—¡Valentina!
La voz de Alejandro resonó en la oficina.
Ella permaneció inmóvil, con la fotografía escondida entre sus manos.
—Dámela.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que esto se convierta en otro problema.
Alejandro se acercó.
—Ya es un problema.
—No.
—Alguien te está amenazando.
—Puedo manejarlo.
—No tienes que hacerlo sola.
Valentina levantó la mirada.
—Eso mismo dijiste hace doce años.
Alejandro se quedó callado.
Aquellas palabras le dolieron.
—Y hace doce años no me dejaste hacerlo.
—Porque no podía.
—¿Y ahora?
Valentina tragó saliva.
—Ahora tampoco.
Alejandro negó lentamente.
—Entonces al menos dime quién te está amenazando.
Ella guardó silencio.
—Valentina.
—No lo sé.
—¿No sabes?
—No.
Alejandro observó su rostro.
—Estás mintiendo.
—No.
—Sí.
—¡No sé quién es!
El grito sorprendió a ambos.
Valentina respiró profundamente.
—Solo sé que conoce cosas del pasado.
Alejandro tomó la fotografía.
—¿Qué cosas?
Ella dudó.
—Lo que ocurrió entre nosotros.
Él miró la imagen.
—¿Alguien sabe lo de Daniel?
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
—Tal vez.
Alejandro levantó la mirada.
—Entonces tenemos que descubrir quién es.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si investigas...
Valentina se detuvo.
—¿Qué?
Ella bajó la mirada.
—Podrías descubrir cosas que no quiero que descubras.
Alejandro se acercó.
—Eso ya no depende de ti.
El resto de la mañana fue un desastre.
Alejandro tenía tres reuniones.
Valentina tenía más de veinte llamadas.
Pero ninguno conseguía concentrarse.
Cada vez que Alejandro salía de su oficina, buscaba a Valentina con la mirada.
Y cada vez que la encontraba...
apartaba los ojos.
Era absurdo.
Tenía treinta años.
Había enfrentado juntas de accionistas, crisis financieras, demandas y negociaciones millonarias.
Pero no podía mirar a una mujer sin recordar a la adolescente que había amado.
Valentina también lo observaba de reojo.
Hasta que una de sus compañeras se acercó.
—¿Está enojado contigo?
—¿Quién?
—El jefe.
Valentina miró hacia la oficina.
—No.
—Entonces, ¿por qué te mira así?
—¿Así cómo?
—Como si quisiera decirte algo y no pudiera.
Valentina sonrió nerviosamente.
—Es su cara.
La compañera soltó una carcajada.
—Pues tiene una cara muy complicada.
Al mediodía, Alejandro salió de su oficina.
—Valentina.
—¿Sí?
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A almorzar.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Necesito hablar contigo.
—Podemos hablar aquí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque aquí hay demasiadas personas.
Valentina lo siguió.
Cuando llegaron al restaurante, Alejandro pidió una mesa apartada.
—¿Qué quieres comer?
—Lo que sea.
—Eso no ha cambiado.
Valentina sonrió.
—¿Qué cosa?
—Siempre dices "lo que sea".
—Porque nunca fui complicada.
—No.
Alejandro la miró.
—Nunca lo fuiste.
Durante unos segundos, el silencio fue cómodo.
Demasiado cómodo.
Como si los doce años no existieran.
Hasta que el mesero llegó.
—¿Son pareja?
Los dos respondieron al mismo tiempo:
—¡No!
El mesero levantó las manos.
—Está bien, está bien.
Valentina se puso roja.
Alejandro tuvo que contener una sonrisa.
—No somos pareja.
—Entendido.
El mesero se marchó.
Valentina lo miró.
—Esto es culpa tuya.
—¿Mía?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me sacaste de la oficina.
—No sabía que eso automáticamente nos convertía en pareja.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eres imposible.
Alejandro la miró.
—Eso ya me lo habías dicho.
Valentina se quedó seria.
—Sí.
Otra vez el pasado.
Otra vez aquel lugar invisible entre ellos.
Después del almuerzo regresaron a la empresa.
Alejandro caminaba delante de ella cuando escuchó una voz.
—¡Alejandro!
Mariana apareció.
—Necesito hablar contigo.
—Ahora no.
—Es importante.
Mariana miró a Valentina.
—¿Puedo hablar contigo a solas?
Alejandro respondió:
—No.
Mariana frunció el ceño.
—Alejandro.
—Dilo aquí.
Mariana suspiró.
—Tu padre está haciendo movimientos.
Alejandro se quedó serio.
—¿Qué movimientos?
—Está intentando adquirir una participación de tu empresa.
Valentina escuchó en silencio.
—¿Por qué? —preguntó Alejandro.
—Porque quiere volver a tener control sobre ti.
Alejandro sonrió con frialdad.
—No lo tendrá.
Mariana miró a Valentina.
—Y creo que ella es parte del motivo.
Valentina palideció.
Alejandro dio un paso hacia Mariana.
—No vuelvas a hablar de ella de esa manera.
Mariana abrió los ojos.
—Solo digo lo que veo.
—Entonces mira mejor.
Mariana guardó silencio.
Alejandro se volvió hacia Valentina.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí.
—Ve a mi oficina.
—Pero...
—Por favor.
Valentina obedeció.
Cuando quedó a solas con Mariana, Alejandro habló con dureza.
—No vuelvas a involucrar a Valentina.
—¿La estás protegiendo?
—Sí.
—¿Todavía la amas?
Alejandro se quedó inmóvil.
Mariana comprendió la respuesta antes de escucharla.
—Dios mío...
—No es asunto tuyo.
—Alejandro, han pasado doce años.
—Lo sé.
—Ella te destruyó.
—Eso creí.
—¿Y ahora?
Alejandro miró hacia la puerta.
—Ahora no sé qué creer.
Dentro de la oficina, Valentina intentaba contener las lágrimas.