Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 19. Doce años después

La fotografía seguía sobre el escritorio de Alejandro.

Valentina y Daniel.

Juntos.

Sonriendo.

Una imagen que parecía confirmar todo lo que él había intentado olvidar.

Pero ahora había algo diferente.

Una duda.

Una pequeña grieta en una historia que durante doce años había considerado absoluta.

Alejandro tomó nuevamente la fotografía.

—¿Quién envió esto?

No había remitente.

No había explicación.

Solo aquella frase.

"Ella lo eligió a él."

Alejandro apretó la fotografía entre los dedos.

—Ya lo sé.

Pero si realmente lo sabía...

¿por qué seguía doliendo tanto?

Doce años atrás...

Alejandro había abandonado el taller de Don Ernesto con una decisión.

No volvería a mirar atrás.

No volvería a buscar a Valentina.

No volvería a permitir que nadie tuviera poder sobre él.

Durante los primeros meses fue difícil.

Mucho más de lo que había admitido.

Había noches en las que se despertaba pensando que todo había sido una pesadilla.

Entonces recordaba la realidad.

Valentina había elegido a otro.

Eso era lo que se repetía.

Una y otra vez.

Hasta convertirlo en una verdad.

Comenzó a estudiar con mayor determinación.

Trabajó.

Aprendió.

Invirtió.

Creó su primera empresa.

Y cuando su padre intentó acercarse nuevamente, Alejandro se negó.

—No necesito tu dinero.

—Eres mi hijo.

—Precisamente por eso quiero que entiendas que no quiero convertirme en ti.

Aquella frase había sido el comienzo de su independencia definitiva.

Con los años, Alejandro Montenegro dejó de ser solamente el hijo de un magnate.

Construyó su propio imperio.

Una empresa de construcción.

Después una inmobiliaria.

Después inversiones.

Cuando cumplió treinta años, ya tenía más dinero del que jamás había imaginado.

Pero había una habitación de su memoria que permanecía cerrada.

Una habitación llamada Valentina.

Nunca permitió que nadie entrara.

Ni siquiera él.

Valentina también había cambiado.

Su familia había salido adelante.

Su madre había logrado estabilizarse.

Su hermano había terminado sus estudios.

Y ella había aprendido a trabajar, administrar y defenderse por sí misma.

Nunca volvió a aceptar ayuda de los Montenegro.

Ni siquiera cuando descubrió que la deuda había sido pagada.

Siempre había temido que aquello fuera una trampa.

Con el tiempo, su familia comenzó a vivir con tranquilidad.

Pero ella no.

Porque cada cumpleaños recordaba al mismo hombre.

Cada lluvia le recordaba aquella tarde.

Cada canción romántica le recordaba su voz.

Y cada vez que veía a una pareja tomarse de la mano...

pensaba en Alejandro.

Daniel y Camila habían seguido juntos.

Se casaron.

Tuvieron una vida tranquila.

Y ambos conocían el secreto.

Nunca dejaron que Alejandro descubriera la verdad.

Hasta ahora.

Porque la fotografía había cambiado las reglas.

—Tenemos que hablar con Valentina —dijo Camila.

Daniel asintió.

—Sí.

—Y tenemos que descubrir quién la envió.

—También.

—¿Crees que fue alguien de la familia Montenegro?

Daniel negó.

—No lo sé.

—Eso es lo que me preocupa.

En la oficina de Alejandro, el teléfono sonó.

—¿Sí?

Era su abogado.

—Encontramos información adicional.

—Habla.

—La persona que pagó las deudas de la familia de Valentina fue una empresa relacionada con su padre.

Alejandro cerró los ojos.

—Ya lo sabía.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—El dinero no fue entregado directamente.

—¿Entonces?

—Se utilizó un intermediario.

—¿Quién?

El abogado dudó.

—Todavía estamos investigándolo.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Quiero saberlo todo.

—Sí, señor.

Colgó.

Alejandro miró el reloj.

Habían pasado doce años.

Y, de repente, cada pieza del pasado parecía regresar.

A las ocho de la mañana siguiente, Valentina llegó a la oficina.

Alejandro ya estaba ahí.

—Buenos días.

—Buenos días.

Ella dejó unos documentos sobre su escritorio.

—Estos son los contratos que solicitó.

—Gracias.

Valentina se volvió.

—¿Algo más?

Alejandro la observó.

—Sí.

Ella esperó.

—¿Por qué nunca regresaste?

Valentina quedó inmóvil.

—Ya hablamos de eso.

—No.

—Sí.

—No hablamos de la verdad.

Valentina bajó la mirada.

—No hay nada más que decir.

—Entonces mírame.

Ella levantó los ojos.

—¿Qué?

—Dime que no me amabas.

Valentina sintió que las piernas le temblaban.

—No puedo.

Alejandro respiró profundamente.

—Eso pensé.

Ella cerró los ojos.

—Pero tampoco puedo cambiar el pasado.

—¿Por qué?

—Porque algunas decisiones tienen consecuencias.

—¿Y yo fui una consecuencia?

Valentina comenzó a llorar.

—No.

—Entonces, ¿qué fui?

Ella lo miró.

—La persona que más amé.

Alejandro se quedó completamente quieto.

Valentina se dio cuenta de lo que acababa de decir.

—Yo...

—¿Me amabas?

Ella retrocedió.

—No puedo hablar de esto.

Alejandro la tomó suavemente del brazo.

—Valentina.

Ella lo miró.

—Suéltame.

Él lo hizo inmediatamente.

—Perdón.

Valentina salió de la oficina.

Alejandro se quedó mirando la puerta.

Por primera vez, tenía una respuesta.

Ella lo había amado.

Entonces...

¿por qué lo había dejado?

Esa tarde, Alejandro recibió una llamada de su padre.

—Quiero verte.

—No.

—Es importante.

—Todo lo que viene de ti termina siendo un problema.

—Alejandro, debes escucharme.




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