Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 15. El precio de protegerlos

Doce años.

Doce años habían pasado desde aquella tarde bajo la lluvia.

Doce años desde que Valentina había visto a Alejandro alejarse creyendo que ella había dejado de amarlo.

Doce años desde que él había decidido que nunca volvería a confiar en ella.

Y ahora estaban a pocos metros de distancia.

Sin saber todavía que el destino acababa de abrir una puerta que ambos habían intentado mantener cerrada.

Valentina salió del ascensor.

Llevaba un traje sencillo, una carpeta contra el pecho y el cabello recogido.

Había cambiado.

Ya no era aquella adolescente que se escondía detrás de su madre cuando tenía miedo.

Ahora era una mujer segura de sí misma.

O al menos eso intentaba aparentar.

—¿Señorita Valentina?

Una mujer de Recursos Humanos se acercó.

—Sí.

—Soy Laura. La acompañaré con el señor Montenegro.

Valentina sintió que el corazón comenzaba a latirle demasiado rápido.

—¿Es necesario que lo vea personalmente?

Laura sonrió.

—Es su secretaria.

—Ah.

—Supongo que querrá conocerlo.

Valentina tragó saliva.

—Claro.

Caminaron por un pasillo.

Cada paso parecía acercarla a un pasado que había intentado enterrar.

Finalmente llegaron frente a una puerta.

Laura tocó.

—Adelante.

La voz masculina que respondió hizo que Valentina se quedara completamente quieta.

Era él.

Más grave.

Más segura.

Pero era él.

Alejandro.

Laura abrió la puerta.

—Señor Montenegro, ella es Valentina. La nueva secretaria ejecutiva.

Alejandro levantó la mirada.

Y el mundo se detuvo.

Durante unos segundos ninguno respiró.

Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Alejandro dejó lentamente el documento que tenía en las manos.

—Valentina...

Ella bajó la mirada.

—Señor Montenegro.

Aquellas dos palabras lo golpearon.

Señor Montenegro.

No Alejandro.

No el muchacho que alguna vez había amado.

No su niño rico.

Solo...

Señor Montenegro.

Laura miró a ambos.

—¿Se conocen?

Alejandro respondió inmediatamente:

—Sí.

Valentina dijo al mismo tiempo:

—No.

Silencio.

Laura parpadeó.

—¿Sí o no?

Alejandro la miró.

—Nos conocimos hace muchos años.

Valentina apretó la carpeta.

—Fue hace mucho tiempo.

Laura sonrió.

—Bueno... supongo que eso facilitará el trabajo.

No tenía idea de cuánto se equivocaba.

—Puede retirarse, Laura.

—Claro, señor.

La puerta se cerró.

Alejandro y Valentina quedaron solos.

Silencio.

Ninguno sabía qué decir.

Finalmente Alejandro se levantó.

—No esperaba verte aquí.

Valentina respondió suavemente:

—Yo tampoco esperaba volver a encontrarte.

—¿Por qué aceptaste el puesto?

Ella lo miró.

—Necesitaba trabajo.

—Podrías haber trabajado en cualquier otra empresa.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué aquí?

Valentina respiró profundamente.

—Porque necesitaba una oportunidad.

Alejandro la observó.

—¿Y no encontraste otra?

Ella negó.

—No.

Alejandro sonrió sin humor.

—Sigues siendo igual.

Valentina sintió una punzada.

—¿Igual a qué?

—A alguien que siempre tiene una explicación.

Ella apretó la carpeta.

—Vine a trabajar.

—Eso espero.

Alejandro se acercó al escritorio.

—Aquí no eres mi pasado.

Valentina levantó la mirada.

—Lo sé.

—Eres mi secretaria.

—Lo sé.

—Y espero profesionalismo.

Ella asintió.

—Lo tendrás.

Alejandro se sentó.

—Bien.

Valentina se giró para salir.

—Valentina.

Ella se detuvo.

—¿Sí?

Alejandro la miró durante unos segundos.

—¿Daniel está bien?

El corazón de Valentina dio un salto.

—Sí.

Alejandro sonrió con amargura.

—Me alegra.

Ella entendió inmediatamente.

Él todavía pensaba en Daniel.

Todavía creía que se había ido con él.

—Daniel está bien —respondió.

Alejandro bajó la mirada.

—Eso es todo.

Valentina salió.

Cuando la puerta se cerró, Alejandro se quedó inmóvil.

Miró hacia ella.

—Después de doce años...

Se pasó una mano por el rostro.

—¿Por qué sigues afectándome?

Valentina llegó a su escritorio.

Se sentó.

Respiró profundamente.

—Estoy bien.

La mujer de Recursos Humanos, que todavía estaba cerca, la miró.

—¿Seguro?

—Sí.

—Parecía que acababas de ver un fantasma.

Valentina sonrió nerviosamente.

—Algo así.

—Bueno, bienvenida a Montenegro Corporation.

—Gracias.

Laura señaló varios documentos.

—Estos son los pendientes del señor Montenegro.

Valentina los miró.

Eran aproximadamente veinte carpetas.

—¿Todo esto es para hoy?

—Sí.

Valentina abrió los ojos.

—¿Él duerme?

Laura soltó una carcajada.

—A veces.

—¿Come?

—Cuando se acuerda.

—¿Tiene personalidad?

Laura la miró.

—No estoy segura.

Valentina sonrió.

—Perfecto.

—¿Por qué?

—Porque creo que ya sé cómo tratarlo.

Una hora después, Alejandro salió de su oficina.

—Necesito el informe de la reunión de las diez.

Valentina levantó la mirada.

—Está aquí.

Se lo entregó.

—Y el contrato de la empresa española.

—Aquí.

—El informe financiero.

—También.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Ya organizaste todo?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Mientras usted estaba ocupado mirándome como si hubiera visto un fantasma.

Alejandro se quedó callado.

Valentina se dio cuenta de lo que había dicho.

—Lo siento.

—No importa.

Tomó los documentos.

—Necesito café.

—¿Con azúcar?




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