Alejandro no consiguió concentrarse durante el resto de la tarde.
Tenía una reunión con inversionistas.
Tres contratos importantes esperando su firma.
Una presentación que debía revisar.
Y, sin embargo, su mente regresaba una y otra vez a la misma escena.
Valentina abrazando a Daniel.
—¡Qué estupidez! —murmuró.
Se levantó de su escritorio y caminó hasta la ventana.
Había pasado doce años construyendo aquella vida.
Doce años levantándose temprano.
Trabajando hasta la madrugada.
Creando una empresa que ya no dependía del apellido Montenegro.
Había conseguido exactamente lo que se había propuesto.
Dinero.
Poder.
Independencia.
Respeto.
Todo.
Excepto olvidar a una muchacha que había decidido abandonarlo.
Y ahora ella estaba otra vez frente a él.
En su oficina.
Respirando el mismo aire.
Mirándolo con aquellos ojos que seguían siendo capaces de desordenarle la cabeza.
Alejandro cerró los ojos.
—No voy a caer otra vez.
Al otro lado de la puerta, Valentina revisaba documentos.
Intentaba trabajar como si nada hubiera sucedido.
Pero cada vez que levantaba la mirada veía la puerta de Alejandro.
Y recordaba su expresión.
Sobre todo cuando Daniel la abrazó.
—Qué mal momento... —susurró.
Daniel seguía siendo el mismo de siempre.
Divertido.
Leal.
Y exageradamente protector.
Pero ahora tenía una familia propia.
Camila.
La mujer que había sido su novia desde aquellos años y que finalmente se había convertido en su esposa.
Daniel nunca había tenido sentimientos románticos por Valentina.
Y Valentina jamás los había tenido por él.
Todo había sido una mentira.
Una mentira creada para salvar vidas.
Pero Alejandro nunca lo supo.
Y ese era el problema.
A las seis de la tarde, Valentina recibió un mensaje.
Daniel:
"Tenemos que hablar. Camila quiere verte."
Valentina respondió:
"¿Pasó algo?"
La respuesta llegó inmediatamente.
"No por mensaje."
Valentina suspiró.
Guardó el teléfono.
En ese momento Alejandro salió de su oficina.
—¿Ya terminaste?
—Sí.
—Necesito que vengas conmigo.
—¿A dónde?
—A una cena de negocios.
Valentina abrió los ojos.
—¿Yo?
—Eres mi secretaria.
—Pensé que las secretarias organizaban las cenas, no asistían.
—Hoy asistirás.
Ella tomó su bolso.
—Está bien.
Alejandro comenzó a caminar.
—Y ponte algo formal.
Valentina lo miró.
—Esto es formal.
—No para esa cena.
Ella levantó una ceja.
—¿Y qué se supone que debo ponerme?
Alejandro se detuvo.
La miró de arriba abajo.
Demasiado tiempo.
Valentina se cruzó de brazos.
—¿Qué?
Él apartó la mirada.
—Algo elegante.
—¿Más elegante que esto?
—Sí.
—¿Como qué?
Alejandro respondió sin pensar:
—Un vestido.
Silencio.
Valentina sonrió.
—¿Me está dando órdenes sobre mi ropa?
—Como tu jefe.
—Qué conveniente.
Alejandro frunció el ceño.
—A las ocho.
Y regresó a su oficina.
Valentina sonrió.
—Sigue siendo insoportable.
A las ocho en punto, Valentina apareció.
Alejandro estaba esperando en el vestíbulo.
Y cuando la vio...
se quedó completamente quieto.
Valentina llevaba un vestido sencillo y elegante.
Nada exagerado.
Pero suficiente para hacer que Alejandro olvidara durante unos segundos lo que iba a decir.
Ella se acercó.
—¿Está bien?
Alejandro tardó demasiado en responder.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces podemos irnos.
Él asintió.
—Vamos.
En el camino ninguno habló.
Hasta que Alejandro preguntó:
—¿Daniel vino por ti?
Valentina lo miró.
—¿Por qué?
—Porque apareció en la oficina.
—Sí.
—¿Es tu pareja?
Valentina se quedó en silencio.
Alejandro apretó el volante.
—No tienes que responder.
—No.
Él la miró brevemente.
—¿No?
—Daniel no es mi pareja.
Alejandro sintió algo parecido al alivio.
Pero inmediatamente recordó que ella había dicho lo contrario doce años atrás.
—Entonces, ¿qué es?
Valentina miró por la ventana.
—Alguien importante para mí.
Aquella respuesta volvió a dolerle.
—Entiendo.
No dijo nada más.
La cena fue complicada.
Alejandro intentaba concentrarse en los inversionistas.
Pero cada vez que alguien hablaba con Valentina, él miraba.
Un empresario joven se acercó a ella.
—¿Es usted nueva en la empresa?
—Sí.
—Entonces debería dejarme invitarla a cenar algún día.
Valentina sonrió educadamente.
—Gracias, pero no.
Alejandro intervino.
—Ella está ocupada.
El hombre lo miró.
—¿Disculpe?
—Tiene trabajo.
Valentina lo miró sorprendida.
—Puedo responder sola.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Lo sé.
El empresario se retiró.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Está celoso?
Alejandro casi se atragantó con el agua.
—No.
—Pareció celos.
—Fue trabajo.
—Claro.
—Valentina.
—Alejandro.
Ambos se quedaron mirándose.
Hacía años que nadie lo llamaba así.
Y aquella simple palabra le produjo un extraño estremecimiento.
—No vuelvas a llamarme así —dijo.
Valentina bajó la mirada.
—Está bien, señor Montenegro.
Él sintió que acababa de cometer un error.
—No era eso lo que...
—No importa.
Al terminar la cena, Alejandro la llevó de regreso.
Cuando llegaron frente a su casa, Valentina abrió la puerta.
—Gracias.
—Espera.
Ella se volvió.