.

Valentina esperó hasta que desapareció.

Entonces se derrumbó.

La lluvia comenzó pocos minutos después.

Valentina seguía sentada en la banca.

No se movía.

Las gotas comenzaron a mojarle el cabello.

La ropa.

El rostro.

Pero no le importaba.

—¡Valentina!

Daniel llegó corriendo con un paraguas.

—¡¿Qué haces aquí?!

Ella no respondió.

Daniel se sentó junto a ella.

—Te vas a enfermar.

—No me importa.

—Sí te importa.

—Ya no sé qué me importa.

Daniel la cubrió con el paraguas.

—Lo amas.

Valentina cerró los ojos.

—Más que a mi vida.

—Entonces algún día tendrás que decírselo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si lo hago, todo habrá sido inútil.

Daniel suspiró.

—Esto es cruel.

—Lo sé.

—Para los dos.

—Lo sé.

—¿Estás segura de que quieres seguir?

Valentina miró la pulsera.

—Sí.

Una lágrima se mezcló con la lluvia.

—Tengo que hacerlo.

Alejandro caminaba bajo la lluvia.

No llevaba paraguas.

No le importaba.

Solo quería llegar al taller.

Cuando entró, Don Ernesto lo miró.

—¿Qué pasó?

Alejandro se quitó la chaqueta mojada.

—Me despedí.

Don Ernesto entendió.

—¿Definitivamente?

Alejandro asintió.

—Sí.

—¿Y estás seguro?

—No.

Don Ernesto suspiró.

—Entonces quizá todavía...

—No.

Alejandro lo interrumpió.

—Ella ama a otro.

Don Ernesto permaneció en silencio.

—¿Te lo dijo?

—Sí.

—¿Y le creíste?

Alejandro levantó la mirada.

—Quiero dejar de quererla.

Don Ernesto se acercó.

—Eso no funciona así.

—¿Entonces qué hago?

—Aprender a vivir con ello.

Alejandro soltó una risa triste.

—No quiero.

—Nadie quiere.

Esa noche, Alejandro regresó a la mansión.

Su madre lo esperaba.

—¿La viste?

—Sí.

—¿Y?

—Terminamos definitivamente.

Su madre sintió tristeza.

—Hijo...

—No quiero hablar.

—Está bien.

Alejandro comenzó a subir las escaleras.

—Alejandro.

Él se detuvo.

—¿Sí?

—Algún día entenderás por qué hice ciertas cosas.

Alejandro se volvió.

—¿Tú también participaste?

Su madre quedó en silencio.

Él la miró fijamente.

—¿Mamá?

—Yo...

—¿Sabías lo que papá estaba haciendo?

Ella no pudo responder.

Alejandro sintió una mezcla de rabia y decepción.

—Entonces todos lo sabían.

—No quería hacerte daño.

—Pero lo hicieron.

Su madre comenzó a llorar.

—Perdóname.

Alejandro negó con la cabeza.

—No puedo.

Subió las escaleras.

Al día siguiente, Alejandro tomó una decisión.

Dejaría el taller.

Don Ernesto lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Necesito irme.

—¿A dónde?

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Necesito comenzar de nuevo.

Don Ernesto lo observó durante unos segundos.

—¿Y qué harás?

—Trabajar.

—¿Dónde?

—En cualquier lugar.

Don Ernesto sonrió.




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