Alejandro permaneció toda la noche frente a los documentos.
No podía apartar la mirada.
Había una transferencia.
Una deuda.
Un nombre.
Y, sobre todo, una fecha.
Todo había ocurrido poco después de su separación de Valentina.
Su padre había intervenido.
Otra vez.
Alejandro tomó el teléfono.
—Necesito que vengas a mi casa.
Su abogado respondió:
—¿Ahora?
—Ahora.
Una hora después, el abogado llegó.
Alejandro extendió los documentos sobre la mesa.
—Explícame esto.
—La familia de Valentina tenía una deuda considerable.
—Lo sé.
—Y fue liquidada mediante una empresa intermediaria.
—¿Quién era el propietario?
El abogado dudó.
—Una compañía vinculada a su padre.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Estás seguro?
—Los registros apuntan hacia ella.
—¿Y por qué mi padre habría pagado las deudas de la familia de Valentina?
—No lo sé.
Alejandro se levantó.
—Yo sí.
Recordó aquella época.
Las amenazas.
La insistencia de su padre.
La repentina desaparición de Valentina.
La manera en que ella había cambiado de un día para otro.
Y después...
Daniel.
—La obligó.
El abogado no respondió.
—Mi padre la obligó a dejarme.
—No puedo afirmarlo sin pruebas.
Alejandro apretó los puños.
—Pero todo encaja.
—Hay algo más.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Qué?
El abogado sacó otro documento.
—Después de que la deuda fue liquidada, hubo una serie de pagos destinados a la familia de Valentina durante varios meses.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—¿Pagos a cambio de qué?
—Eso no lo sabemos.
—Investígalo.
—Lo haré.
Alejandro se quedó mirando los documentos.
Después tomó su teléfono.
Marcó un número que no había marcado en doce años.
Su padre.
—¿Qué quieres? —preguntó su padre.
—Hablar contigo.
—Estoy ocupado.
—No me importa.
Silencio.
—¿Sobre qué?
Alejandro respiró profundamente.
—Valentina.
Al otro lado hubo una pausa.
—No vuelvas a involucrarte con esa mujer.
Alejandro sintió que la sangre le hervía.
—¿Por qué?
—Porque ya destruyó suficiente.
—¿Qué hiciste?
Su padre no respondió.
—Te estoy preguntando qué hiciste.
—Alejandro...
—¿La amenazaste?
Silencio.
—¿Compraste las deudas de su familia?
Otra pausa.
—Quería protegerte.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿Protegerme?
—Era una muchacha que no pertenecía a nuestro mundo.
—¡No tenías derecho!
—Soy tu padre.
—¡Eso no te daba derecho a destruir mi vida!
Su padre respondió con frialdad:
—Tu vida no terminó.
Alejandro cerró los ojos.
—Para mí sí.
—Después conociste a otras personas.
—No.
—Entonces aprende a hacerlo.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Voy a descubrir toda la verdad.
—No sabes lo que estás buscando.
—Precisamente por eso voy a buscarlo.
Colgó.
Mientras tanto, Valentina estaba en casa.
Sentada frente a una taza de café que ya se había enfriado.
Camila estaba a su lado.
—¿Se lo dijiste?
Valentina asintió.
—Sí.
—¿Lo del compromiso?
—Sí.
Camila hizo una mueca.
—¿Y cómo reaccionó?
Valentina soltó una risa triste.
—Como si le hubiera arrancado el corazón.
Daniel entró en la habitación.
—¿Qué pasó?
Camila lo miró.
—Alejandro ya sabe lo del compromiso.
Daniel se quedó serio.
—¿Y?
—Está destrozado.
Daniel suspiró.
—Esto se está complicando.
Valentina levantó la mirada.
—Tenemos que terminar con esta mentira.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Camila se acercó.
—Vale, si le dices la verdad ahora...
—Lo sé.
—Podría descubrir todo.
—Lo sé.
—Y podría enfrentarse a su familia.
Valentina bajó la cabeza.
—No quiero volver a ponerlos en peligro.
Daniel se sentó frente a ella.
—Pero tampoco puedes seguir destruyendo a Alejandro.
Valentina comenzó a llorar.
—Ya lo destruí una vez.
Daniel negó.
—No.
—Sí.
—No fuiste tú.
—Yo fui quien le dijo que no lo amaba.
—Porque no tenías otra opción.
—Siempre existe otra opción.
Daniel la miró fijamente.
—No cuando alguien amenaza con destruir a tu familia.
Valentina cerró los ojos.
Recordó a su madre.
A su hermano.
La casa.
Las amenazas.
Y a Alejandro.
—Lo amaba tanto...
Camila la abrazó.
—Lo sé.
—Todavía lo amo.
Daniel sonrió tristemente.
—También lo sabemos.
Al día siguiente, Alejandro llegó a la empresa antes que todos.
Valentina estaba entrando cuando él apareció detrás de ella.
—Necesito hablar contigo.
Ella se volvió.
—Claro.
—En privado.
Entraron a su oficina.
Alejandro cerró la puerta.
—¿Por qué?
Valentina frunció el ceño.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué después de doce años todavía necesitas mentirme?
Ella palideció.
—No sé de qué hablas.
—Mi padre pagó las deudas de tu familia.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Lo escuchaste.
—Yo...
—¿Te amenazó?
Valentina no respondió.
—¡Valentina!
Ella retrocedió.
—No puedo.
—¿No puedes qué?
—No puedo hablar de eso.
Alejandro la miró con dolor.
—¿Por qué?
—Porque ya pasó.
—Para mí no.
Ella cerró los ojos.
—Alejandro...
—¿Te obligó a dejarme?
Valentina no pudo responder.
Su silencio fue suficiente.
Alejandro sintió que el mundo se detenía.
—Dios mío...
Se acercó.
—Dime que no.
Valentina comenzó a llorar.