Valentina apretó la fotografía contra su pecho.
Alejandro seguía frente a ella.
—Dámela.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no es asunto tuyo.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿No es asunto mío?
Se acercó.
—Alguien está amenazándote dentro de mi empresa. Eso sí es asunto mío.
Valentina negó con la cabeza.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Ella guardó la fotografía en su bolso.
—No puedo.
—Otra vez esa palabra.
Alejandro pasó una mano por su cabello.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta?
Valentina no respondió.
—Que cada vez que estoy cerca de entenderte, vuelves a levantar una pared.
—Es mejor así.
—¿Para quién?
Ella bajó la mirada.
—Para los dos.
Alejandro la observó durante unos segundos.
—No.
—¿No?
—Para ti, quizá.
Señaló su pecho.
—Pero para mí no.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Alejandro...
—No voy a obligarte a contarme nada.
Ella respiró aliviada.
—Gracias.
—Pero tampoco voy a permitir que alguien te amenace.
Alejandro abrió la puerta de su oficina.
—Desde hoy, no sales sola de la empresa.
Valentina abrió los ojos.
—¿Perdón?
—Un conductor te llevará a casa.
—No necesito un conductor.
—No es una petición.
—Pues yo no soy una empleada que pueda controlar fuera del horario laboral.
Alejandro la miró fijamente.
—Eres mi secretaria.
—Exactamente.
—Y eres mi responsabilidad mientras estés trabajando conmigo.
—No soy una niña.
—Nunca dije que lo fueras.
Silencio.
—Entonces deja de tratarme como una.
Alejandro respiró profundamente.
—Está bien.
Hizo una pausa.
—Pero si vuelve a aparecer otra amenaza, me lo dices.
Valentina asintió.
—Está bien.
Una hora después, la oficina parecía haber vuelto a la normalidad.
Pero no era así.
Valentina trabajaba frente a su computadora mientras intentaba ignorar la fotografía escondida en su bolso.
No podía dejar de pensar en el mensaje.
"Doce años guardaste el secreto."
¿Quién sabía?
¿Quién los había estado observando?
¿Quién podía tener aquella fotografía?
Y, sobre todo...
¿qué quería?
Su teléfono vibró.
Era Camila.
Camila:
"¿Estás bien?"
Valentina respondió:
"Alguien sabe algo."
La respuesta llegó inmediatamente.
Camila:
"¿Qué cosa?"
Valentina:
"El secreto."
Tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente:
Camila:
"No hables con nadie. Daniel y yo iremos esta noche."
Valentina guardó el teléfono.
—¿Todo bien?
La voz de Alejandro la hizo saltar.
—Sí.
—Estás nerviosa.
—Estoy trabajando.
—No pregunté eso.
Valentina lo miró.
—Entonces no sé qué quieres que responda.
Alejandro sostuvo su mirada.
—La verdad.
Ella sonrió tristemente.
—Eso siempre ha sido complicado entre nosotros.
Él no respondió.
Porque sabía que era cierto.
A las once de la mañana llegó una mujer.
Elegante.
Segura.
Y demasiado familiar.
Valentina levantó la mirada.
—¿Tiene cita?
—Con Alejandro.
—¿Su nombre?
—Mariana.
Valentina revisó la agenda.
—No aparece.
Mariana sonrió.
—Él me recibirá.
—Lo siento, pero necesito confirmarlo.
Mariana se cruzó de brazos.
—Soy amiga personal del señor Montenegro.
—Lo sé.
—Entonces déjame pasar.
Valentina negó.
—No puedo.
Mariana la observó.
—Eres bastante estricta.
—Es mi trabajo.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace poco.
Mariana miró hacia la oficina de Alejandro.
—¿Y cómo te llevas con él?
Valentina arqueó una ceja.
—Profesionalmente.
—Qué interesante.
—¿Por qué?
Mariana sonrió.
—Porque Alejandro nunca había tenido una secretaria que durara tanto.
Valentina frunció el ceño.
—Llevo dos días.
—Precisamente.
Antes de que pudiera responder, Alejandro salió.
—Mariana.
Ella sonrió.
—Por fin.
Alejandro miró a Valentina.
—¿Qué ocurre?
—No tenía cita.
—Déjala pasar.
Valentina asintió.
Mariana entró.
Antes de cerrar la puerta, Alejandro miró a Valentina.
—Gracias.
Ella respondió:
—De nada.
La reunión duró casi una hora.
Cuando Mariana salió, parecía molesta.
Valentina no preguntó.
Pero Alejandro salió detrás de ella.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
Mariana soltó una risa.
—Sigues siendo igual.
—Y tú sigues insistiendo demasiado.
—Solo quiero ayudarte.
—No necesito ayuda.
Mariana lo miró.
—¿Tiene que ver con ella?
Alejandro se quedó quieto.
—No te metas.
Mariana miró hacia Valentina.
—Te conoce demasiado.
Alejandro respondió:
—Eso no te concierne.
Mariana se marchó.
Valentina había escuchado parte de la conversación.
—¿Problemas?
—No.
—Parecía importante.
Alejandro la miró.
—No lo es.
A la hora del almuerzo, Valentina estaba comiendo en la cafetería de la empresa.
Una compañera se sentó frente a ella.
—¿Eres la nueva secretaria del jefe?
Valentina sonrió.
—Sí.
—Pobre de ti.
—¿Por qué?
—Porque dicen que es imposible trabajar con él.
Valentina levantó una ceja.
—No es tan malo.
La mujer abrió los ojos.
—¿Ya te hipnotizó?
Valentina soltó una carcajada.
—No.
—Entonces todavía estás a tiempo.