Doce años para encontrarte otra vez

Capitulo 22. Celos en la oficina.

La pregunta de Alejandro quedó suspendida en el aire.

—¿Quién es Camila?

Valentina permaneció inmóvil junto al escritorio, todavía sosteniendo la taza que casi se le había caído de las manos.

Durante doce años había aprendido a esconder el miedo.

Había aprendido a sonreír cuando quería llorar, a guardar secretos cuando quería gritar y, sobre todo, a vivir con la mentira que había construido para proteger a las personas que amaba.

Pero nunca había imaginado que aquella mentira terminaría sentada frente a ella, mirándola directamente a los ojos.

—Una amiga —respondió finalmente.

Alejandro entrecerró los ojos.

—¿Solo una amiga?

—Sí.

—¿La misma Camila que conoce a Daniel?

Valentina tragó saliva.

—Sí.

Alejandro se apoyó contra el escritorio.

—Entonces explícame algo.

—¿Qué cosa?

—¿Por qué alguien que quiere contarme la verdad sobre ti me dice precisamente que busque a Camila?

Valentina bajó la mirada.

—No lo sé.

—Valentina...

—De verdad, Alejandro. No lo sé.

Él guardó silencio.

Había aprendido a reconocer cuándo ella mentía.

Lo había sabido desde que eran adolescentes.

Pero ahora había algo diferente.

Antes, sus mentiras eran pequeñas.

Ahora podían cambiarle la vida.

—¿Camila sabe algo sobre nosotros? —preguntó.

Valentina levantó rápidamente la mirada.

—No.

Demasiado rápido.

Alejandro lo notó.

—Eso fue una respuesta bastante rápida.

—Porque la respuesta es sencilla.

—No parece.

Valentina respiró profundamente.

—Camila conoce cosas de mi pasado. Eso es todo.

—¿También conoce a Daniel?

—Sí.

—¿Y qué clase de relación tienen?

Valentina se quedó callada.

Alejandro soltó una pequeña risa amarga.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Callarte justo cuando más necesito una respuesta.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

—Porque algunas respuestas pueden hacer daño.

—¿Más daño del que ya me hiciste?

La pregunta la golpeó.

Alejandro inmediatamente se arrepintió de haberla pronunciado.

Pero ya era tarde.

Valentina apartó la mirada.

—Probablemente no.

Él respiró hondo.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Sí tengo.

—No.

—Valentina...

—Tienes derecho a estar enojado conmigo.

Alejandro la observó durante varios segundos.

—No estoy seguro de estar enojado contigo.

—¿Entonces?

—Estoy enojado con los doce años que perdimos.

Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Pero no lloró.

No frente a él.

No otra vez.

Aquella mañana, la oficina parecía haberse convertido en un campo de batalla.

Y Alejandro no sabía si la batalla era contra sus empleados, contra sus recuerdos o contra sus propios celos.

Probablemente contra los tres.

—Señor Montenegro.

Alejandro levantó la cabeza.

Era Sebastián, uno de los nuevos ejecutivos encargados de una cuenta importante.

—¿Sí?

—Necesito que revise estos documentos.

—Déjalos ahí.

Sebastián dejó la carpeta sobre el escritorio y después miró hacia Valentina.

—Por cierto, ¿tienes un momento para ayudarme con la presentación?

Valentina levantó la vista de su computadora.

—Claro. Después de la reunión de las once.

—Perfecto.

Sebastián sonrió.

—Entonces te espero.

Alejandro levantó lentamente una ceja.

Valentina lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara no dice nada.

Sebastián soltó una pequeña risa.

—Con todo respeto, señor Montenegro, su cara dice muchísimo.

Alejandro lo miró.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Y qué dice?

Sebastián sonrió.

—Que probablemente no le gusta que yo hable con la señorita Valentina.

Silencio.

Valentina abrió los ojos.

Alejandro se quedó completamente serio.

—Vuelve a tu oficina.

Sebastián tomó la carpeta.

—Sí, señor.

Antes de marcharse, miró a Valentina y sonrió.

—Nos vemos después.

—Claro.

Sebastián salió.

Alejandro esperó tres segundos.

—¿Te gusta?

Valentina giró lentamente la silla.

—¿Perdón?

—Sebastián.

—¿Qué pasa con él?

—¿Te gusta?

Valentina no pudo evitar una sonrisa.

—¿Estás celoso?

—No.

—Alejandro...

—No estoy celoso.

—Acabas de preguntarme si me gusta un compañero.

—Por cuestiones laborales.

—Claro.

—Necesito saber si existe algún conflicto dentro del equipo.

Valentina soltó una carcajada.

—¿Conflicto?

—Sí.

—¿Qué clase de conflicto?

Alejandro se quedó pensando.

—Romántico.

Valentina lo miró durante unos segundos y comenzó a reír.

—¡No puedo creerlo!

—¿Qué?

—Eres el hombre más celoso que he conocido.

—No soy celoso.

—Lo eres.

—No.

—Sí.

—Valentina.

—Alejandro.

Los dos se miraron.

Por unos segundos, ninguno dijo nada.

Y entonces ella sonrió.

Una sonrisa que Alejandro conocía demasiado bien.

La misma sonrisa de aquella adolescente que había conseguido enamorarlo sin siquiera proponérselo.

—Sigues siendo el mismo —murmuró ella.

Alejandro sintió que el corazón le daba un golpe.

—Tú también.

La sonrisa de Valentina desapareció poco a poco.

Porque ambos sabían que aquello significaba mucho más de lo que parecía.

A las once, Valentina entró a la sala de juntas con Sebastián.

Alejandro observó desde el extremo de la mesa.

Intentó concentrarse en la presentación.

Lo intentó.

De verdad.

Pero cada vez que Sebastián se inclinaba hacia Valentina para señalar algo en la computadora, Alejandro sentía una molestia absurda.

Hasta que finalmente intervino.




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